Una carta de mi tatarabuelo a don Juanito Mora

Cuando, en noviembre de 1855, nuestros gobernantes vieron cernirse de manera inevitable sobre el horizonte la ominosa amenaza bélica de las hordas filibusteras comandadas por el esclavista William Walker, el presidente don Juanito Mora lanzó su primera proclama, para alertar al pueblo acerca de lo que podría acontecer. Bastaron apenas tres meses para que ese peligro se convirtiera en una terrible realidad, y fue cuando don Juanito convocó a las armas, el 1° de marzo de 1856, para ir a enfrentar al invasor en tierras guanacastecas.

 

Sin embargo, aunque se contaba con viejos fusiles de chispa, así como con modernos fusiles Minié y unos pocos cañones -adquiridos poco antes en Inglaterra-, los costos de enfrentar la guerra eran muy altos en cuanto a otros pertrechos, vituallas, uniformes, medicinas, transporte terrestre y marítimo, etc. Por tanto, con el refrendo del Congreso, don Juanito se propuso levantar un empréstito interno de 100.000 pesos, mediante la recolección de fondos entre los ciudadanos más solventes; aunque compensado con un interés del 1% mensual, este préstamo obligatorio no gustó a algunos acaudalados prestamistas, que lucraban con tasas de usura.

 

Es este el contexto histórico que permite entender una carta remitida por mi tatarabuelo Ramón Rojas Aguilar a don Juanito, fechada el 9 de junio de 1856, cuando el bacilo del cólera morbus -traído por nuestras tropas desde Nicaragua después de la batalla de Rivas-, todavía asolaba a nuestra población. Dos importantes fragmentos de dicha carta, que hallé hace un tiempo en el Archivo Nacional (Secretaría de Gobernación- 28222), habían aparecido en un hermoso y muy completo estudio genealógico realizado por mi hermana Brunilda, quien es historiadora.

 

Gracias a ese artículo, intitulado “Del valle de El Murciélago al Zarcero: ascendencia y descendencia de Ramón Rojas Aguilar” (Revista ASOGEHI, enero-diciembre, 1998), sabemos que Ramón de los Santos era el tercer hijo de Miguel Rojas Blanco y Josefa Aguilar Fernández, en una prole de cinco varones y tres mujeres, así como vecinos deSan Juan del Murciélago, actual cantón de Tibás; por entonces se conocía como valle o barrio de El Murciélago a Tibás y una parte de los cantones de Moravia y Guadalupe. Cabe anotar que Miguel Antonio, hermano de su madre, era el papá del ex presidente Manuel Aguilar Chacón, padre de Inés Aguilar Cueto, esposa de don Juanito, de modo que Ramón era primo segundo de ella.

 

Nacido como español a fines de 1817 -cuatro años antes de nuestra Independencia-, se casó en 1841 con María Manuela Sancho Madrigal, de apenas 16 años de edad y oriunda de Santo Domingo de Heredia. Con ella, a quien mi abuela Ramona Rodríguez Rojas solía referirse como Mamita Sancho, y describirla como una mujer menudita, blanca, de ojos celestes y de gran ternura, procreó seis varones y cinco mujeres, aunque no todos alcanzaron la edad adulta.

 

Agricultor y vecino de San Vicente -el actual distrito central de Moravia-, al sobrevenir la agresión filibustera Ramón frisaba los 39 años. Para entonces habían nacido seis hijos, con la mayor (Virgita) de 14 años, y el menor (Manuel de Jesús) fallecido en la infancia cuatro años antes; mi bisabuela Elena contaba con apenas seis años. Y, aunque ninguno de sus miembros debió ir al frente de batalla, por ser una familia de adolescentes e infantes, sí sufrieron el pavor del cólera, que aniquilaba hogares enteros y que llegó al seno mismo de la familia, como se verá pronto. En fin, encarando esta epidemia, que no se desvaneció sino a mediados de julio, Ramón se enfrentaba a la dificultad de pagar un segundo empréstito ordenado por el gobierno, como lo revela la carta enviada a don Juanito, que rezaba así:

 

“Excelentísimo Señor Presidente.

 

Ramón Rojas, mayor de edad y vecino del Barrio de San Vicente, ante V.E. con el más profundo respeto y en debida forma parezco [comparezco] y digo: que el día de hoy se me presenta el decreto por el que se me manda pagar veintiocho pesos dos reales como empréstito. También en el próximo pasado Abril pagué de la misma manera sesenta pesos cuatro reales como empréstito que se me pidió.

 

El actual empréstito de veintiocho pesos dos reales que se me manda pagar mañana diez del corriente, no me es posible satisfacerlo por los motivos siguientes: seis años hace que mi fortuna quebró, no me ha sido posible pagar en su tiempo las muchas deudas que he debido, y por lo mismo me hallo completamente débil de recursos. En Abril próximo pasado pude con bastantes sacrificios pagar 62 pesos cuatro reales que se me exigieron de empréstito, mal vendiendo mis prendas; pero tuve el gusto de satisfacer la suma exigida.

 

Hace un mes me atacó el actual accidente que tanto ha afligido principalmente a la gente pobre: pude mejorar, pero mi esposa y un hijo que les atacó también el cólera, y que de él murió un hijo, han sido la causa de mi completa ruina, porque no habiendo podido conseguir el médico del pueblo, me fue preciso ocurrir por medicinas compradas a un precio extraño. Los grandes gastos en esta parte, me han escarriado [arruinado] y puesto en la triste situación de suplicar a V.E. me exima del pago del actual empréstito, puesto que no he podido conseguirlo ni aun ofreciendo por la mitad de su valor, lo que primero me compren.

 

No omito en informar a V.E. que el Juez de Paz de San Vicente, dio muy mal informe sobre mis pocos bienes, dando un informe muy parcial, pues muchos vecinos de él que tienen doble principal al mío, solo les cobraron una tercera parte menos de lo que a mí me nombraron. El cura de allí también consiguió de la Junta Calificadora, le rebajaran la mitad de lo cobrado; otros iguales a mí, nada les cobraron. Yo pude aunque con muchos sacrificios, reunir sesenta y dos pesos cuatro reales que enteré en la Administración General, queriendo servir costosamente en la noble causa que el Supremo Gobierno defiende, mas para este segundo empréstito, se me ha dificultado tanto que no me es dable satisfacer.

 

Por lo que, a V.E. suplico tener en consideración, que el pago del primer empréstito, es más que suficiente, también por el segundo, en virtud de la desproporción de la suma que pagué, en el primer pedido, que fueron 62 pesos 4 reales en comparación de lo quebrado que [he] estado, la poca suma de bienes que poseo, lo sacrificado por los médicos y las dificultades para vender en las presentes circunstancias, me tenga por eximido del segundo empréstito de 28 pesos 2 reales que acaba de pedírseme. Justicia imploro, y juro Vuestra.”.

 

Aunque, en realidad, la carta es auto-explicativa, conviene hacer algunas acotaciones en cuanto a ciertos asuntos que llaman la atención.

 

En primer lugar, nótese que se alude a dos empréstitos consecutivos, por una suma total de 92 pesos y seis reales, que era un monto alto para un mediano agricultor como Ramón, si se considera que un juez y un diputado ganaban 50 y 43 pesos mensuales, respectivamente; asimismo, el monto promedio asignado a los combatientes que recibieron pensiones de guerra fue de ocho pesos.

 

Según su relato, fue desde mucho antes de que estallara la guerra, que él empezó a afrontar adversidades económicas. De hecho, para 1849 adeudaba 716 pesos y tres reales al conocido capitalista Vicente Aguilar Cubero, por lo que tuvo que hipotecar su casa de habitación y tres manzanas de terreno; además, debía 1000 pesos al acaudalado cura Cecilio Umaña, y 500 pesos a su cuñado Jacinto Vargas Blanco. Asimismo, para mayo de 1856, poco antes de escribir su carta, había entregado a su acreedor Ramón Sequeira un potrero, para saldar así una deuda de 1050 pesos. Sin embargo, gustoso de servir a la patria acosada, hizo un importante esfuerzo para cumplir con el pago del primer empréstito, que era el más alto de los dos.

 

Pero ahora la situación se complicaba por el mal del cólera, que no pudo combatir con la ayuda del médico de pueblo; éste era un profesional pagado por los municipios, y daba un servicio gratuito a su respectiva comunidad. Más bien, su testimonio denota la falta de solidaridad de algunos boticarios, que se aprovecharon de la crisis para lucrar con los medicamentos pertinentes. Por cierto, éstos no eran eficaces, con excepción de una mixtura de coñac y gotas amargas desarrollada por el médico alemán Karl Hoffmann -residente en la capital-, que al parecer funcionó de manera preventiva y bajo ciertas condiciones. Cabe anotar que, además de María Juliana, su hermana menor -de 26 años de edad-, quien fue víctima de esta implacable enfermedad, el hijo que menciona en su carta fue Rafael de Jesús, nacido en mayo de 1856, cuando los estragos del cólera eran mayores.

 

Ahora bien, Ramón reclamaba cierto sesgo hacia él, en contraste con otros lugareños, tanto por parte del Juez de Paz -personaje local con funciones legales, pero sin formación en derecho-, como de la Junta Calificadora, encargada de ejecutar todo lo concerniente al empréstito. De ser cierto esto, denota que aún en tiempos en que debían haber primado la igualdad y la solidaridad entre los miembros de aquel conglomerado humano gravemente amenazado por los filibusteros y el cólera, hubo indeseables favoritismos.

 

¿Estuvieron otros ciudadanos sometidos a una situación análoga? Es posible que sí, y convendría indagar al respecto, para formarse una idea más cabal de las penurias familiares que enfrentaron algunos de nuestros compatriotas en tan aciagos días, de lo cual la carta de Ramón es una evidencia de primera mano, en sentido literal. Aún más, ¿atendió don Juanito la petición de Ramón en cuanto a eximirlo del segundo empréstito? Lo ignoro, pues no hallé documentación al respecto.

 

De Ramón, sabemos que continuó adelante, con el temple y tesón de aquellos ancestros que ejercían la vida con la certeza de que había que vivirla porque sí, dedicados al ordeño de sus vacas y a labrar la tierra desde que despuntaba el alba, así como al reposo y la calidez del círculo familiar cuando caían las sombras en las frías noches moravianas. Poco a poco volvía el sosiego al mundo suyo y de María Manuela, y para agosto de 1857, recuperándose de la pena de haber perdido a sus dos últimos párvulos, nacía Ramona, engendrada cuando la segunda etapa de la Guerra Patria apenas empezaba, y nacida cuando Walker ya había sido derrotado. Sería sucedida por Ramón y María Luisa, dos y cuatro años después, respectivamente, ya sin los sobresaltos de los infaustos tiempos bélicos.

 

Ahora bien, sin involucrarse en la política, de manera indirecta Ramón participó en el derrocamiento de don Juanito, y lo hizo en defensa de sus derechos como agricultor. En efecto, a inicios de agosto de 1859 el gobierno cometió el desatino de emitir un decreto para la incautación y subasta de las fértiles tierras de los actuales cantones de Tibás, Moravia, Guadalupe y San Pedro, cuyos pequeños y medianos propietarios no tenían títulos formales, pero las habían mantenido en producción desde la época de la colonia, y hasta las habían heredado de generación en generación.

 

Aprovechada con sagacidad por sus enemigos políticos, que le habían creado un ambiente adverso a lo largo de varios meses, esta imprudencia fue el detonante para convocar a una especie de cabildo abierto el 14 de agosto de 1859, orientado a deponer a don Juanito; pero los militares Lorenzo Salazar y Máximo Blanco se movieron más rápido, y en la madrugada de ese día ya habían apresado y encarcelado al presidente. Del cabildo emergió la llamada Acta del Vecindario de San José, encabezada por políticos y personalidades prominentes, y entre cuyos 87 firmantes figuraban los nombres de algunos de los agricultores afectados, incluyendo a Ramón.

 

Atraído por el potencial de las feraces y hermosas tierras de Zarcero, en Alajuela, hacia donde ya se habían desplazado numerosas familias del Valle Central, un día de 1860 Ramón hizo un denuncio de 10 caballerías -unas 450 hectáreas- en Palmira, de un terreno baldío que colindaba con uno de don Juanito -por entonces fallecido- y otro del célebre político y filántropo Rafael Barroeta Baca. Sin embargo, primero se instaló en Grecia, donde en 1863 nació Víctor Miguel, el cumiche de su prole.

 

Tras residir en Palmira, Ramón se mudó con su familia a Naranjo. Varios de sus hijos se casaron ahí, como ocurrió con Juan Antonio (Matea Blanco Ballestero), Jerónimo de Jesús (Petronila Gamboa Rodríguez), Elena (Rafael Rodríguez Madrigal), Ramona (Pedro Chacón González), Ramón (Rosalía Alvarado Fernández, y después Narcisa Leonor Corrales Jiménez) y Víctor Miguel (Remigia Corrales Jara). Sus consortes -anotados entre paréntesis- provenían de la localidad o de cantones cercanos.

 

Con los años, de esa macolla naranjeña brotarían decenas o centenares de descendientes, muchos de los cuales nacimos allí mismo. Por ejemplo, con su esposo Rafael -nativo de San Roque de Grecia-, mi bisabuela Elena procreó nueve mujeres y un varón (Maclovia, Clotilde, Eugenia, María Rafaela, Eufemia Clotilde, Fidelina, Ramona, Julia y Rafael), pero tres de las mujeres murieron en la infancia, como era frecuente en esa época, de pobre salubridad en nuestras zonas rurales. De los demás, no todos pudieron conocer al patriarca de la familia quien, con 56 años recién cumplidos, expiró en su adoptivo terruño naranjeño, que tanto bienestar le había deparado.

 

Dijo adiós bajo el impecable azul de un cielo de febrero, hace exactamente 139 años. Y lo hizo en tiempo de cornucopia, de ubres henchidas a pesar de los agostados pastizales, de bandolas repletas de rojos frutos, de vistosas y profusas floraciones, de chucuyos inquietando con su frenético griterío tan apacible villa rural. O, tal vez, cuando el metálico tañido emergía de un campanario que convocaba a la oración vespertina, frente al intenso crepúsculo que, en el horizonte, precedía a una fresca noche veraniega.

 

Podía partir en paz, esa que tanto había extrañado dos decenios antes. Lejos, muy lejos en el tiempo y la memoria habían quedado aquellos días de zozobra en la campiña moraviana. Su mente de esclarecido intelecto y su corazón bravío ante las adversidades, se habían apagado ahora.

 

El tatarabuelo Ramón ya había cumplido con creces su silenciosa pero incesante faena de constructor de la patria. Y sí, ya podía partir en paz.

 

 


2 Comentarios

  1. Santiago Bermudez

    Hola señor Luko. Cómo me encantaría tenerle en mi programa de radio Cultural Los Santos “Programa >Hablemos”. No le conozco pero creo con este haber leido dos documentos.

    Permítame y por favor le presento disculpas: a qué se deidica profesionalmente o en su vida cotidiana? Ve posibilidad de compartior en mi programa?

  2. Francisco Escobar

    Gracias don Luko por esta maravillosa historia, que no tiene los andrajos engreidos de la Historia oficial y que me recuerda que Costa Rica es su pueblo y no sus mal llamados próceres. Me encantaria algun dia hacer una lectura sociológica de esa historia tan dulcemente contada y de esas dos proclamas civilistas de don Ramón. Gracias por estilo y su profundidad. Francisco Escobar