Los dos reyes y la seguridad alimentaria

Se acaban de reunir Bill Gates y Carlos Slim, quienes  a pesar de ser dos máximos representantes de un sistema terrible que les da a ellos dos fortunas de decenas de miles de millones de dólares, en un mundo donde 1000 millones de personas pasan hambre, han tenido la iniciativa loable de proponer ayuda para que los agricultores del mundo produzcan, porque ellos atribuyen la crisis alimentaria, correctamente, a una disminución de la oferta.

 

Claro que lo que Gates y  Slim proponen con su fundación filantrópica es otra revolución verde como la que financió Rockefeller . Algo que les de a nuestros agricultores “de subsistencia” la tecnología necesaria para producir mas en vez de menos, como han tenido que hacer por la ruina de la “apertura”, que causó la crisis alimentaria, que no es otra cosa que una disminución de la oferta. Poco a poco esos millonarios mercadistas monopolistas se van a ir dando cuenta de que otra revolución verde es imposible, de que no se debe planear para alimentar a 10 mil millones de seres humanos porque topamos con el límite ambiental; y social, de que ese problema hay que resolverlo de otra manera, y de que la merma de la oferta se debe al daño que el sistema de “libre comercio” impuesto por la majadería del mercado del 1%, es el responsable de la ruina de los agricultores campesinos del mundo, por la insoportable inestabilidad que produce en sus precios.

 

Se darán cuenta también de que estos agricultores “de subsistencia”, en número de 2000 millones, alimentan a 5000 de los 7000 mil millones de habitantes de la tierra. Y de que hay que aceptar la realidad abandonando ese sistema ruinoso del “mercado libre” para restablecerlos.

 

Claro que toda innovación que mejore su eficiencia está bien, pero no puede ser ni la transgénesis porque la naturaleza no tiene genes para satisfacer los propósitos del mercado, ni el aumento del uso de agroquímicos como la revolución verde, porque se agotan las fuentes del fósforo y el potasio, y porque los venenos terminan afectándonos a todos; sin que yo diga, porque estaría mintiendo,  que no los hay naturales.

 

Don Walter Quiroz, de la Oficina de Semillas, ha puesto el problema de la protesta por el permiso de sembrar semillas transgénicas como una pugna entre la agricultura científica (de la mecanización, el uso de semillas certificadas, el gran consumo de fertilizantes y plaguicidas, la sensación remota del satélite, y la transgénesis) contra la “agricultura de subsistencia” de los campesinos: el oscurantismo contra el progreso. El señor Farah (filósofo) dice que la oposición a los transgénicos es medieval. Y don Jorge Guardia repite sus argumentos en su respuesta al señor García; no le contesta. Porque este asunto de los transgénicos no es más que un caso particular de la diferencia ideológica irreconciliable que hay entre la gente de la derecha y la de la  izquierda. Digamos entre el 1 y el 99%.

 

Stiglitz dice que el mundo pasó de la bipolaridad de dos potencias a la unipolaridad de una sola, y a la multipolaridad de la crisis. Pero eso no es verdad para las personas, que estamos irremediablemente en el 1 o en el 99%. El caso de los transgénicos es uno, el de ALBA  es otro, la ley mordaza otro, el TLC otro. La política agraria ruinosa otro. El presidente del Central se queda muy corto cuando dice que el futuro de las bandas de cambio está en el extranjero, porque todo nuestro futuro está en el extranjero: producimos casi todo para el mercado extranjero, e importamos casi todo lo que consumimos del extranjero; ahora hasta la comida, como reconocen los transgenistas al admitir que importamos el 95% del maíz. Desarrollar un mercado interno es anatema para los neoliberales en el poder y su ministra vitalicia.

 

La comparación de una agricultura científica y una “de subsistencia” que hace el señor Quiroz de la Oficina de Semillas (que por cierto no se producen aquí) es muy pertinente, porque resulta que no es la agricultura científica la que alimenta al mundo, sino la “de subsistencia”. Hay, repito porque no se quiere escuchar, unos 30 millones de agricultores en los países desarrollados que alimentan a 1500 millones de sus habitantes. Pero hay 2000 millones de agricultores campesinos en el tercer mundo que alimentan a 5000 millones de sus habitantes; nosotros les mandamos los postres. Esa es la realidad.  Esos agricultores campesinos menospreciables son la subsistencia de la humanidad. De eso es de lo que se han dado cuenta Gates y Slim. Por eso es que proponen una fundación filantrópica para ayudar a los agricultores campesinos a producir más. Pero lo necesario antes es no dañar esa producción con el mercado: lo que tal vez adviertan eventualmente; cuando el hambre apriete.

 

Los dos multimillonarios están también equivocados en su creencia de que otra revolución verde es posible, para que la población humana sigua creciendo, y para aumentar el mercado de consumo que los hizo millonarios. Pero hay un límite ambiental. Un límite que impide que sigamos creciendo. Y ese problema hay que encararlo de otra manera, aunque ayudará no seguirlo agravando.

 

La única manera de alimentar al mundo, olvidando el problema de la superpoblación,  es protegiendo a quienes lo alimentan de la inestabilidad que le da el mercado al precio de los alimentos, los que no tienen ningún control de la oferta por el número tan grande de productores: los únicos expuestos a la competencia, pues los industriales controlan su oferta, y los servicios también. (Las tres furias ticas campeonas de la libertad de mercado, están protegidas de la competencia por su colegio profesional, y no se deja trabajar a los muchachos pobres que estudiaron en Cuba; como de hecho están protegidas las distribuciones exclusivas de los importadores del glifosato. Y otros; que en cambio lamentan la posición contra “la competencia”, de los ambientalistas que se oponen a que se difundan en el medio las especies transgénicas hasta que se pueda garantizar que son infundadas las dudas razonables; en lo que no podemos depender de la palabra de Monsanto que usa la puerta giratoria; o en la de sus agentes).Si se le puede agregar vitamina A al arroz, eso lo deben hacer los gobiernos para ayudar, y no las empresas para lucrar con la miseria ajena: hay que tener un poco de vergüenza par no ser un sinverguenza.

 

Y hay que abandonar el menosprecio arrogante de llamar al agricultor campesino “de subsistencia”, a menos que le cambiemos el significado al concepto, porque la subsistencia aquí es la del mundo entero: son esos agricultores quienes nos permiten subsistir, aunque nuestros prohombres le den gracias a Dios de que sus hijos no van a ser agricultores, o, poniendo la carreta delante de los bueyes, pretendan eliminarlos “porque los países desarrollados tienen pocos agricultores.”  Solo falta decir el nombre del máximo representante de esa burrada, pero es un hombre muy importante en nuestra tierra. Uno que con su fortuna secuestró el cambio social que fomentaba su partido, y que está enmascarado con una piel de social demócrata “moderno”.

 

Es esto lo que yo he estado tratando de decir en todos mis artículos sobre  la agricultura, los que no han hecho ninguna mella en nuestra política agrícola torpe, porque el zeitgeist del mundo va por la llamada agricultura científica: es un problema ideológico, uno de la bipolaridad 1-99%, amén de que les conviene mucho a los comerciantes graneleros; pero solo por un tiempo corto, porque tampoco es sostenible.

 

Yo he cavilado mucho sobre el origen del menosprecio al agricultor que he llamado agrofobia (el polo, el concho, el maicero, repollero, papero; el man in the boondocks, el country bumpkin, el outre: en fin, el que nos da de comer).  Y he llegado a la conclusión de que, a pesar de que mucho es por esnobismo, pues navegamos dependientemente en la estela del barco americano, a pesar de  lo que diga mister Kevin. La razón fundamental es “la división del trabajo” La agricultura fue la primera actividad de la civilización, y luego se fueron agregando las otras, pero cada nueva actividad reclamaba superioridad sobre las anteriores, y pedía un trato especial; como hace ahora la transgénesis y la “propiedad intelectual”.  Cuando el despotismo de la economía no había acabado con el trabajo de las cocineras, las llamábamos despreciativamente portaviandas, cuando las deberíamos haber llamado aporta viandas.

 

Después de una guerra en que murieron decenas de millones de personas para derrotar las pretensiones eugenésicas de los nazis, la Comisión Williams de los EEUU –en la que tomaron parte, además del señor Williams de la IBM, Littlefield de Del Monte, Pierce de Cargill, y los ejecutivos de Ralston Purina, Armour Co., Carnation Co, y  General Electric, que fue convocada por la American Chamber of  Commerce, y guió la política agraria de Nixon, además de que influenció todo el pensamiento del gnomo de Chicago, el del Consenso de Washington, y por supuesto, nuestra propia política agraria destructiva, (que tiene aquí a la Am Cham y al CIDNDE de Chahid: el hombre de la AID que acabó con nuestra reforma social)–, concluyó esa comisión que: “los Estados Unidos se debían volver el granero del mundo por su agricultura privilegiada”, y que los países subdesarrollados deberían abandonar la autosuficiencia”. Pretensión en la que nuestro TLC es el último eslabón, y en que les ha salido el tiro por la culata, pues su producción agrícola no pudo evitar sino que más bien provocó la crisis alimentaria.

 

No es sino fascismo xenofóbico (lucha de clases) declarar como la Comisión William que  “los agricultores en general, incluyendo a los americanos,  se han habituado a un ambiente primitivo, tienen muy poco deseo de la variedad  posible de bienes materiales, y no están dispuestos a adquirirlos si para eso tienen que abandonar una vida de ocio, porque que no tienen la ambición, la energía, y la habilidad administrativa para producir un tipo excelente de trabajador y ciudadano”. Cualquiera diría que la solución es una “solución final”.(Y cualquiera que haya cultivado una finca sabe bien que allí no hay ocio.  El trabajo en el campo debería ser un rito de iniciación).

 

Un paradigma de necedad como el del mercado se tenía que pagar con el hambre. Démosle entonces su crédito a la subsistencia, porque de eso se trata ahora, y aceptemos que la iniciativa de los dos máximos representantes del paradigma de mercado (Gates y Slim) sí puede tener un efecto morigerador que nos devuelva la sobriedad, pues ahora estamos borrachos con el mercado del 1%.

 

 


2 Comentarios

  1. mario León

    Muy atinado el comentario de don José. En C.R. vamos para atrás como el cangrejo: se dejó catatónico el CNP y se estimularon las Ferias del Agricultor.
    Sin los debidos estímulos la agricultura es un negocio que arruina.

  2. Miguel Chaves Amador

    Como siempre Don José, gracias. como usted siempre ha dicho, cuando alguien invisible dice las cosas es un trasnochado, esperemos que si lo dicen los bisibles, tal vez se logre entender la necesidad de cambio de paradigma.

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