La carcajada del gato

Este libro de Paul Benavides —Duelos Desiguales, Euned, es una hoja de vida, que a la vez es la expresión de un tiempo en donde duelo— por pérdida y también por reto- representan una afirmación antes que una ambigüedad. Es una obra que se ha ido haciendo a través de una vida dedicada a la lectura, la observación pasmosa de la realidad, las ilusiones construidas y las que se esfuman. Es una idea fija que se desplaza en múltiples destellos, al partir del sí mismo, su propia consciencia, en ese aluvión de noticias que lo convierten en testigo y protagonismo, su propia consciencia, en ese aluvión de noticias que le convierten en testigo y protagonista de ese circo en donde un simio murmura lo congruente de su oficio, dando una imagen, imposible de soslayar, de lo que significa la evolución rítmica, convertida en perorata.

 

Es también una memoria. Mejor dicho: un memorial en donde se guarda respeto a lo pasado y se espera el futuro como si fuera la conjunción de múltiples tiempos. Desde la infancia hasta el madurar de un ser humano, dándose cabezazos contra el aire. Es, así mismo un ejercicio de estilo, una manera de tomar al lenguaje por los cuernos, sin redundancias, en ese coloquialismo lírico en donde se expresa, con belleza y trascendencia, lo que ha sido un poeta que nació en los años sesenta y se nutrió de la cultura multipolar de todas las transformaciones del siglo pasado y algunos saltos sobre el nuevo, definiendo influencias y perspectivas, temas y detalles sincopados cuando algunos de los escritores de su edad, ya han tirado el cortinaje del retiro sobre sus ventanas. Paul Benavides esperó, y nos hizo esperar muchos años para, a partir del singular poema sobre el simio, pudiera abrirse a todos los espacios de la evolución, buscarse un lugar en nuestra poesía costarricense, centroamericana y todos los otros etcéteras que acostumbramos a usar, para decir que un poema es más que bueno y que muchas veces su arte parece que lo sobrepasa. Partiendo de su poética del ciudadano, los poemas saltan entre memorias, ráfagas de lenguaje, rasguños a la casa paterna, de gato enamorado y hasta medio loco, para incorporarse al desfile de todos los que allí aparecen, hasta darse de golpe con poetas y artistas que nos marcaron a todos.

 

La hermosa perfección de lo formal está en íntima relación con los contenidos, el lenguaje coloquial expansivo, los detalles de las pequeñas cosas, todo dicho con elegancia despeinada, faldas afuera o el humor de familia, perteneciente a esa Heredia tan similar a lo lópezvelardesco poscontemporánea, como dirían los acuciosos, y tontos, académicos que se encargan de reseñar este tipo de literatura. Poetas de ciudad, de rincón, de intermitencias del corazón y la mente, hace que la provincia deje de ser rústica, porque quien la mira es dueño de una vasta cultura, un análisis a partir de cero, hasta darse de frente con esa insularidad de la que es dueño Virgilio Piñera. La dignidad literaria de Paúl Benavides propone, y él lo sabe, un ciudadano congruente con lo que cree y vive, usando algunas veces la carcajada del gato para reírse de sí mismo y de nosotros. Lo más atractivo de este libro son los usos de un lenguaje, plural puede ser, en donde joyas hermosas, y tímidas, van engarzando ese duelo persistente con los recuerdos, la vida cotidiana, lo trascendental sujeto a revisión y hasta sacudido por la teoría del escarnio tierno. La desigualdad no está en el duelo sino en la propuesta de afirmarla, para negarla luego. Son machetazos de fina chispa para probarse y afirmarnos, que es uno de los poetas más importantes, valiosos e irónicos de la Costa Rica postodo. Como Guillermo Fernández lo afirma, es un libro trascendente por su propio valor intrínseco y por la ruptura que percibimos con el medio, consigo mismo, y con la historieta nacional. Un sitio en donde don Tito, doña Margarita y ese linaje familiar de todos los Benavides, se incorporan, al fin, al extraño desfile a que nos convoca Paúl, ese ciudadano cero o este héroe desconocido, que de tanto intentarlo se ha de convertir en espadachín literario.

 

Dado que la poesía de Benavides no es un juego, lo importante es el estar preparado para una lucha verbal para desprevenidos, nacida de un hombre que dejando de ser joven, se convierte en adolescente maduro, extraña paradoja para un escritor que con su primer libro logra una madurez real, frente a la virtualidad de lo que hoy es el oficio poético.

 

Dados los usos de lo sardónico, el cinismo elemental de la belleza, el tráfago de los acontecimientos, el involucramiento o lo que lo distancia de lo escrito, es una obra con un profundo sentido de la observación, para él y para nosotros, lejana de los libros escritos para minorías o aquellos que pretenden defenderse entre las páginas de los discursos de nuestros políticos ígnaros. Encuentro que esta obra es innovadora sin ser pionera, logra la intervención de múltiples voces, desde la poesía española de los novísimos, los restos de los nadaístas, lo clásico perviviente y algunos restos óseos de Nicanor Parra o los mejores logros de la lírica cubana posperíodo especial.

 

Hay algo tan digno en este ejercicio, que nos remite a tenerle presente junto a la obra de otros buenos poetas que editaron sus libros en el año 2013, de los que hablaré en otra ocasión, o la nueva versión de Asfalto (2012), de Luis Chaves, la cual considero una pequeña obra maestra del autor, límpido y preciso ejercicio de estilo que debió ser premiado, y no la desigual antología que mereció el interés de los llamados jurados, conjurados.

 

Paul Benavides estará siempre fuera de esos teje maneje. Otro libro de poemas, tal vez. O la novela que se le exige y espera de él, un paso, o dos, fuera de la llamada edad de la razón o del estallido interno de la muela del juicio.

 

Ahí reside el secreto de todos los poetas, que nunca la ponen debajo de la almohada, para que no se la lleven los ratoncillos literarios, tan igualados que parecen de laboratorio.

 

(La Prensa Libre)