De beatos y torquemadas

En materia de secularización e independencia del gobierno civil, Costa Rica retrocedió dramáticamente en el último siglo y medio. Nuestros patriarcas liberales, empezando por Tomás Guardia, tuvieron la inteligencia de separar el Estado de la Iglesia, promulgar una Constitución Política neutra y convertirnos en uno de los primeros países de América Latina en dejar el confesionalismo. Y así, pasando por Jesús Jiménez, Cleto González, Ricardo Jiménez, hasta los años 40 del siglo pasado. Como se sabe, la mayoría de ellos fueron practicantes masones.

 

Sin embargo, hay que ser sinceros: el precio de las grandes reformas sociales de los años 40 supuso que retrocediésemos en esta materia. La Iglesia, un actor tan importante en los pactos por las garantías sociales, se volvió a convertir, sin embargo y desde entonces, en un protagonista político. Monseñor inteligentemente cobró la factura. Ninguno de nuestros gobernantes de los últimos 70 años se escapó de eso, salvo Daniel Oduber,  quizá el más independiente y libre pensador de nuestros presidentes. Y también don Pepe, agnóstico reconocido. Todo el resto ha hecho la procesión del rosario, el golpe de pecho y la penitencia hasta la Basílica de la Negrita.

 

Me refiero a los grotescos hechos de los últimos días, meses y años. Primero, la oposición furibunda a las guías sexuales del MEP durante la última década y media, en un país de alto índice de embarazo adolescente. Segundo, la medioeval posición asumida por nuestro Estado en materia de fecundación in vitro (como hemos dicho en otro artículo, sólo 3 países en el planeta se oponían esta práctica: Pakistán, Costa Rica y Haití), lo cual nos costó una condena reciente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Tercero, el nombramiento de un diputado confesional jurado (su partido tiene nomenclatura religiosa, por más señas) en el puesto de Presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Congreso, un claro despropósito que el propio padre de la patria debió haber rechazado.

 

Y, finalmente, un hecho político propio de la España franquista: el aval por parte del Ministerio de Salud– declarándolo de interés nacional– de un Congreso de Bioética, en el cual un expositor ligado a una universidad del Opus Dei vendrá a exponer la tesis que las minorías homosexuales padecen de una enfermedad y, por lo tanto, tienen que ser tratadas como una patología. Tan asquerosa argumentación viola, desde luego, la teoría de los derechos humanos moderna y me recordó, al leerla, una de las tesis que sostenían los científicos ligados a Goebels y al III Reicht en la Alemania nazi.

 

Ahora bien, la respuesta de otros sectores políticos ha sido igualmente intolerante. Leo en el periódico de hace un par de días que una diputada de un partido de oposición encontró que la mejor manera de oponerse a esta burda argumentación era prohibir la participación del tal expositor, buscando ejercer una provisión de “censura previa”. Es decir, busca combatir una intolerancia con otra intolerancia. Más o menos lo mismo que se trató de hacer en la Universidad de Costa Rica hace un par de años, cuando se intentó prohibir la exposición de un afamado Dr. Watson, que quería exponer una tesis tan racista como misógina. Grave error del Consejo Universitario de ese momento, el cual tuvo que corregir. La manera de combatir intolerancias y fundamentalismos religiosos no es con otras intolerancias de distinto signo, por más amparadas que quieran estar en la modernidad y en la neutralidad ideológica.

 

Los beatos y torquemadas no deben combatirse con medidas similares. La historia demuestra que es el peor error que una sociedad democrática puede cometer. Hay que combatirlos con la ideas.  Mientras tanto, los huesos de Voltaire se revuelven en su tumba de puro asombro y estupor.

 

 


3 Comentarios

  1. Edgar Porras G.

    “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo.”
    De seguro, Voltaire habría declarado de “interés nacional” el Congreso de Bioética, aunque él, no hubiese estado de acuerdo con la tesis de que la homosexualidad es una enfermedad.

  2. José R. Gómez Laurito

    Contrario a algunas posturas estatizantes que le he oído exponer al Sr. Ordoñez en la Radio Universitaria, la tesis expuesta en este artículo la siente como propia de mi viejo, pero auténtico, liberalismo.

  3. Jorge Fallas

    Pues es cierto. Habra que combatirlo con ideas. El problema es que no ha sido así y tampoco lo será. Aparte de aspavientos y reacciones histéricas, no se ha visot una refutación congruente a los Torquemadas.

    Ni siquiera en este artículo donde el autor se ha ido a revisar el curriculum del Sr. Irala y lanza suspicacias sobre éste, dando a entender una supuesta culpabulidad por asociación (Opus Dei boo)

    Me permito pronosticar que habrá manifestaciones y abucheos en este seminario en contra del Sr. Irala. Porque no hay nada más intolerante que los promotores de la diversidad y la tolerancia.

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