Creencias: si no es gallo es gallina

Los costarricenses no hemos todavía estructurado un conjunto de creencias, vertebrados sobre temas afines, o en la singularidad de su valor de uso, de los que existe en lo más profundo del carácter nacional. Don Luis Ferrero logra ubicar algunas de las creencias indígenas, en su vasto libro “Costa Rica Precolombina”, de acuerdo con diferentes fuentes, principalmente del Siglo XIX recolectados por viajeros extranjeros, investigadores todos. Algunas de esas creencias son de origen náhuatl, convertidas en leyendas primigenias, como la de los duendes de agua, el pájaro dulce encanto, la tule vieja, el mal de ojo o de animales con propiedades de transformación como el quetzal, el lagarto de agua dulce, los diablitos, las piedras que cuentan y las esferas de piedra. Son todas ellas ya parte de nuestra cultura nacional, generalmente aplicadas a leyendas, uso de plantas medicinales, emplastos curativos y líquidos casi milagrosos para el uso en la medicina tradicional. Los conquistadores nos heredaron diversas versiones de leyendas europeas, la célebre mirada sobre el otro, el distanciamiento entre la realidad y la fantasía; animales mitológicos, selvas intrincadas, fabulosas ciudades de extraños tesoros y hasta el agua prístina que nos da la vida eterna, presente en el famoso Río Celeste o los poderes curativos del agua en la Basílica de la Virgen de los Ángeles.

 

Las creencias son múltiples, a partir de lo particular costarricense a lo universal. Desde el ojo de buey, bella semilla bipolar, que espanta malas juntas y atrae la suerte si se usa en el bolsillo derecho, los nenes, rojillos y vivaces, para lograr suerte en el amor, la piedra imán para espantar a la gente mozote, la herradura detrás, o delante, de la puerta principal, el ajo criollo para alejar a las personas vampiras, esas que te quitan energía psíquica, hasta piedritas esféricas de la isla Violín, que te guían por caminos de suerte y dinero, combinados con la flor de santa lucía, guardada en la parte superior de la billetera. Hay lociones, hierbas como la ruda, flores como la del falso olivo, pétalos de rosa o geranio, así como infusión de malva, combinada con leche de cabra, para suerte de aquellos que sufren hechizos que les impiden ser potentes sexualmente.

 

¿Creencias reales o nacidas de la realidad? La fe en el doctor don Ricardo Moreno Cañas, encomendarse a la niña Marissa, los poderes maravillosos de Sor María Romero, las consultas a la Bruja Zárate, en la Piedra de Aserrí, los elocuentes llamados a Ofelia Corrales, nuestra vidente por excelencia, hablar con Soraya de Persia, en donde esté, o la famosa comunicación que todavía existe para oráculos políticos, con la ubicua “La Polvera”, la única hechicera con virtudes políticas, tan bien recreada por Jacobo Schifter en su novela “Pagos de polaco” y que emergen en cada campaña electoral.

 

Muchas son las creencias del pueblo costarricense. Desde el pasar debajo de una escalera, para retar al destino, echarse detrás de la oreja derecha una gotita de azogue antes de salir al trabajo y, en la noche, bien tarde, tomar un baño con las siete hierbas, para espantar a todas las emanaciones ajenas que se hayan adherido al cuerpo.

 

Centenares de creencias nutren nuestra vida cotidiana. Todas están latentes y surgen cuando menos las esperamos. Son parte de nuestra lectura del mundo, el cercano y el lejano. La única certeza de que existen es su pervivencia en el tiempo y el espacio de cada uno de nosotros.

 

En la idea de árbol del mundo, árbol de la vida, o como quiera llamarse, está contenida la historia de las naciones y de sus habitantes en particular. Brasmo de Rotterdam, siempre pionero, en su famosa “Adagia”, hizo un inventario de costumbres transformadas en expresiones concretas de proverbios y adagios, que reunidos fueron tenidos como parte de un canon que hasta la fecha no ha muerto. Como Costa Rica es un país multicultural, y plural en sus manifestaciones emblemáticas, los esfuerzos canónicos, que tienen su origen en los años veinte, en los trabajos de don Zacarías Zúñiga, los podemos encontrar como juegos y, luego en expresiones llamadas modismos, que diferenciaron y dieron origen a nuestras creencias expresadas en lenguaje fluyendo. Pelarse el siete o ponerse avista, ser el chuica de la casa, sudar albóndigas, dicen más de una persona que cientos de páginas, y allí encontramos el cómo somos y cómo seremos, el adónde vamos o: vamos a ver, dijo un ciego, entremezclados en épocas, lugares, sitios específicos, función real o función simulada. ¿Es el costarricense creyencero? O es más bien el ser “ese” llamado tico, el que está atiborrado de creencias. Ambos dos, dijo el tonto. Porque nunca falta un roto para un descosido y no hay que darle alas al tiempo. Las creencias, comportamientos poco razonables, dicen algunos, constituyen sin embargo, la base del cómo somos y qué hacemos. Desde las ardientes polémicas del nacimiento de nuestra literatura (1894), mínimo de lectores en el área central, estamos llenos, saturados o ahítos de creencias, que van desde la moda del real y falso campesino costarricense, la música folclórica, el apogeo de la parrandera y el tambito, el vals criollo, el valsecito colombo-tico de principios de siglo, los grandes y maravillosos plagios de canciones nacidas como muestra del alma nacional, ¡nada de eso importa! Cuando descubrimos que el “Pura Vida”, no viene del horrible Clavillazo, ese adefesio del humor, sino más bien, y de allí nos la robamos, del filme “Easy Rider”, de los años sesenta, que es cuando se empieza a usar el término en nuestro país. Oraciones, romances, rondas y juegos, recetas: somos lo que comemos, cuatro son las tres marías, adivinanzas, el queque de banano, la miel de ayote, el ceviche de plátano verde, arroz con mango (me acabo de ganar un premio con la receta), tortillas cosposas, el rezo, sortilegio y bendición, de los siete nudos, la oración de las nueve candelas, todas estas formas de expresión son parte de nuestro modo de ser, actuar y hasta de andar.

 

No se trata de andar jugando a Anita La Huerfanita o ser de piso de tierra o haber nacido descalzo o vendido empanadas cuando éramos niños. Se trata de entender el deber y haber del costarricense, hablar en plata blanca o a que simplemente, en estos casos: lo que se hace de noche, de día aparece. O ¿saben? Mañana es nunca.

 

 


1 comentario

  1. Israel Calvo González

    Gracias, muchas gracias Alfonso por tan profundo comentario lleno de esencia costarricense. Siempre es un placer leer esas referencias tan brillantes y tremendamente amenas. Qué bueno que puede uno auscultar nuestra idiosincracia con tus ideas y escritos, así se olvida de que existe Combate, la Ultra, El Sapri, Repretel, las novelas baratas y toda esa basura cotidiana en que nadamos los ticos.Y no solamente se olvidan esas rutinas… sino que la belleza artística es una realidad distinta que nos enaltece como humanos. Usted es parte de esa belleza que inspira. Gracias de verdad.

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