La Niña Margarita Méndez, mi maestra de kínder

Doña Margarita Méndez de Soto, se ha ido. No escribo: se nos ha ido, pues con nosotros permanece hasta que la memoria se pierda en los recovecos del tiempo. La Niña Margarita. Doña Márgara. Mi maestra de kínder. En Cartago, en la antigua Escuela Winston Churchill, donde nos dio alero y nos puso en contacto vivo con las teorías y prácticas de la nueva pedagogía, que tenía de nuevo el contener todo lo antiguo y darle visión de futuro a todo lo que fuera transformación, cambio y afirmación de la personalidad. Hija y hermana de educadores, fue su padre fue un maestro renombrado y su madre también, amiga y admiradora de Carmen Lyra, allá en El Bajo de La Laguna, como se llamaba antes a Barrio Amón. Toda su infancia y adolescencia está contenida en un libro que escribió: “Lo que recuerdo”, inédito aún, que es un bosquejo, histórico, de su vida personal y del pulso del país, hechos sociales incluidos, así como el entorno familiar, con el eje central de sus recuerdos: su hija Zulay Soto, y el crecimiento de todos ellos, hasta constituir un detallado conjunto de observaciones que parten de ella misma como protagonista y observadora.

 

La especial inteligencia de Margarita Méndez Arias la distinguió siempre, según observaba mi madre hace muchos años. Como provenía de una familia de honda cultura educativa, padre y madre eran educadores, de los de verdad, la formación de la niña estuvo siempre nimbada de un entorno de libros, pudiendo tocar el cielo de la lectura con las manos y percibir el hermoso olor de las páginas vivificantes. Precoz siempre fue la Niña Margarita. Madura y anciana tenía como una antena preciosa para percibir las señales de los tiempos y estar al día, nunca a la moda, desde que siendo una niña abría los libros de art nouveau para adentrarse en el mundo mágico del arte. No solo es la vida de una persona, la de ella. Es el pulso del país, las vibraciones de los sucesos históricos, el conocer, percibir, admirar a figuras de primer orden, de los cuales siempre fue discípula respetuosa, pero independiente.

 

Alguna vez una de mis tías nos dijo que la Niña Margarita era una de las únicas cinco mujeres inteligentes que quedaban en Cartago: doña María Larramendi de Sancho, de primera, la señora María Alfaro de Mata, Estela Peralta, Lía Valle, esto porque el reloj de la historia nunca se atrasaba y ellas seguían la marcha de la vida.

 

Los métodos pedagógicos de Margarita Méndez eran lo suficientemente audaces como para parecer innovadores y originales. Al eximio conocimiento aprendido en los libros, nos daba y nunca se nos olvida, incursiones en la cultura popular, cartaginesa de la época, cuando durante media hora, dos veces a la semana, nos contaba historias, no cuentos, con una voz imperdible, graciosa, en donde su propia risa y picardía condimentaba las narraciones, ya que muy pocos niños sabíamos leer en el kínder. Ella cuenta algo que siempre nos decía, según un dicho de Miguel de Cervantes, “más vale un diente que un diamante”, una especie de pedagogía del aseo personal, aprendida de su padre. También era fanática de los libros, por su contenido, pero también por su belleza gráfica, ya que en su casa siempre existió una hermosa biblioteca con obras encargadas a Lehmmann, Sauter y otras casas editoriales, a los principios del Siglo XX. Todo eso es indispensable para conocer cómo fue la cultura literaria de la época, libros que leían minorías gozosas, como la de los parientes de Margarita y cómo influyeron en la formación de las familias en conjunto y de los lectores en particular.

 

Obviamente maestros y educadoras eran de lujo, o así lo parece en el libro. Margarita Méndez, cuya oralidad fue notable lo hizo todo acompañada de la memoria, sobre todo cuando conversaba con nosotros, con detalles proustianos de recuerdos, como la presencia de la niña Lalita Sancho, que también enseñó a mi madre a bordar, extraños y simbólicos tapetes.

 

Uno tiene la idea de que personas y personajes como doña Margarita Méndez de Soto son eternas, porque su presencia personal es parte de nuestras vidas. Pero es tal la fuerza de su impulso vital que la memoria teje redes para escuchar en el fondo del crepúsculo  su voz, en aquellas tardes cartaginesas en que desgranaba su lenguaje cantarín y Ana Zulay regresaba del Colegio San Luis Gonzaga, radiante e inspirada.

 

Qué suerte que mi querida maestra de jardín de niños logró escribir sus memorias, que son las nuestras en retazos y fragmentos, en el pasado, el presente y el futuro, como en ese prodigio de poemas que ella transcribe, una rima para dormir, de Robert Louis Stevenson, My Bed Is a Boat, eterno en las clases de dicción inglesa, aún de mi generación.

 

Pero la vida de Margarita Méndez no es solo un libro de memorias. Ni de anécdotas. Ni de historias de luciérnagas y abejones en Cartago. Es la historia de una muchacha, siempre lo fue, en formación constante, hasta en los últimos meses de su vida, cuando daba forma a ese libro maravilloso, que debe ser editado. Una maestra muy especial a la cual se le recuerda por lo activa e innovadora. Nosotros le dibujábamos margaritas, para decirle, en silencio cuánto la apreciábamos. Como ella me inició en el amor al arte y en la participación de los miniespectáculos que inventaba para los más chiquitos. Siempre la tuve cerca de mis pasos en la literatura y la promoción cultural. Como era también una “reper”, según decir de Emilia Prieto, la revista “Repertorio Americano” fue una especie de referencia en cuanto a cultura, libros, lecturas, sucesos, que también ayudaron a nuestra formación generacional, dentro de esas minorías “ilustradas” que somos, al igual que en Zulay Méndez y sus propuestas creativas.

 

Muchos otros artículos se habrán de escribir sobre esta educadora de excepción, cuyo lema, en verdad fue siempre, una frase de José Martí: “Los niños nacen para ser felices”, que Margarita transformó en “Haced a los niños felices hoy y ellos lo serán veinte años más tarde”.

 

(La Prensa Libre)

 

 


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