Regreso a mi ciudad

Después de mis fantasías y realidades, afronté el viaje a la ciudad donde nací.

 

Muchos años habían pasado. No era reconocerla; era conocerla.

 

No existía aún la carretera. El viaje era oportuno por tren o por avión.

 

Salí en compañía de mis padres en la Estación del Atlántico, en San José.

 

A lo largo del trayecto iba descubriendo las airosas montañas en cuyo seno corrían presurosos los ríos. Esos ríos de tanta historia en Costa Rica; el Reventazón, el Pacuare, el Matina…

 

El ascenso hacia Cartago fue penoso; resoplidos de la locomotora para avanzar hacia el Ochomogo; luego la colonial Cartago, y así sucesivamente, Turrialba, Siquirres, Matina, y ya al borde del mar, con paso firme, el Pachuco se adentraba a su destino.

 

La locomotora del tren sonó su pito característico y entramos en la Estación; habían transcurrido veintitantos años; me alejé de ella con  uno o dos de edad.

 

Era ya casi noche. El salobre del mar me llenaba de alientos para sentirme en el Mar Caribe.

 

El tajamar hacía retroceder las cortas olas. Era como vigía en la claridad de la noche con luna en creciente, con un color de treno fosco, y hacia el oeste, los oquedades dejaban interrogantes sobre las larguezas del mar.

 

Un manchón salpicado por las ondas marinas, apuesto frente al puerto, dejaba testimonio de La Huerta del Almirante Colón enfundado en su barco, y doliente de una artritis avasalladora.

 

La luz de la mañana abrió el ancho espacio de una costa extensa, hacia el norte y hacia el sur con un protuberante saliente cortando la simetría del espacio.

 

Playa de arenas negras, irregular, en pequeñas radas donde el mar se incrusta de manera inocente.

 

Ese saliente acondiciona la ciudad, y es el puerto más importante del país.

 

Para entonces, la ciudad tenía aún las huellas de un emporio venido a menos con el negocio bananero.

 

Acudí a conocer la casa donde nací. Frente a la antigua Catedral una desvaída vivienda trenzada por el tiempo, apenas si guardaba las maderas de su vieja lozanía.

 

Todo estaba aparcado con la rotura del tiempo feliz de otra época. Época convertida en casi factoría de empresa foránea; liquidada la tierra con opción a la siembra y cosecha del banano,  como siempre ocurre, se abandona el negocio, y  queda sembrada y cosechada la miseria de los pobladores.

 

La ciudad se sumió en un vertedero de necesidades absolutas. De angustias impostergables.

 

El sol hizo lo suyo; el calor puso sobre la frente las gotas de agua corriendo vertiginosamente; calor agobiante refrescado por la brisa marina.

 

Sobre el mar unas aves marinas corrían sin ningún apuro; rodeaban la isla vecina y regresaban con sus alas blancas posándose en los árboles del Parque Vargas. Vuelos interminables interrumpidos por una picada al mar en busca de algún pez para alimento.

 

Al llegar la tarde, el sol se escondía dejando un tono violáceo en la frescura del anochecer y la ciudad se conmovía con la picardía de una música llena de ritmo y coloratura que era patrimonio de sus habitantes, proyectándose por todos los confines de la Patria.

 

Así me reencontré con Puerto Limón lleno de incertidumbres, y con el deseo de verlo emerger con fuerza. Deseo no cumplido hasta la fecha.

 

Cuando ocupé un cargo de representación popular, sumé siempre mi voto en cualquier proyecto que diera aliento a las esperanzas de los limonenses.

 

Habría de regresar años después; una más larga tarea me fue encomendada a la vera del Río Sixaola.

 

A fuer de abogado tuve un trecho de mi vida adosado a esa fruta, alimento del mundo entero, y que al conjuro del tiempo, volvió a poblar con sus tallos y hojas, colgando unos racimos de oro macizo y poblando de riqueza a esa tierra ubérrima que se llama la Provincia de Limón.

 

Desde el lecho del río y mirando hacia las azulinas montañas llenaban mis ojos con esa gran historia de Talamanca, de sus aborígenes y de su más epónimo héroe, Pablo Presbere.

 

Apuntes de otras emociones y otros valimientos.

 

 


1 comentario

  1. Renato Soto

    Excelente artìculo escrito por mi amigo Rogelio Ramos Valverde. Mis felicitaciones màs sinceras..Dr.Renato Soto Pacheco

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