Gobernar en tiempos turbulentos

• Palabras en el homenaje a don Luis Alberto Monge, Asamblea Legislativa, 7 de noviembre de 2012, Día de la Democracia y Día de la Constitución.

 

La madurez de sus 57 años bien vividos en Costa Rica, Suiza y México; su experiencia en el movimiento obrero, la Asamblea Constituyente, la Organización Internacional del Trabajo, el partido político que dirigió y el parlamento que presidió; su enaltecida raigambre campesina, magnánimas virtudes cívicas y hondo instinto costarriqueño; su cultura democrática universal, el dominio de la lengua francesa, su embajada en Israel y las giras por Latinoamérica; la amargura aleccionadora de una derrota electoral, las edificantes vivencias en el gabinete ministerial figuerista y su acendrada vocación de servicio público, aprestaron a don Luis Alberto Monge para la conducción estratégica de sus compatriotas desde la Presidencia de la República. Cuando el voto de los pueblos le entregó la titularidad del mando, ya era nada menos que todo un hombre de Estado.

 

Una visión política certera, intuitiva las más de las veces; la clara orientación de largo plazo en medio de las decisiones contingentes e impopulares casi siempre; la perspectiva del Estado como gestor del bien común y su habilidad de armonizar intereses contrarios, son algunos atributos de su desempeño en la jefatura del Estado. Si los actos políticos suelen resultar confusos y controvertidos, su magisterio democrático hizo del solio presidencial una cátedra de civismo, por la palabra y por el ejemplo. Llegó a la cumbre de la república como líder de un partido y de inmediato se dedicó a forjar una compactación nacional; en la cima de la soledad, personal y política, resolvió la ambivalencia de sus limitaciones individuales ante los deberes de primer ciudadano de la nación. Conocedor de la historia política, engarzó el ejercicio cotidiano del mando en el designio grandioso de un pueblo en marcha hacia la realización de su destino justiciero, libertario y pacífico, en pos de la prosperidad y el bienestar.

 

Desde 1856 no se aglomeraban asechanzas tan graves sobre nuestra nacionalidad, integridad y soberanía como en el cuatrienio del Presidente Monge. En ambas ocasiones, fuerzas paraestatales impelidas en el norte contra el istmo centroamericano, amenazaron con desviar el rumbo costarricense y las dos veces aquellos filibusteros o “freedom fighters” hallaron colaboradores criollos. Solo que en esta oportunidad se comprobó que los hilos de la trama se controlaban clandestinamente en los sótanos de la Casa Blanca. Con razón don Luis Alberto colocó en su despacho presidencial el retrato del Libertador y Héroe Nacional, Capitán General don Juan Rafael Mora. Decidido a proclamar la Neutralidad Perpetua, Activa y No Armada como escudo ante el agresivo expansionismo militar, recibió dos delegaciones de la seguridad norteamericana que le mostraron pruebas sobre concentración de tropas, tanques y helicópteros frente a Peñas Blancas, listos para invadir el territorio vecino e internacionalizar el conflicto y así provocar la intervención abierta de Estados Unidos. La primera vez vinieron a pedirle que se abstuviera de proclamar la Neutralidad. La segunda llegaron a solicitarle que pospusiera la proclamación de la Neutralidad. Su respuesta, tan firme cuanto respetuosa, fue un rotundo no. El Presidente de Costa Rica obedecía únicamente al mandato de los pueblos expresado en las urnas electorales.

 

El dilema con Washington era cómo rechazar sus requerimientos militares y, al mismo tiempo, aceptar su auxilio financiero. De 1982 a 1986, Honduras recibió asistencia de Estados Unidos por unos 935 millones de dólares: más del 30% para las fuerzas armadas, menos del 70% para el desarrollo. En ese periodo, Costa Rica recibió asistencia de Estados Unidos por unos 830 millones de dólares: menos del 6% para las fuerzas policiales, más del 94% para el desarrollo. Allá llegaron tropas norteamericanas por millares y se estableció una base militar que aún permanece. Aquí vinieron unos ingenieros militares a construir puentes en la región meridional. El intríngulis estaba en cómo obtener el mayor beneficio nacional, con la menor constricción de autonomía. El Presidente Monge obró libremente en su relación con la potencia hegemónica occidental, sin prejuicios, sustrayendo sus decisiones a la influencia de los sentimientos que le inspiraban el pueblo norteamericano o el presidente Ronald Reagan.

 

Treinta y seis meses antes de su ascenso a la Presidencia de la República, había estallado en el país la peor crisis económica desde la Gran Depresión. Costa Rica estaba postrada. En 1982 la producción nacional decreció casi un 10%, la demanda interna disminuyó en más de 16%, el salario real promedio se redujo un 45%, el desempleo abierto se duplicó desde el año anterior, el ingreso nacional bajó un 22%, el déficit fiscal llegó a un 14%, la inflación superó el 80%, la moneda se devaluó en 600%,  entró en mora el pago de la deuda externa de unos 4.000 millones de dólares. La nueva Administración aplicó una estrategia de tres etapas: primero, un tratamiento de shock para detener la caída; luego un vigoroso programa de reactivación económica; después, un plan de cambio estructural.

 

Con un par de excepciones, el Presidente Monge confío la conducción de la política económica a sus adversarios en la lucha partidista por la candidatura presidencial, quienes estaban tan próximos al esquema neoliberal cuanto distantes de la filosofía política de la socialdemocracia costarricense. Ese grupo era cercano a la Agencia para el Desarrollo Internacional (AID), ubicada dentro de la Embajada de Estados Unidos, representación diplomática que desplegaba una agenda secreta en el conflicto de Washington versus Managua. Numerosas acciones clandestinas de esa agenda fueron reveladas y documentadas en las investigaciones parlamentarias y judiciales en torno al escándalo Irán-contras, virtualmente inéditas aún para la mayoría de los costarricenses.

 

Para 1984, la economía se había recuperado a satisfacción. A partir de entonces, se marcaron más las diferencias de enfoque en el equipo de Gobierno: de una parte en materia de seguridad, los defensores de la Neutralidad, los pragmáticos y los amigos de “prestar el patio” —como solían decir ellos mismos—; de otra parte en materia económica, los socialdemócratas, los pragmáticos y los neoliberales. Varios trabajos académicos han aparecido para explicar cómo, durante la “década perdida” en América Latina, diversos gobiernos de la socialdemocracia escogieron políticas neoliberales, recomendadas por la tecnocracia fondomonetarista, bancomundialista y de la eufemísticamente llamada “tía Aidé” —munificente con los que se allanaban a sus fines—. A mediados del 84 hubo una coyuntura crítica en la cual se mezclaron las presiones neoliberales con las presiones militaristas a objeto de enrumbar el país por senderos trazados fuera de Costa Rica.

 

En mayo desfilaron 50.000 personas por las calles de San José a favor de la Neutralidad y en contra de la guerra —eran las vísperas de la misión presidencial a Europa—. Entre abril y agosto se libró una batalla parlamentaria con el objeto de abrir a la banca privada el acceso al financiamiento directo del Banco Central con fondos de origen externo y los préstamos en moneda extranjera al sector privado al tipo de cambio del mercado. En agosto, se produjo la renovación del gabinete ministerial. Estos acontecimientos fueron atizados por una propaganda enfilada contra el Presidente Monge. Quien revise la prensa plana de aquellos meses encontrará aseveraciones como estas tres: (1) El mandatario “no ha logrado, en dos años y dos meses de gobierno, tener políticas coherentes… se muestra lento y reticente en tomar medidas correctivas”; (2) El jefe de Estado “no oye, no ve, no sabe y parece carecer de la voluntad política que el momento histórico exige”; (3) El presidente “es un prisionero de palacio… que no se hace respetar y a quien, por lo visto, todo le entra flojo”. Dichosamente, el Presidente Monge justipreciaba a cabalidad las corrientes subterráneas que insuflaban aquel coro de intereses revestidos retóricamente como si constituyesen el interés general de la nación.

 

La reforma legal tramitada bajo tremendas presiones, endógenas y exógenas, se presentaba como un diktat de la AID. Como nada hay secreto entre cielo y tierra, ahora se sabe que la imposición fue casera, no importada, prescrita en español, no en inglés, nacida en Montes de Oca, no en Washington. Uno de los autores de la trama confesó a un académico de Estados Unidos: “Algunos funcionarios de la Administración Monge, yo incluido” —le dice el confesante—, “tratamos de utilizar a las agencias multilaterales en las peleas internas dentro del Partido Liberación Nacional, usar la AID, usar el Fondo Monetario, usar el Banco Mundial. A veces procuramos venderles algunas ideas para que no se presentaran como ideas mías, o ideas de XX, sino como ideas impuestas por el Banco Mundial o la AID. A menudo logramos introducirnos por la puerta trasera para que nuestras ideas [neoliberales] fueran aceptadas”. El académico que estudió el caso de aquella reforma, con la cual se inició el proceso para desnacionalizar la banca, confirmó después con un alto funcionario de la AID participante en las negociaciones que, efectivamente, no fue una imposición del Gobierno de Estados Unidos sino una petición procedente de un economista enquistado en el Gobierno de Costa Rica. “Desde el gobierno”, dice el académico, “la facción neoliberal logró anular algunas de las ideas históricas de política económica que sustentaban la estrategia liberacionista para el desarrollo económico”. He ahí la deshonrosa ¡condicionalidad cruzada!

 

La Neutralidad se consolidó por su eficacia. Aprobada la reforma legal, cesó como por ensalmo la campaña mediática. ¡Patriotismo de billatera! Reorganizado el gabinete, la Administración Monge cobró un segundo aire. Y en las elecciones siguientes, el pueblo ratificó en el mando al mismo partido político.

 

Una candidatura presidencial, aquí y en todas partes, se estructura sobre una red de compromisos. Hay que negociar apoyos de otros precandidatos y sectores diversos, a cambio de políticas y de posiciones. El equipo humano de un gobierno democrático es un mosaico, taraceado de personalidades, de influencias y de matices. Así como la opinión pública estaba dividida desde entonces, el gabinete ministerial lo estaba también: la mayoría se inclinaba por abstenerse de tomar partido en el conflicto bélico centroamericano; una minoría significativa procuraba colaborar con ciertos factores foráneos empeñados en “extirpar el cáncer sandinista”; abajo del gabinete, determinados individuos actuaron en contubernio para facilitarle las cosas a la contra —hasta que, al tener pruebas fehacientes, fueron sacados del Gobierno—. En el manejo de la economía, un sector del gabinete ministerial impulsaba la democratización económica, el apoyo a las cooperativas de producción, las acciones de compensación social y la plataforma programática de “Volvamos a la tierra”; sin embargo, los titulares de los principales cargos en el área económica del Gobierno, promovían la agenda neoliberal afianzados por poderosos factores, domésticos y externos, hasta asegurarse el cambio del modelo de desarrollo.

 

Al Presidente Monge le correspondió la responsabilidad histórica de ejercer el mando en tiempos turbulentos. El reformismo declinaba y ascendía el neoliberalismo. La injerencia extranjera en las finanzas era determinante en muchos aspectos. Carecía de una alternativa estratégica viable en aquellas circunstancias para lograr el desarrollo con equidad y de un equipo económico propio comprometido con los valores de la socialdemocracia. Al igual que en la guerra, la campaña política se hace con los recursos humanos y materiales que están a mano. Los equipos de gobierno se integran con los elementos políticos disponibles. Entregó la conducción de la política económica a tecnócratas hábiles, ensamblados con instituciones internacionales y fuentes financieras. En Asia, Latinoamérica y Europa la socialdemocracia fue orillada por una ola neoliberal ahora deslucida por el déficit social, la inequidad galopante y la crisis del 2008. Don José Figueres enseñaba: “Debemos hacer un examen de conciencia. Los vicios que se infiltran en toda organización humana, como las yerbas en todo huerto, deben limpiarse periódicamente, o constantemente. Los errores de la inexperiencia deben corregirse; los bríos espirituales, renovarse; los aciertos, duplicarse”.

 

 


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