Mi vecino el acuarelista

La desaparición física de don Jorge Manuel Dengo Obregón, ha levantado un sinnúmero de comentarios lindísimos sobre ese gran hombre que como funcionario público tuvo grandes responsabilidades y realizó obras como pocos costarricenses.  Patriota magnífico, hombre de familia, trabajador incansable de un ingenio y determinación pocas veces vistas en nuestro país.  Todo eso es cierto y sobrarían mis palabras para seguir alabándolo.

Mi relato tiene que ver más con hechos poco conocidos y que apuntan a otra faceta de su personalidad.

Lo conocí personalmente por una causalidad de la vida; en el año 1980 ingresé a trabajar a una oficina de Naciones Unidas, representante de CEPAL ubicada en Barrio Roosevelt.  Al principio ni idea tenía quienes eran los vecinos, ni le di la mínima importancia hasta que un día de diciembre cercano a la Navidad de ese mismo año todos los vecinos consternados comentaban la tragedia; Miguel, el hijo de don Jorge Manuel y doña Maruja, de poco más de 30 años estaba desaparecido en el Arenal, ahí me enteré que tenía de vecino a esa celebridad y que su hermana, la Ministra de Educación Pública de ese tiempo, doña María Eugenia Dengo de Vargas vivía justo al frente de lo que era mi oficina con su esposo, el prominente músico Carlos Enrique Vargas cuyas notas sí había escuchado pero no sabía quien tocaba tan magistralmente el piano.  La sencillez y austeridad en que vivían, la ausencia de vigilantes o aspavientos y el natural “encuevamiento” que caracteriza a los ticos, habían impedido que yo supiera quienes eran mis célebres vecinos.

Ese día todo cambió, tuve oportunidad de conocer a todos los que residían en la cuadra, no solo a los Dengo y todos nos unimos pidiendo a Dios que devolviera sano y salvo al hijo del fundador del ICE pues habían sobrevivientes.   No fue así, el cuerpo sin vida apareció días después en medio de la conmoción, angustia y la tristeza que todo lo inundó.  La Navidad se apagó en el barrio.

Al tiempo, Carmen María, hija de don Jorge Manuel y doña Maruja construyó al lado de la de sus padres, lo mismo, Ana Isabel la hija de doña María Eugenia Dengo quien tras la muerte de su padre continuó deleitándonos con su talento musical.  En la calle Cristián, el hijo de doña María Eugenia, había improvisado un taller en plena vía, demostrando una natural habilidad y   sobre todo pasión para la mecánica que combinaba con sus estudios universitarios y talento musical.

Tiempo después de la muerte de Miguel, su viuda Maru Flores construyó una casa contiguo a la oficina donde yo trabajaba.  Un día ella vino a preguntarme si nos molestaba el ruido que producía una fábrica de bordados colindante con su casa y también con nuestra oficina por la parte de atrás, mi respuesta fue negativa porque estaba el jardín trasero, entonces ella me pidió que fuera a su casa para escuchar el ruido.  Efectivamente era insoportable, don Jorge Manuel era en ese entonces Ministro de Comercio Exterior y tenía toda la posibilidad de usar su influencia y poder para mandar a cerrar la ilegal y molesta industria, pero por supuesto él no era capaz de una acción así, Maru tuvo que dar una lucha extenuante como cualquier hija de vecina que no recuerdo cómo acabó.

En el año 1986 don Jorge Manuel resulta elegido Vice-presidente de la República, pero nada cambió en su forma de vivir, siempre austero y sencillo, no obstante, por disposición del Ministerio de Seguridad Pública, le colocaron un policía en la puerta.  ¡Qué enojado estaba! “Siempre me he cuidado solo y vea, ahora que estoy viejo vienen a cuidarme” me dijo una mañana visiblemente disgustado.

Los guardas de mi oficina y los demás vecinos en cambio estaban felices pues en caso de necesitar asistencia, ahí estaba quien los defendiera.  Una noche el guarda nuestro había invitado al vigilante de don Jorge Manuel a tomar café y este tranquilamente dejó “el puesto de vigilancia” al garete y colocó el arma de reglamento sobre el escritorio de la recepción, en ese momento llegó una de nuestras becarias “la comandante Emilia” como le llamábamos porque había sido combatiente en la Revolución Sandinista y le desarmó por completo el arma.  El pobre policía miraba aterrorizado todas las piezas que sin duda él no sabría cómo volver a armarla, en un abrir y cerrar de ojos la “comandante” se la limpió escrupulosamente y la volvió a dejar en perfectas condiciones; el policía respiró aliviado.

Durante todo ese tiempo, cada mañana cuando yo entraba a trabajar, don Jorge Manuel salía hacia la Casa Presidencial a la que iba caminando la mayoría de las veces.  Una mañana, Arsenio, uno de los señores que barría los caños “le metió conversa” y se fue caminando a su lado, en eso topó con un amigo quien le preguntó sobre el peculiar “acompañante” y le respondió riendo “es mi guardaespaldas”, desde ese día Arsenio “se la creyó”.           Por las tardes, cuando yo salía del trabajo, algunas veces lo encontraba regresando a su casa y si no era muy tarde aprovechaba a contarme divertidas anécdotas de don Pepe Figueres al que le tenía un gran cariño y respeto.  También escuché muchos de sus relatos sobre la gravedad de las emergencias del Irazú y el Reventado y varias anécdotas muy simpáticas de su vida.

Si algo detestaba este carismático caballero era usar corbata.  Una mañana esperaba “bien chaineado” al chofer que lo recogía cuando debía asistir a reuniones y al “piropearlo” por lo bien que lucía, me dijo agarrando la corbata “sí, hoy voy con estorbo”, de inmediato le pregunté: “¿y para qué se la pone?” , entonces me respondió porque voy a una reunión con gente importante a lo que yo le dije “sin duda el más importante será usted”.  Me hizo una mueca y se despidió.  Su indumentaria preferida era guayabera en días cálidos o jacket informal en días más fríos.  A veces por la tarde, cuando yo salía del trabajo y él venía de regreso a su casa de saco y corbata le decía: “diay don Jorge Manuel, ¿anda con estorbo? ¡quíteselo!” en ese momento le brillaban los ojos al percatarse que eso era lo que lo agobiaba y agradecido me miraba con sus profundos y vivaces ojos mientras arrollaba “el estorbo” para meterlo en la bolsa del saco.

En otra ocasión, por algún motivo que no recuerdo debí entrar a la casa de don Jorge Manuel, esa en la que siempre se respiraba un ambiente de honestidad y rectitud.  Al fondo de la casa había un estudio y en eso vi una cantidad enorme de acuarelas apiladas una encima de otra, pero de una calidad extraordinaria.  Al descubrir ese inesperado tesoro pregunté “¿quien pintó estas maravillas?”  No esperaba que la respuesta fuese “Don Jorge Manuel”  y de inmediato un familiar de él me dijo con indiferencia “todos cogemos las que queremos, llevate las que querás…”.  Obviamente yo no sería capaz de hacer algo así, pero cuando volví a ver a don Jorge Manuel le comenté asombrada que no sabía que él fuese un acuarelista tan bueno.  Él sabía que me habían ofrecido llevar lo que quisiera y que no lo había hecho, por lo que me ofreció que pintaría una especial para mí.  Tiempo después, cuando fue perdiendo la vista me dijo con tristeza “Flora, ya no le voy a poder hacer su acuarela…”.  Nunca tendré una acuarela de don Jorge Manuel, eso no importa, lo que sí es importante es que tuve una tarde entera para verlas y disfrutarlas.  Eso lo llevo guardado en mi memoria y nadie me podrá quitar esa vivencia, es más, muy poca gente sabe que esa fue otra de sus grandes dotes.

En el año 1993 nuestra oficina fue cerrada porque probablemente en Naciones Unidas creyeron que la demografía ya no era importante…  Debí irme del vecindario que tanto quise.  A don Jorge Manuel lo visité varias veces lo mismo que a doña María Eugenia.  Un día le fui a verlo preocupada por la apertura de telecomunicaciones y el TLC pues yo temía destruyeran al ICE.  Con voz firme me dijo “el ICE es muy fuerte, nada lo va a destruir”, además confiaba mucho en Laura Chinchilla.  Espero que esas palabras sean proféticas y que quienes tengan la responsabilidad de dirigir nuestro querido ICE hagan lo que su fundador hizo y querría que se siga haciendo.

El día de su funeral me acerqué a su hija Carmen María a compartir el pesar y le pregunté “¿Le pusieron corbata a don Jorge Manuel?” ante tan inusitada pregunta, ella me miró un poco confusa y contestó afirmativamente, entonces le dije, “cuando llegue al cielo ya se la habrá quitado”.  Ella sonrió en medio de tanta tristeza porque sabía que sin duda sería así.

Un roble ha caído a los 93 años de edad, el recuerdo y reconocimiento de su trayectoria en un país que se alumbró y se comunicó gracias a esa inmensa visión es imborrable. Si aquí vivimos mejor que en otros países del área, en buena medida se lo debemos a él.  Vaya en paz don Jorge Manuel al encuentro de su amada Maruja, que como usted dijo “no le hizo caso y se fue antes” así como con sus hijos que prematuramente debieron partir.


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