En la boca del Sarapiquí

Nacido tímidamente como drenaje o desaguadero de la laguna Botos y con el nombre de río Ángel en las alturas de la Cordillera Volcánica Central, en el volcán Poás, el río Sarapiquí recorre anchuroso una inmensa porción de las vastas y hermosas llanuras nororientales de Costa Rica, recogiendo a su paso el caudal de varios tributarios, entre los que sobresalen el Sucio y el Toro Amarillo. Henchido, plácido, silencioso y generoso, finalmente vierte sus aguas en el fronterizo río San Juan, en medio del perenne verdor de la exuberante vegetación que caracteriza a esa zona.

 

Visto en una imagen de satélite, poco antes de desvanecerse en el San Juan traza un semicírculo casi perfecto. Del lado opuesto, en territorio de Nicaragua, el contorno de esa otra ribera se parece al perfil de un simio, cuya nariz se ubica exactamente frente a la boca del Sarapiquí.

 

De este punto geográfico hay mucha historia que contar, pero me limitaré a lo poco que conozco, y que acrecentó mi interés desde que lo visitara por vez primera el año pasado.

 

En efecto, para nuestros compatriotas de entonces, aunque se sospechaba que había una conexión del Sarapiquí con el San Juan, por muchos años se ignoró que existía esa confluencia. Tan importante interrogante no fue despejada sino hasta en agosto de 1821, pocas semanas antes de nuestra independencia, por el audaz comerciante Joaquín Mora, hermano de Juan Mora Fernández, nuestro primer Jefe de Estado.

 

A falta de un puerto en el litoral Caribe, y conocida esta confluencia, para aligerar la comunicación y reducir los costos del comercio con Europa, muchos años después se trazaría una ruta de unos 100 kilómetros desde San José, la cual abarcaba un prolongado trecho entre la espesura boscosa, que culminaba en el pequeño embarcadero del río Sarapiquí, conocido como Muelle. Desde ahí era posible navegar por dicho río y el San Juan hasta alcanzar el puerto de Greytown o San Juan del Norte, en unos 80 kilómetros de vía fluvial, según los cálculos de la época, que en realidad corresponden a unos 100 kilómetros.

 

Ahora bien, para quienes venían de San Juan del Norte, ese era un lugar de parada casi obligatoria. En efecto, tras recorrer los primeros 40 kilómetros del San Juan, aguas arriba, los pequeños vapores que continuaban hacia el lago Cocibolca se detenían a abastecerse de leña, gracias el espíritu emprendedor de un alemán llamado Wilhelm Hipp, naturalizado estadounidense, quien había vivido en Chicago y California. Quizás en un viaje de aventura había olfateado que ese era un punto estratégico en términos comerciales, dado el auge naviero inducido por la fiebre del oro en California, de modo que hizo un abra en la montaña ribereña y estableció un rancho.

 

Conocida por ello como Punta Hipp, en la “nariz del simio” tiempo después la bandera estadounidense ondeaba en una rústica asta frente a su rancho, mientras Hipp seguía volteando montaña para acopiar la leña contratada por la Compañía del Tránsito para sus vapores, además de sembrar algunos cultivos para abastecer su mesa; también levantó otros ranchos para hospedar a los viajeros que lo requirieran, a la vez que vendía whisky y algunas viandas a éstos.

 

Cuando en febrero de 1853 pasó por ahí el diplomático Ephraim George Squier, nombrado cuatro años antes por el presidente Zachary Taylor como encargado de asuntos estadounidenses para Centro América, se hospedó y cenó donde Hipp, quien lo atendió a cuerpo de rey en medio de aquella rusticidad. Squier alabaría su industriosidad y gallardía, además de su habilidad culinaria, pues le preparó una deliciosa cena. Cansado de vivir en soledad, y anhelando con quién compartir tan silvestre y bucólica vida, pidió a Squier que llevara una carta a una amiga que vivía en Granada.

 

En el texto en que Squier alude a dicha visita, intitulado “San Juan de Nicaragua” y publicado en 1854 en la revista Harper´s New Monthly Magazine (reproducido por Juan Carlos Vargas en su libro “Tropical travel” hace pocos años), él rememora esa estadía y hace votos porque la damisela granadina de ojos negros hubiese aceptado la propuesta de unirse al solitario Hipp. Es muy posible que ella se negara a hacerlo, pero para fines de 1853 ya la fortuna le había sonreído en abundancia a este solitario y desventurado galán.

 

En efecto, proveniente de Bremen, el 14 de diciembre había arribado a San Juan del Norte el bergantín Antoinette con un centenar de alemanes a bordo, entre quienes figuraban los naturalistas Karl Hoffmann, Alexander von Frantzius y Julián Carmiol. Se sumaban a ellos Francisco Rohrmoser Harder, Matilde von Chamier y sus hijos, más un mayordomo llamado Augusto, a quien además acompañaba su linda sobrina Franziska. Bajo lluvias torrenciales y remando aguas arriba en un río tan crecido, las serias dificultades de navegación de la chalupa en que viajaban los obligó a pagar para que ésta fuera remolcada por un pequeño vapor hasta Punta Hipp.

 

Llegados ahí, bastaron horas, o quizás apenas minutos, para que Franziska se prendara de los encantos del apuesto y simpático Hipp, quien a su vez le correspondió, según lo relatara muchos años después Francisco (Chico) Rohrmoser von Chamier. Tras solicitar la mano de la muchacha, cuatro días después la enamorada y feliz pareja se deslizaba aguas abajo en el cayuco de Hipp, urgidos de un juez de paz estadounidense que los uniera en matrimonio.

 

Ahora bien, en un plano más prosaico, cabe resaltar que cuando Squier visitó a Hipp, éste también había deforestado una porción en la desembocadura del río Sarapiquí, sin precisar si se trataba de la margen izquierda, la derecha o ambas. A su vez, Squier anota que Costa Rica reclamaba la soberanía sobre esa zona y que en una ocasión dos franceses habían obtenido una concesión de nuestro gobierno en ese mismo sitio, pero que Hipp los había moqueteado y espantado hacia San Juan del Norte; debe remarcarse que Squier, fiel a los intereses de su gobierno, sostenía que ambas márgenes del San Juan pertenecían a Nicaragua, lo cual era clave en sus pretensiones de construir un canal interoceánico con capital estadounidense y sin interferencias de Costa Rica.

 

Lo curioso de este testimonio es que para fines de abril de 1853, es decir menos de tres meses después de la estadía de Squier, Hipp no tenía propiedades en la ribera costarricense, según lo revela el siguiente comentario de los viajeros alemanes Moritz Wagner y Karl Scherzer, al arribar a la desembocadura del Sarapiquí: “En ambas orillas del San Juan se encuentran cabañas abiertas con paredes de caña perforadas y techos de hojas secas de palmera. Son ellas posadas para los pasajeros de los vapores. Una de éstas, en la orilla nicaragüense, es propiedad de un alemán; la otra, en la orilla costarricense, pertenece al mismo don Alvarado que nos había alquilado el bote y los marineros en Greytown. Ambos posaderos estaban ausentes y habían cerrado las cantinas y despensas, de modo que no pudimos conseguir nada, ni con dinero”. Y agregaban que “aquí solo se habían hecho pocas abras en el bosque. Bananeros magníficos alzaban sus hojas gigantescas. El vivir aquí tiene, a pesar de lo grandioso de la selva, poco atractivo, y a la carencia absoluta de confort se añade un calor insoportable y el tormento de los mosquitos”.

 

Hasta aquí está claro, entonces, que Hipp moraba en la punta que fue bautizada con su nombre, de manera informal, y que el botero costarricense Alvarado –cuyo nombre no se cita–, tenía sus albergues en nuestro país, en el sector denominado La Trinidad, en honor del general nicaragüense José Trinidad Muñoz. Se cuenta con una imagen de fecha desconocida, que pareciera corresponder a la boca del Sarapiquí, con ranchos en ambas riberas; baso esta suposición en el angosto cauce del río ahí mostrado, que no podría ser el del río San Juan.

 

Debe indicarse que La Trinidad sería fundamental durante la Guerra Patria contra el ejército filibustero liderado por William Walker, en la batalla librada el 22 de diciembre de 1856. Pero antes conviene hacer una aclaración, pues ha habido algunas confusiones que es preciso enmendar.

 

En mi caso personal, como nunca había estado en ese sitio, desde que empecé a familiarizarme con dichos eventos bélicos –a pesar de algunas dudas irresueltas– creí que la batalla había ocurrido en Punta Hipp, es decir, en el actual territorio nicaragüense; eso lo sugería el hecho de que los historiadores consignen solamente dos expulsiones de los invasores, en la hacienda Santa Rosa y en la confluencia de los ríos Sardinal y Sarapiquí, y están en lo correcto, pues La Trinidad era un punto reclamado por ambos países. Sin embargo, al considerar los límites de nuestro territorio actual, en realidad los echamos tres veces de aquí.

 

Ahora bien, cuando hace un año fui invitado por la Municipalidad de Sarapiquí a la conmemoración de la batalla de La Trinidad, eso se me aclaró al instante, pero de inmediato me surgió otra duda. En efecto, el hito histórico colocado como parte del hermoso proyecto Ruta de los Héroes está en la ribera derecha de la boca del río Sarapiquí, indicando que ahí estuvo la guarnición filibustera que fue bravíamente derrotada por un batallón de combatientes entumecidos por varios días de incesantes lluvias, medio enfermos y víctimas de hambres atrasadas, así como provistos de municiones y fusiles tan empapados, que apenas cinco funcionaron.

 

Nomás regresando al Valle Central me di a la tarea de releer algunos materiales pertinentes, así como de consultar con historiadores calificados, como Raúl Aguilar Piedra, exdirector del Museo Histórico Cultural Juan Santamaría. Todo esto me aclaró de sobra el panorama, al analizar la lógica de las acciones bélicas y, especialmente, revisar con cuidado las evidencias contenidas en el diario del sargento Máximo Blanco, astuto y aguerrido líder de las batallas en el río San Juan, que fueron las que determinarían la capitulación de Walker en mayo de 1857. Hay unas diez evidencias incontrovertibles –que sería extenso relatar aquí– de que el combate se libró más bien en la ribera izquierda de la boca del Sarapiquí, una vez que nuestra tropa pudo avanzar desde el estero de Copalchí o Colpachí, en un entreverado tramo de unos dos kilómetros de fango y vegetación espinosa.

 

Felizmente, gracias a la loable iniciativa y gentileza de la Municipalidad de Sarapiquí, el 22 de diciembre pasado estuvimos de nuevo en ese emblemático sitio, tan preñado de historia, con unas 50 personas de la comunidad, y especialmente de educadores, conmemorando el 155 aniversario de la batalla de La Trinidad. Aprovechando nuestra convergencia, reunidos en el hotel la víspera con Raúl y otros dos destacados historiadores, analizamos las fehacientes evidencias de dicha batalla, por lo que en el acto público él propuso una idea que había planteado en privado hace unos años, como lo es la colocación de un hito complementario en la ribera izquierda del río Sarapiquí; su ubicación en la ribera derecha obedeció a que ahí está el caserío de La Trinidad, sumado a un problema de acceso y logística en la otra ribera cuando el hito fue erigido.

 

Y, con funcionarios tan diligentes y comprometidos en rescatar el profundo significado histórico de este sitio, no hay duda de que la Municipalidad sabrá actuar de manera oportuna para honrar a nuestros héroes en el sitio exacto donde se libró tan determinante batalla.


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