La anécdota sobre la veterana de Stalingrado

Tengo la bendición de haber forjado grandes amistades en lo que llevo de vida. Dedicadas a distintas profesiones u oficios y de edades diversas, las personas a quienes llamo mis amigos son para mí, un valiosísimo complemento para transitar por este mundo. En algunos casos, nuestra cercanía es tal, que al visitarles me considero como en mi propia casa, así sea, por ejemplo, en Naranjo o en Santa María de Dota, en Barrio Maynard o en San Antonio de Escazú.

 

 

Y una característica que tienen mis amistades más cercanas es que me han permitido interactuar con otros de sus amigos. En esta ocasión, quiero compartir cómo, en Casa Baraguá, tuve la dicha de conocer y entablar amistad con una de las personas que más he admirado y respetado durante los últimos veinte años: don Rodolfo Cerdas Cruz.

 

 

Aunque le había saludado en un par de ocasiones previas, no fue sino con ocasión del éxito del libro El lado oculto del Presidente Mora, escrito por mi gran amigo don Armando Vargas Araya, que tuve realmente la oportunidad de conocer a don Rodolfo. Fue en la residencia del autor del mencionado bestseller, en un convivio organizado por él y su amada esposa e inseparable compañera, Marta Guzmán, que finalmente pude conversar un buen rato con la persona que tanto me enriquecía intelectualmente domingo a domingo mediante su columna “Ojo Crítico” —que publicaba en el diario La Nación— y de quien había leído antes Formación del Estado en Costa Rica y La hoz y el machete.

 

 

Coincidimos luego en otras actividades. Recuerdo bien un almuerzo en casa de la familia Vargas Guzmán, creo que en festejo de la incorporación del anfitrión a la Academia Costarricense de la Lengua, y también una cena, me parece que celebrando el cumpleaños de nuestro amigo en común.

 

 

Lo importante, para mí, de todos esos encuentros con don Rodolfo, fue la alegría de escuchar los argumentos con los que fundamentaba su visión del país y del mundo, la cual solo vi superada por la emoción de conocer las anécdotas que relataba, siempre bien complementadas por el certero comentario de su agradabilísima esposa, doña Marjorie Ross. Libros, viajes, historia patria, análisis político, siempre surgieron como temas de conversación con don Rodolfo.

 

 

Con él se dialogaba. Atento escuchaba lo que su interlocutor le decía, preguntaba, aclaraba conceptos, asentía, disentía, explicaba, profundizaba en el tema, lo relacionaba con otros, siempre con respeto, pero llamando las cosas por su nombre, sin palabras de más, así recuerdo esos momentos de cercanía con quien, en mi criterio, es uno de los costarricenses más ilustres —por su propia cabeza, sin dogmas y sin patronos— de la segunda mitad del siglo XX y de principios del siglo XXI.

 

 

Pero hay un encuentro con don Rodolfo que, para mí, resulta el más emotivo de todos y es el que atesoro como el más preciado: el último. Fue a principios de este año, cuando mis muy queridos Armando y Marta me invitaron a almorzar en compañía de mi prometida, junto a don Rodolfo y doña Marjorie y dos apreciados amigos más.

 

 

¡Fue una experiencia hermosísima! Luego de presentarles a la mujer con quien deseo compartir mi vida, Laura Álvarez, y de disfrutar una comida exquisita, el grupo se prestó a una de las conversaciones más amenas en las que he participado.

 

 

Por supuesto, la incorporación de Laura a este círculo fue el primer tema, pasando luego a una especie de actualización que cada quien ofreció a los demás sobre su quehacer. Pero de pronto, como hipnotizados por lo cautivante de su exposición, estábamos todos acompañando al niño Cerdas Cruz con su madre en misa o visitando a monseñor Sanabria procurando protección para su padre; también vivimos el debate del joven Cerdas Cruz con un recordado rector de la Universidad de Costa Rica y le acompañamos, a la vez que maduraba, por La Sorbona, Oxford y Cambridge, por la Asamblea Legislativa, hasta llegar a la Costa Rica de hoy. Poco a poco se fueron desplegando ante nosotros las memorias de nuestro expositor.

 

 

A lo largo del relato, que transcurrió fluidamente mientras la noche alcanzó a la tarde, conocí al más íntimo Rodolfo Cerdas Cruz que tuve la oportunidad de escuchar. Enorme cantidad de anécdotas y reflexiones muy personales, que variaron desde la llegada de algún animalito lastimado a su casa hasta apreciaciones sobre el crimen de El Codo del Diablo, todas desfilaron frente a los encantados ojos de doña Marjorie, quien con mirada atenta siguió cada una de sus palabras, delatando un profundo amor y evidenciando una indescriptible alegría por el excelente ánimo de quien nos abría a todos los presentes el libro de su vida. No puedo ocultar que sentí algo de envidia… pero de la buena, pues esa mirada de doña Marjorie es la que deseo dar a y recibir de mi pareja.

 

 

Y aunque recuerdo muy bien esa conversación, hay una anécdota que destaco de entre todas las que nos contó. Mientras nos narraba con humor algunas experiencias que vivió en la Unión Soviética al lado de un compañero costarricense, se detuvo, miró fijamente a Laura y le dijo que se le parecía muchísimo a una profesora que tuvo allá, a la cual recordaba por ser veterana de Stalingrado y porque gracias a sus relatos pudo enterarse con detalle de la vida durante aquella batalla y comprender el significado que tuvo para el pueblo soviético.

 

 

Esa fue la última vez que estuve con don Rodolfo.

 

 

Pese a que estaba pendiente, esencialmente por vía de la familia Vargas Guzmán, de la salud de ese ilustre ciudadano, no pude evitar ser embargado por una enorme tristeza al enterarme de su fallecimiento el pasado 16 de septiembre. La noticia me alcanzó cerca de las cinco y media de la tarde, cuando junto a Laura y mis hijas comentábamos la bella aventura que estábamos viviendo en Dominical gracias al avistamiento de ballenas. Al avisarle sobre lo ocurrido, Laura resumió muy bien el acontecimiento, cuando me dijo: “¡Se acaba de ir un sabio!”.

 

 

Hoy, aunque físicamente ya no nos acompaña, don Rodolfo Cerdas Cruz sigue siendo una presencia actual en mi vida, no solo porque su voz, su risa y su humor, características de su enorme calidad humana, siguen resonando en mi cabeza; ni tampoco porque me parece revivir nuestras conversaciones al leer su libro Costa Rica en la encrucijada.

 

 

Más que por lo anterior, la actualidad de este extraordinario ser humano la evidencio cuando junto a mi prometida recuerdo el contexto en que nos narró la anécdota sobre la veterana de Stalingrado.