Hijo de la Guerra Fría

Costa Rica sufrió su última guerra civil a inicios de 1948. Tres años antes, el mundo había puesto fin a los horrores de un conflicto sin precedentes, saldado con millones de muertos y el uso —por primera vez en la historia— de la energía atómica desatada. Entre las víctimas de esa hecatombe también estuvo el pacto precariamente articulado entre las potencias occidentales y la Unión Soviética de Stalin.

 

En efecto, apenas un año después de la capitulación del Eje, se materializó el “espíritu oculto” de Yalta, aquel que establecía esferas de influencia para los países beligerantes y cuya expresión más concreta fue una “Cortina de Hierro” que, según Winston Churchill, había descendido sobre Europa “desde Stettin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático”.

 

Si bien ese choque geopolítico no era nuevo, su manifestación tras la crisis griega de 1947 adquirió proporciones mucho más duraderas y perversas. Entre otras, inhibió el desarrollo democrático en amplias zonas del mundo, postergó la descolonización en Asia, África y el Oriente Medio, y prolongó por más de cuatro décadas la promesa del desarrollo por la que tantos pueblos empeñaron su destino en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial.

 

En América Latina, la “Guerra Fría” —como se llamó a partir de entonces aquel sórdido conflicto— tuvo como expresiones la firma del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) así como la entronización posterior de las doctrinas de “Contención al Comunismo” y de “Seguridad Nacional” que tanto dolor y muerte traerían al continente. Sobre todo, la Guerra Fría colocó a la región y en especial a la cuenca del Caribe bajo la hegemonía incontrastada e incontrastable de los Estados Unidos.

 

Estado de bienestar. Las insólitas alianzas entre comunistas y capitalistas para enfrentar al nazi-fascismo y al militarismo japonés facilitaron en Centroamérica la construcción de convergencias peculiares. La primera de ellas fue la integración en un solo bloque de poder del Partido Comunista, la Iglesia Católica y a un importante sector de la élite de Costa Rica. Estas tres fuerzas se avinieron con el fin de aplicar una amplia reforma social (1942).

 

La segunda convergencia puso fin a la dictadura de Jorge Ubico en Guatemala para dar paso a la “Revolución de Octubre” en 1944. Con ella se inauguró un decenio de notables realizaciones progresistas bajo las presidencias de Juan José Arévalo y Jacobo Arbenz.

 

En ese contexto, el levantamiento militar encabezado por José Figueres Ferrer tras el fraude cometido en las elecciones de 1948, y particularmente su denuncia de la alianza “caldero-comunista”, pareció preludiar el advenimiento de la Guerra Fría a la región.

 

Sin embargo, una vez victorioso en el campo de batalla, don Pepe dejó atónitos a muchos de sus renuentes propiciadores ya que preservó la reforma social y la profundizó mediante la construcción del “Estado de Bienestar”, un modelo de claros perfiles keynesianos que se convertiría en la columna vertebral del sistema político costarricense por más de medio siglo.

 

Figueres no se detuvo allí: abolió las fuerzas armadas como institución permanente; nacionalizó los depósitos bancarios; impuso un tributo del 10% al capital, y también avizoró la necesidad de articular a una gran masa social que empezaba a despuntar (la llamada “clase media”) en un movimiento político-electoral capaz de darle continuidad y potencia a la que a partir de entonces se denominaría “Segunda República”.

 

Todo ello pudo costarle el poder si Figueres no hubiera tenido una gran habilidad de jugar a dos bazas, mostrándose enteramente aliado de la causa anticomunista —por tanto, de los Estados Unidos— al tiempo que mantenía el curso de una reforma política y social correctamente denominada “mesocrática” por Jorge Rovira Mas.

 

Dictaduras vecinas. Figueres gobernó “de facto” durante 18 meses, en los que ilegalizó al Partido Vanguardia Popular, exilió a sus principales dirigentes y reprimió sin miramientos las estructuras comunistas locales. Luego, con poco entusiasmo, devolvió el gobierno a Otilio Ulate Blanco, ganador de los comicios en 1948.

 

Ulate gobernó de 1949 hasta 1953, año en el que don Pepe regresó al mando ejecutivo, esta vez como presidente constitucional. Lo hizo de la mano de un nuevo partido político fundado el 12 de octubre de 1951 en la finca La Paz, de San Ramón, al que llamó Liberación Nacional (PLN) en conmemoración del ejército triunfante en 1948.

 

Ese partido se convertiría en un sólido baluarte del anticomunismo en Costa Rica, y por esta razón prevaleció pese a su reformismo programático y su presunta filiación “socialdemócrata”.

 

El nacimiento y el temprano desarrollo del PLN es notable por el contexto geopolítico en el que ambos procesos ocurrieron. La Centroamérica de los primeros años de la década de 1950 sufrió gran inestabilidad política y estuvo dominada por dictaduras militares.

 

En Nicaragua gobernaba Anastasio Somoza García, enemigo mortal de Figueres. Somoza será asesinado en 1956. En Panamá mandaba el general José Antonio Remón, a quien también asesinaron, en 1955. Remón construía la plataforma institucional que dará un papel protagónico a la Guardia Nacional en la política del país.

 

También fueron los años en los que la United Fruit Company, aupada por los hermanos Dulles, conspiraba de manera permanente para derrocar al gobierno reformista (“filocomunista” lo denominaban sus enemigos) de Arbenz, y lo logró en 1954 con la complicidad de la CIA.

 

Mientras tanto, en El Salvador gobernaban el mayor Óscar Osorio y su partido “revolucionario”, el PRUD. En Honduras, un civil, Juan Manuel Gálvez (derrocado en 1954), intentaba restituir la normalidad democrática tras la prolongada y brutal dictadura de Tiburcio Carías Andino (1933-1949).

 

Otras banderas. Semejante contexto es revelador, pero vuelve todavía más curioso el éxito electoral del PLN y su supervivencia como eje de un proyecto nacional que continuó siendo reformista por varias décadas. Al parecer, ello fue posible por la conjunción de al menos dos factores concomitantes.

 

El primero fue la naturaleza marcadamente anticomunista y pro estadounidense del PLN, sus principales líderes, su ideario y su práctica política.

 

Ese carácter se afirmó desde la guerra civil misma, aun antes de que el partido existiese como tal. Ello explicaría, por ejemplo, la decisión de abandonar a la “Legión Caribe”, cuyo objeto era derrocar por la fuerza de las armas a las dictaduras del área, todas ellas, pro estadounidenses.

 

Sin embargo el proyecto adquirió mayoría de edad en el decenio de 1960, cuando Costa Rica se alineó contra la Revolución Cubana, envió policías que participaron en la intervención en la República Dominicana (1964), y construyó un modelo de desarrollo estatista pero sólidamente enraizado en un sistema de mercado.

 

El segundo factor fue la capacidad del PLN de convocar, promover y articular a un amplio conglomerado social de “ingresos medios”, cultural e ideológicamente conservador, tanto urbano como rural, al que dotó de oportunidades crecientes de acceso a la educación pública, a la seguridad social, al empleo productivo y a beneficios clientelares provistos por el Estado.

 

Ese grupo se convertiría en el principal factor estabilizador del régimen político costarricense y en un invaluable aliado en la lucha contra el comunismo local, que fue proscrito y perseguido primero, despojado de muchas de sus principales banderas, causas e instrumentos (incluido el sindical) y reducido a niveles electorales mínimos durante muchos años.

 

Seis décadas han pasado desde la creación del PLN, y hoy es posible entender por qué los Estados Unidos no sólo no obstaculizaron su desarrollo, sino que, además de alentarlo, lo convirtieron —quizá incluso a pesar de sus propias visiones bipolares— en el más exitoso de cuantos proyectos regionales promovieron con el fin de contrarrestar el ejemplo de la Revolución Cubana en América Latina.

 

Así nació el PLN: un partido que, curiosamente, sesenta años después y con otros líderes, empieza a lucir cada vez más cercano a los enclaves de conservadurismo regional y local que en alguna ocasión adversó.

 

(Revista Áncora, La Nación)


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