Noticias de ninguna parte

No sólo los niños construyen castillos de arena sino muchos, ya de mayores y con barba, lo hacen. También hay otras que sin barba y con enaguas, se atreven. En el primer caso el mar se encarga de despedazar la ilusión; una fortaleza que todos salvo el pequeño saben que es efímera. En el segundo caso es la arrolladora experiencia de la vida, que no perdona, la que se encarga de poner las cosas en su lugar.

La idea del padre es que el hijo sepa que vale el empeño porque pronto, conforme suba la marea, lo único que quedará del castillo de arena es la huella lodosa que indica que ahí, en ese lugar, hubo algo. Una lección sencilla que muestra lo volátil y pasajero de la condición humana, frente a la potencia milenaria del mar, metáfora de la vida.

Eso se supone que deberían entenderlo, además de los niños, los políticos. Se supone, pero no es así. Construida sobre la especulación, alcaldes, regidores y ministros venden todos los días una obra de gobierno tan elusiva y ficticia que hay que emplearse a fondo con la imaginación para saber en qué lugar existe. Algo así como *Erewhon* (1872) la feliz sátira con que el escritor británico Samuel Butler llamó a la ciudad de ninguna parte. Pero no sólo se debe de tener una cuota enorme de imaginación sino también de muchísima fe: donde hay un río debo imaginarme un puente; si me enfermo debo imaginar que me curan y si me asaltan debo imaginar que la policía me protege. La recomendación para que oigan lo que piensan los ciudadanos y tomen en cuenta sus expectativas, les suena a insulto, una horrible muestra de debilidad política.

Hay que prestarle oídos al pueblo, no dárselos, dijo un Ministro de algo en una comilona en Heredia. Ellos, en su absoluta ceguera, son los únicos que ven.

Cuando se les dice que hay un vacío en la conducción de la res publicae, arañan, patean y después muerden. Cuando se les dice que Costa Rica padece una catástrofe vial se enojan al punto del paroxismo. Cuando se constata, por ejemplo, que las acequias y quebradas de las ciudades del área metropolitana son vertederos y verdaderas cloacas –baste mirar cualquiera– y uno lo ve y lo dice, es uno el que miente, uno el que yerra, uno el que fantasea. El político llega y se lanza a proteger su castillo de arena levantado sobre la nada, con el asesoramiento de un círculo de poder que descalifica a los demás –situados fuera del círculo, por supuesto– por mentirosos y atrabiliarios.

Cuando se constata que las calles de cualquier ciudad de Costa Rica son inseguras porque asaltan y matan, uno es el pillo por falsear la realidad de la ciudad perfecta, por donde se supone que caminamos todos los días. Ahora les da por mostrar estudios de revistas extranjeras que afirman que el tico vive en las mejores ciudades de América latina. Mapas imaginarios, cifras lúdicas, ciudades virtuales. ¡La imaginación del poder!

La fantasía del poder es capaz elaborar enormes castillos de arena que todos debemos acreditar a pesar de que no existan en la realidad. La razón por la que intentan convencernos de la veracidad de su obra sería risible, si no fuera porque roza el delirio y pone en riesgo eso que todos hablan y nadie parece tomar en serio: la vida de los ciudadanos.


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