Justicia poética

Hace algunos años fueron encontrados en una pequeña biblioteca de Illinois, las crónicas del escritor y periodista norteamericano Charles Booth, que relataban sus extensos viajes por el sur de África, donde estuvo más de dos años viviendo con los descendientes del famoso guerrero Shaka Zulu, o sus travesías por las escarpadas estepas rusas para llegar hasta el corazón de una tribu que vivía aislada del resto del mundo desde hacía 350 años. Charles Booth unas veces firmaba al pie de sus artículos como J. P. Trovera, o cambiaba de nombre dependiendo de sus estados de ánimo. Se dice que compartió las primeras experiencias periodísticas con Hemingway durante la adolescencia, al crear un periódico dedicado a fabular aventuras por el mundo, donde unas veces hacían de soldados, de piratas o de mercenarios. En uno de sus viajes por América del Sur, dio con un pequeño pueblo donde cada día se descolgaba un puente de sus amarrabas para caer al vacío con la carga de mulas, de hombres y de provisiones. En el transcurso de un año se habían desplomado casi todos los puentes del pueblo, con una cantidad de víctimas enorme, diezmando a su población cada vez más poblada de ancianos.

Algunos de sus habitantes idearon un pequeño negocio de apuestas donde salía ganador quien acertara a pronosticar el día y la hora del colapso del puente. A Charles Booth ésta inclinación al principio le pareció algo perversa, según cuenta en sus crónicas aun no traducidas, pero después la comprendió porque aquella aldea pobre y abandonada de la mano de Dios, hizo de su desgracia una actividad lucrativa para ganarse la vida. Como buen norteamericano amante del espíritu capitalista, dejó que el lector entreviera en los escritos su participación en algunas de esas apuestas.

Pero las cosas cambiaron de un momento a otro y de manera espontánea, el periodista norteamericano pudo ser testigo del levantamiento de hombres, mujeres y niños, llenos de furia e indignación contra el Alcalde de la aldea, un tipo verboso y demagógico que había prometido en reiteradas ocasiones que resolvería, “no les quepa la duda y en dos meses” el desplome de los puentes. El embustero y atrabiliario Alcalde logró escapar de su linchamiento público en el último minuto, desnudo y con el dinero de los “puentes”, pero su fuga resultó fallida puesto que lo atraparon en la frontera con Bolivia. El castigo acordado por la Asamblea de la aldea no fue lincharlo ni darle una paliza, que bien se la tenía merecida, sino otro, quizás más acorde con la pena que suponía la incapacidad como funcionario. El pueblo en pleno –lo que quedaba de él– decidió que el funcionario cruzara el puente más viejo de la aldea, sólo, con una carga de 40 bestias y doce carretas llenas de piedras, a las 5 de la tarde, hora durante la cual los habitantes retornaban de sus faenas en el campo, y debían cruzar el puente muertos de miedo y zozobra.

Y sucedió lo que tenía que suceder: el puente no aguantó la carga y se desplomó en el farallón con todo lo que había encima. La comunidad observó el espectáculo en silencio y todos volvieron a sus casas tranquilos, con la esperanza de que las cosas fueran diferentes a partir de ese momento.

En realidad todo cambió para mejorar. Charles Booth o J.P. Trovera narró en sus escritos –algo turbado al principio– la forma tribal y arcaica con que el pueblo resolvió su conflicto, pero le llamó la atención el profundo sentido de veracidad y de justicia en la pena aplicada al Alcalde corrupto, porque reavivaba en él las mismas emociones que sentían las aldeanos cuando cruzaban el puente. *Justicia poética* le llamó a ésta crónica el periodista Booth, recurso literario donde el comportamiento deshonroso de los malos recibe su castigo y triunfan para bien de todos, el honor y la virtud.

El Colegio Federado de Ingenieros y Arquitectos denunció la semana pasada que el encargado de Obras Públicas y Transportes (otrora MOPT) ha ocultado a la ciudadanía el verdadero estado del puente sobre el Virilla ubicado en la Autopista General Cañas. Cruzarlo pone en riesgo la vida de los ciudadanos, de acuerdo con el órgano colegiado. El Ministro de la platina lo sabe pero no lo reconoce públicamente. Cada vez que le preguntan sobre el tema, sale con una jerigonza incontenible similar a la de un narrador deportivo.

Si sigue así los ciudadanos indignados lo pondrán sobre el mencionado puente, con 200 bestias (no digo de qué tipo) 30 camiones cargados de piedras, 100 carretas llenas de arena, a las 5:30 p.m. durante una tarde de lluvia y se sentarán a esperar con parsimonia y sosiego, si el puente resiste o no.

*Justicia poética* titularía su crónica el escritor Charles Booth o J.P. Traverso, si el puente se desploma.


1 comentario

  1. Norma Zeledón Pérez

    Excelente, lo único lamentable es pensar que en el caso del Virilla será difícil la justicia

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