Fenómenos naturales y desastres

La tierra que habitamos es un astro dinámico y vigoroso que se transforma de manera permanente. En sus entrañas se agita el magma que busca escapar en erupciones volcánicas. Las placas tectónicas se desplazan constantemente provocando sismos y modificando el relieve de los continentes y del suelo marino. Los vientos generados por las diferencias en la presión atmosférica crean agradables brisas pero también furiosos huracanes. Y las lluvias son fuente de vida pero su escasez provoca sequías y su abundancia causa inundaciones.

Así es Gaia, la Tierra, plácida como un atardecer de verano o una noche festonada de estrellas, pero igualmente violenta y devastadora como la que hemos visto manifestarse en nuestro país en estos últimos días, llevando dolor y pena a muchos hogares y causando enormes pérdidas materiales.

Los fenómenos naturales, que son evidencia de la vitalidad de la tierra, se convierten en desastres cuando afectan a los seres humanos; cuando la muerte y la destrucción se hace presente a la orilla de un río, en la ladera de una montaña, o en el centro de una ciudad.

Prevención, atención de la emergencia, mitigación y reconstrucción son etapas asociadas a los desastres. La primera es la que demanda mayor planificación, la más exigente en cuanto al aporte científico, la educación y la formulación y aplicación de normas y regulaciones tendientes a reducir el riesgo, pero al mismo tiempo es la menos comprendida en lo que respecta a la asignación de presupuesto.

La atención de las emergencias y mitigación exige no solo una organización eficiente capaz de ayudar a los damnificados de manera inmediata, garantizando su seguridad física y la de sus bienes, sino también de la solidaridad del resto de la población y de la asistencia técnica y cooperación internacional, que en muchos casos resulta vital por los avances tecnológicos que hacen posible el rescate de los sobrevivientes.

La etapa de reconstrucción es la más costosa y lenta. Conlleva rehabilitar la infraestructura pública asolada, reponer viviendas, centros de educación y de salud, restaurar industrias y comercios y recuperar las tierras agrícolas y ganaderas para que la actividad económica y social vuelva a la normalidad.

En los últimos años en Costa Rica se han hecho esfuerzos importantes en relación con la atención de los desastres naturales: la Comisión Nacional de Prevención de Riesgos y Atención de Emergencias (CNE) se ha ido profesionalizando, se elaboró un Plan Nacional para la Gestión del Riesgo 2010-2015, y existe un Sistema de Alerta Temprana y una red conformada por diversas instituciones oficiales y los Comités Locales de Emergencia, coordinados con el Centro Nacional de Operaciones (COE). Sin embargo, pareciera que todo esto, que es necesario, resulta insuficiente. Se siguen violando normas básicas y estándares de seguridad en materia urbanística y habitacional y se siguen poblando zonas de alto riesgo. Mayor energía de las autoridades resulta imperativa.

De igual manera es indispensable crear mecanismos financieros e institucionales que permitan atender con mayor diligencia la etapa reconstructiva, tanto en lo público como en lo privado. En los últimos años hemos sufrido desastres para los cuales la rehabilitación sigue siendo una promesa. Ojalá los nefastos sucesos de esta última semana dejen algo positivo y sirvan para encontrar fórmulas que fortalezcan la capacidad para la atención de las emergencias causadas por los fenómenos naturales.


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