¡Gracias, don Alfonso!

Lo conocí en 1992. Cursaba yo Derecho Penal General en la Universidad de Costa Rica. Mi entonces profesor y hoy gran amigo, don Mario Houed, nos encomendó a Mateo Ivankovich y a mí, una investigación sobre la extradición de nacionales. Guiados por otro compañero, Mateo y yo lo fuimos a visitar un sábado para pedirle ayuda. No recuerdo qué hacía, pero estaba ocupado con uno de sus hijos y aún así, nos recibió amablemente y nos dedicó bastante tiempo. Ese fue el primer contacto que tuve con don Alfonso Chaves.

En 1993 ingresé a la Sala Tercera de la Corte Suprema de Justicia, en calidad de meritorio de don Mario, quien aparte de docente universitario, era uno de sus integrantes, junto a don Daniel González, don Jesús Ramírez, don Rodrigo Castro y don Alfonso. Ese año, Costa Rica fue conmocionada cuando un grupo armado irrumpió en una sesión de Corte Plena y secuestró a todos los Magistrados y las Magistradas allí presentes. Se vivieron días de muchísima tensión y se temía un desenlace como el sufrido por la Corte colombiana en 1985. En medio de la crisis, los secuestradores permitieron que don Alfonso y don Eduardo Sancho salieran del recinto donde eran retenidos, para negociar. Y ambos Magistrados cumplieron su tarea y regresaron para permanecer cautivos con sus compañeros y compañeras. ¡Qué ejemplo de lealtad! Este gesto -cuyas imágenes eran transmitidas en vivo al país entero- quedó grabado en mi memoria.

Tras varios años desempeñándome en la Defensoría de los Habitantes, en 1999 volví a la Sala Tercera, esta vez como Secretario. Fue en ese momento cuando comencé realmente a conocer a don Alfonso y ahora, con ocasión de su pronta jubilación, quiero expresar por qué me merece tanto respeto y cariño.

En diversas ocasiones he manifestado que él es uno de los mejores jueces que he conocido. Hoy lo reitero. Don Alfonso desarrolló la destreza de saber ubicar con claridad y precisión el punto discutido, lo relevante, lo cual le permitió emitir pronunciamiento concreto sobre el problema planteado, sin divagar en temas intrascendentes. Además, dominó siempre el expediente, de manera que conoció realmente sus casos. También fue muy claro al exponer. No se complicó con estériles debates teóricos o citas innecesarias, se centró en el asunto concreto, partiendo de la Constitución y la ley. O sea, como diríamos en Desamparados, no se anduvo con mucho mate para resolver. Se preocupó siempre por contrastar lo que se decidía en el asunto específico, con los precedentes de la Sala, así como de advertir las consecuencias de ese fallo en futuros casos. Resolvió con conocimiento y convencimiento. ¡Ese es un juez!

Pese a dedicarse a lo penal por muchos años, don Alfonso conoció otras materias. En varias ocasiones lo verifiqué. Al discutir algún asunto, con propiedad pudo indicarme que revisara, por ejemplo, el Código Civil o el Código de Comercio. Y nunca tuvo reparo alguno en consultar aquello que escapaba a su conocimiento, haciendo entonces propia esa información que se le suministraba, la cual luego utilizaba con soltura en otros asuntos, como bien pude presenciar cuando participaba de las votaciones. Esta característica suya la comentamos muchas veces quienes fuimos sus alumnos en el taller de jurisprudencia que dirigía en la Especialidad en Administración de Justicia Penal de la Universidad Nacional, convenciéndonos todos del valioso aporte que hizo él a nuestra formación profesional. ¡Ese es un jurista!

Durante mi permanencia en la Sala, en varias oportunidades observé a don Alfonso llevando, él mismo, sobre una silla giratoria, los expedientes que debían circular de su oficina hacia las demás. Si una secretaria suya de varios años tenía que salir, él nunca tuvo problema para atender personalmente los teléfonos e incluso de tomar los mensajes para ella. De igual manera, era común que él, en lugar de llamarnos a su oficina, visitara, expediente en mano, las oficinas de Letrados y Letradas, para conversar sobre los asuntos que revisaba. Generalmente trabajaba con la puerta abierta y dedicaba tiempo a atender nuestras consultas y a debatir con nosotros. Así, muchas veces nos convenció, otras ocasiones lo convencimos, hubo momentos en que encontramos juntos otras salidas, pero nunca intentó vencernos; nos trató siempre como profesionales iguales que él. Es decir, supo en todo momento ejercer autoridad basada en el respeto y no en su cargo. ¡Ese es un compañero!

Abierto a hablar sobre su querido Barrio Luján. Dispuesto a compartir sus memorias del Liceo de Costa Rica. Atento para reír con los más variados temas, como lo muestra su relato de la hermosa mata de su oficina que fue mutilada en lugar de podada. Poseedor de una poderosa voz, hacía resonar las oficinas con expresiones muy propias, como sus característicos “Nanay” o “¿Alguien sabe dónde está Teresa?” Perseverante manudo, no dejó su silla en la gradería del Estadio Alejandro Morera Soto ni abandonó a la Liga Deportiva Alajuelense, equipo de sus amores, por encima del F.C. Barcelona. Llano en su proceder, con total naturalidad estuvo acomodando sillas junto a don Román Solís, el día que el salón multiuso de la Corte Suprema de Justicia vivió un llenazo durante la presentación del libro *El lado oculto del Presidente Mora*, de don Armando Vargas. A propósito de este acontecimiento, recuerdo la sencillez con que me preguntó dónde conseguía otro ejemplar de la obra, pues lo había llamado la profesora de español que tuvo en el Liceo de Costa Rica para encargarle uno y, ¡vaya sorpresa!, resultó ser la misma profesora que tuve yo en el Colegio San Judas Tadeo: doña Julia Conejo. ¡Ese es un gran ser humano!

Don Alfonso supo siempre expresar amistad y de la manera que corresponde, con asertividad y sinceridad. Esto lo pude apreciar en su relación con los demás Magistrados -incluidos los Suplentes, como fue el caso de don Joaquín Vargas Gené- y también con sus equipos de trabajo. ¡Por algo Jorge, Jaime, Ana Eugenia, Marielos, Tere, Vivi, Héctor, Pepillo, Oscar y tantas personas más, lo quieren tanto! Por mi parte, yo también tengo momentos particulares en que su amistad fue un apoyo invaluable. Recuerdo un momento de mucha tensión que viví a finales de 1999, en que andaba yo como abejón de mayo; por un resbalón estuve a punto de quebrar las puertas del salón de Corte Plena y también me resbalé entrando a la oficina de don Alfonso, justo cuando él iba saliendo. ¡Por dicha conserva su agilidad de futbolista y me esquivó! Entonces sacó el rato para atenderme y ver qué pasaba. Igualmente, supo escuchar y respetar lo que yo quería decir sobre mi crisis matrimonial y posterior divorcio, siendo, junto a don José Manuel Arroyo y doña Magda Pereira, uno de los muchos puntos de apoyo en este período de transformación. ¡Ese es un amigo!

Hoy, 18 de diciembre de 2009, es el último día laboral de don Alfonso Chaves como Magistrado de la Corte Suprema de Justicia. Deja el Poder Judicial; deja la judicatura. Se va un gran juez, un gran jurista, un gran compañero. Permanece un gran ser humano, un gran amigo. ¡Ahora lo recupera su familia a tiempo completo! ¡Enhorabuena por sus hijos e hijas, por sus nietos y por su siempre elegante, amable y bella esposa, doña María Esther! Me duele la jubilación de don Alfonso por lo que pierde el país. Pero al mismo tiempo me alegra profundamente este hecho, por lo que gana esa familia y por lo que estoy seguro él mismo anhela, como lo es dedicarse por entero a compartir con el gran amor de su vida, doña María Esther. Estoy convencido que algún día, el pueblo costarricense podrá decir conmigo: ¡gracias, don Alfonso!


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