El vino sólo está pendiente, don Rodrigo

Nos vimos por última vez en agosto pasado, durante la presentación de dos libros de mi apreciado amigo Gerardo Trejos. De pie, alrededor de una mesa, copa de vino en mano, compartimos una larga y alegrísima conversación, la cual versó esencialmente sobre sus amistades en Turrialba. De memoria impecable, con sonrisa sincera, sencillo, con sólidas convicciones, de trato amable, abierto a las demás personas, enamorado de Costa Rica y de doña Estrella, así vi entonces al ex Presidente Rodrigo Carazo Odio. No imaginaba que sería la última ocasión en que estaría al lado del gran patriota.

Mi paso por esta Tierra está marcado, desde muy temprana edad, por la política nacional. Crecí en una familia en que el verde y el blanco de Liberación Nacional fueron como otro miembro más, pues durante mi infancia y adolescencia, mi papá fue militante activísimo de esa agrupación … eran los días en que la socialdemocracia se consideraba algo valioso y los liberacionistas se sentían orgullosos de profesarla. En ese contexto, recuerdo perfectamente una visita del entonces candidato don Luis Alberto Monge a casa (en mi cabeza retengo hasta la pijama que tenía puesta cuando llegó el distinguido visitante), durante la campaña que finalmente perdió ante don Rodrigo, quien a la luz de ese hecho entró a mi vida.

Durante la administración Carazo (1978 a 1982 … mejor facilito los datos, pues en mi quehacer universitario, he percibido que entre los jóvenes cada día se presentan más casos de aprendizaje de corto plazo, que caduca al concluir las pruebas de bachillerato), el país vivió una terrible crisis, que no era costarricense, sino mundial (¿acaso hay gobernantes de ese período exentos de crítica ácida?). El período fue durísimo, pero no porque don Rodrigo haya enfrentado al Fondo Monetario Internacional, sino por la realidad económica planetaria que estalló a finales de los años setenta. Así, el aplastante apoyo con que la Coalición Unidad llegó al poder, fue diluyéndose, hasta quedar muy debilitado el Presidente.

En 1982, el electorado decidió dar la oportunidad al nuevo amanecer prometido por don Luis Alberto Monge, administración que caló mucho en mí, por la participación que en ella tuvo mi papá desde la Asamblea Legislativa … algo que mis compañeros de escuela y colegio aún mantienen muy vivo. Por supuesto, todo lo difícil de aquellos años (explotado incluso en la campaña de 1986) tenía, en el imaginario popular, un solo responsable: Carazo.

Pues bien, así crecí yo. En los ochenta, mi casa era un hervidero político (local, sí, en Desamparados, pero hervidero al fin). Era frecuente el trato con don Luis Alberto o sus ministros (con uno de ellos íbamos frecuentemente al Estadio Morera Soto); se recibió allí al ex Presidente don Daniel Oduber (por cierto, en una cena con él conocí yo la paella y el vino); y hasta tratamos a Don Pepe (hay una lindísima foto con él, en la que aparece una margarita en su cabeza … durante una plaza pública a finales de 1985 o los primeros días de 1986). Pero pese a todo ello, en casa no había fanatismo, en el sentido de que papá criticaba lo que no le parecía de su partido y reconocía lo positivo de los entonces rivales. Así, recuerdo muy bien cómo alababa actuaciones de don Rafael Ángel Chinchilla o don Elías Soley, que implicaban “levantarle los chingos” a los gobiernos de ese tiempo.

Igualmente, en casa se respiraba respeto por don Manuel Mora, don Rodrigo Gutiérrez, don Eduardo Mora, para mencionar algunos (tanto así, que don Arnoldo Ferreto le entregó a papá uno de sus pases para recibir al Papa Juan Pablo II, de modo que con ese nombre en mi prendedor, estuve de primero en el espacio de los Diputados, recibiendo el saludo papal). Incluso se respetaba a los más poderosos contendores de aquel entonces, dirigentes todos de la Unidad Social Cristiana, empezando por don Rafael Ángel Calderón.

¿Y qué tiene que ver todo esto con don Rodrigo? Pues bien, he relatado parte de mi ambiente doméstico, para destacar que pese a la afinidad que, por papá, se vivía con los socialdemócratas que entonces había en una agrupación política, siempre hubo espacio para reconocer los méritos de otros. De allí que no sea de extrañar que haya escuchado a papá decir que “en medio de todo, Carazo hizo muchas cosas buenas”. Es esta expresión la que me abriría los ojos a la grandeza del ex Presidente.

Fue en los noventa, en la Facultad de Derecho, cuando tuve mi primer contacto directo con los Carazo, pues era compañero de un nieto y una nieta de don Rodrigo, Esteban y María Pía. Además, don Mario era profesor de Derecho Privado. Conocí luego a don Álvaro y a sus hijas, Eugenia y Julieta. De esa forma, poco a poco fui acercándome a la familia Carazo Zeledón y fui interesándome por conocerla. Es entonces cuando llegó a mis oídos, por referencia de alguien que es hoy alto negociador comercial de Costa Rica, la noticia del libro *Tiempo y marcha*, de don Rodrigo. Lo leí y me apasionó, convenciéndome yo mismo que papá tenía razón.

Pero mi acercamiento con los Carazo Zeledón aún tenía camino por recorrer. En 1995 ingresé a la Defensoría de los Habitantes, siendo su titular Rodrigo Alberto (a quien quito el título de don, pues lo considero comprendido en uno -para mí- más alto: el de amigo). En medio de informes y de giras, a través de la actividad incesante del Defensor de los Habitantes, conocí a Gabriela, María y Anelena (no recuerdo haber conocido a Carolina en aquellos años), quienes, junto con doña Lorena, dieron aire familiar a la gestión de mi apreciado Rodrigo Alberto.

Es en esas condiciones que finalmente conocí a don Rodrigo y a doña Estrella. El primer contacto fue en algún asunto oficial, pero luego, me parece que con ocasión de una actividad de Esteban, alrededor de una mesa de billar, pude conversar con el ex mandatario.Y a partir de allí, ya pude tratarlo con cercanía en las distintas ocasiones que nos encontramos.

No soy yo quien va a juzgar la administración Carazo (eso se lo dejo a los historiadores de verdad … o sea, no a cualquiera … mucho menos a los que se quedan en puro método). Pero sí me atrevo a decir que durante mucho tiempo se han desconocido sus obras. Aparte de ser un infatigable promotor de la paz mundial (creador de una Universidad para tal fin antes del Premio Nóbel al Presidente Arias), don Rodrigo también llevó a cabo importantísimas obras de infraestructura (¡Y a puro MOPT! ¡Sin concesiones ni concesionarios!), dejando claro, como bien rezan las respectivas placas, que fueron “construidas por el pueblo” y no por él.

Mas su importancia como Presidente radica especialmente en otro pilar de su gestión: la dignidad. Ese es quizás su principal legado. Desde las luchas contra ALCOA, don Rodrigo siempre puso primero a Costa Rica, entendiendo que la verdadera riqueza del país la produce la clase trabajadora y no los gerentes del gran capital, por lo que aquella no puede ser desatendida para beneficiar más a estos. Quizás si otros hubieran seguido esa línea de pensamiento, no tendríamos hoy una brecha social tan amplia … y eso que la línea de pobreza es tan generosa hoy día, que oficialmente no son pobres miles de personas que sufren muchísimo para poder satisfacer sus necesidades básicas.

Esa dignidad, tan característica de don Rodrigo, por dicha es contagiosa. Creo que quienes participamos en la lucha contra el TLC y tuvimos la oportunidad de escucharlo en los mitines del No, absorbimos algo de la “insania” que significa no entregarse a las corrientes del pensamiento único que nos vende un mundo unipolar, sin historia, sin ideologías, rendido a los pies del gran capital. De allí que puedo decir hoy que en materia de dignidad, mi tendencia es caracista.

Así, con esa convicción en mi ser, nos encontramos en agosto último. Tras el recorrido por Turrialba y felices por el rato compartido, en que hasta de olla de carne hablamos, mencionamos la posibilidad de tomarnos luego otras copas de vino, ya sea en su casa o en la de Rodrigo Alberto, quien también estaba en la mesa. En estos últimos días, mientras convalecía en el hospital, expresé a mi amigo que me gustaría mucho hacer realidad esa planeada reunión. Ya no se pudo.

Anoche, en la vela, recordaba con el mayor de los Carazo Zeledón el anhelado convivio. Le dije que bueno, ahora las copas serán con él. Pero consciente de que mi presencia en este mundo es temporal, confiado en la vida en el más allá, espero encontrarme de alguna manera al ex Presidente. Por eso, le digo a don Rodrigo, que el vino sólo está pendiente.


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