El asesinato de los Jesuitas … veinte años después

Yo todavía era muy joven. Poco más de un mes había transcurrido desde que cumplí los diecisiete. Por supuesto, en aquel momento mi cabeza se ocupaba en resolver la duda sobre si iba al paseo de mi generación del colegio y en el debate interno sobre si invitaba a la que me gustaba, a ir conmigo al baile de graduación. Pero ocurrió algo que cambió totalmente mis pensamientos.

Durante las primeras horas del 16 de noviembre de 1989, fueron asesinados en San Salvador seis sacerdotes de la Compañía de Jesús y dos de sus empleadas -madre e hija- por un comando de las Fuerzas Armadas de El Salvador. Veinte años hace de ese crimen y aún me estremece.

Recuerdo el noticiero televisivo de ese día. Mantengo viva la imagen difundida en la pantalla: varios cuerpos juntos, vestidos en sus pijamas, atravesados por las balas, alguno incluso con los pies cruzados. Una proyección imborrable de intolerancia y salvajismo.

En mi interior, sólo había espacio para una pregunta: ¿por qué?

El Salvador sufría en aquel momento una cruenta guerra civil. Días antes del asesinato de los Jesuitas, el entonces guerrillero Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) había lanzado una intensa ofensiva urbana, durante la cual -entre otros objetivos- fueron atacadas las residencias de altos funcionarios salvadoreños, incluyendo la del propio Presidente Cristiani.

La reacción estatal a ese ataque no consistió únicamente en enfrentarlo militarmente, sino que además se procuró “descabezar” la guerrilla. Se acusó a los Jesuitas de ser motores intelectuales del movimiento revolucionario, por lo que fueron amenazados públicamente por la radio, entre otros medios. Las amenazas se dirigieron en particular el rector de la Universidad Centroamericana (UCA), el padre Ignacio Ellacuría.

La Compañía de Jesús siempre ha sido crítica del poder abusivo, de las instituciones opresivas, por lo que incluso ha habido momentos en que -por los enfrentamientos en que se ha visto envuelta- la propia Iglesia le ha restado apoyo. Y es que el mensaje de un Jesús amigo, solidario, compañero del sufriente, del oprimido, del abandonado, del humillado, del caído, del doliente, del deprimido, del enfermo, del excluido, aunado a un trabajo comunitario efectivo y sumado a un activismo ajustado a la doctrina social católica, suele ser muy incómodo para las élites privilegiadas del orbe.

En el caso salvadoreño, la UCA permitía -y todavía lo hace- una formación crítica, integral. De allí que no es de extrañar que surgieran en su seno cuestionamientos serios a la desigualdad que se vivía en El Salvador. Fomentar el pensamiento crítico y trabajar con los marginados, ¡esa es la gran “atrocidad” que se atribuyó a los Jesuitas asesinados! ¡Ese es el “veneno” que sembraron en la juventud salvadoreña! ¡Esa es la “justificación” que tuvo el Estado salvadoreño para que sus Fuerzas Armadas dieran muerte a ocho personas!

Pero el tiempo pasa. Hoy, El Salvador es bastante distinto al vivido por ellos. Se aprecian signos de que los radicalismos enfrentados durante los ochenta van en retirada. El FMLN es hoy gobierno; ARENA es oposición. El Presidente Funes ha anunciado el otorgamiento, en señal de desagravio, de una condecoración póstuma a los sacerdotes caídos y, además, se ha referido a la masacre como un crimen de Estado. ¡Expreso mi respeto al Presidente Funes por ello!

El Salvador hoy es tierra de esperanza. Irónicamente, esa esperanza fue promovida, entre otros, por los mismos Jesuitas que fueron asesinados por tratar de construirla.

Así, aunque fueron escritas pensando en quienes desaparecieron durante las dictaduras en Uruguay y Argentina, aplico también a los mártires de la UCA, las palabras de Mario Benedetti y Daniel Viglietti, quienes en Desaparecidos y en Otra voz canta, advierten que detrás de las palabras de hoy, hay otras, pronunciadas por sepultadas bocas que nos dicen que no han muerto, que siguen aquí, a través de quienes les recuerdan, por lo que no son memoria, sino vida abierta.

Por ello, para honrar su vida, su presencia actual, lo mismo que la de Monseñor Oscar Romero (asesinado por idénticas “razones” hace treinta años), recuerdo aquí el nombre de las personas asesinadas ese 16 de noviembre de 1989: el padre Ignacio Ellacuría, el padre Ignacio Martín Baró, el padre Segundo Montes, el padre Joaquín López y López, el padre Juan Ramón Moreno, el padre Amando López, doña Elba Ramos y su hija, Celina, entonces de apenas quince años.

Finalizo recordando parte de una oración de los Jesuitas, escrita por su ex Superior General, Pedro Arrupe, S.J., pues seguramente este pensamiento también marcó el modo de proceder de los mártires mencionados: “*Enséñame a ser compasivo con los que sufren, con los pobres, con los leprosos, con los ciegos, con los paralíticos; muéstrame cómo manifestabas tus profundísimas emociones, hasta el punto de derramar lágrimas, o como cuando sentiste aquella mortal angustia que te hizo sudar sangre e hizo necesario el consuelo del ángel. Y, sobre todo, quiero aprender el modo en que manifestaste aquel dolor extremo de la Cruz, cuando te sentiste abandonado por el Padre*”.


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