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�Que viva la pol�mica!… sin que mueran las amistades

Columnista huésped | 20 de Junio 2007

Valoraci�n sobre el debate de 1856

Por Lowell Gudmundson

Los que leyeron mi comentario en Ancora el d�a 3 de junio (www.tribunademocratica.com/2007/06/walkerlosbuenosylos_malos.html) deben de entender que me ubico firmemente entre los “amantes de la pol�mica hist�rica” desde mi primera experiencia a mediados de los 1970 con cr�ticas a distintas obras de don Carlos Monge Alfaro y don Carlos Mel�ndez. Tambi�n les aclaro que me considero enemigo de la Sant�sima Trinidad de las Verdades, la oficial, la �nica y la absoluta, adem�s de las vacas y los valores sagrados. Sin embargo, nunca renuncio a las amistades a causa de la pol�mica. No pude conocer a don Carlos Monge Alfaro personalmente a causa de su muerte prematura, pero s� cultivamos una amistad don Carlos Mel�ndez y yo por muchos a�os. No conozco a don Armando Vargas personalmente pero espero tener el gusto pronto, mientras conozco y aprecio la persona y el trabajo de don Juan Rafael Quesada por m�s de treinta anos, desde que colaboramos en la publicaci�n de grandes trozos de su tesis de Licenciatura sobre el cacao en la Revista de Historia (Nos. 5 y 6, de 1977-78), fino ejemplar de la historia econ�mica tan influyente en aquella �poca.

Sin embargo, para que la pol�mica nos ayude a avanzar, es indispensable que las diferencias de interpretaci�n se confronten en los distintos textos que presentamos. En ese sentido, si mi cr�tica les parec�a hacer eco de varios intercambios que han tenido con don Iv�n Molina, me parece correcto solo en ese sentido; o sea, mis reservas frente a la escasa menci�n de y di�logo con (la esencia de cualquier pol�mica fruct�fera) las distintas interpretaciones y autores que han contribuido en los �ltimos a�os a esta tem�tica. La cr�tica por eliminaci�n o silencio no es pol�mica, ni siquiera es cr�tica, es oportunidad perdida. Con los intercambios actuales entonces, mejor tarde que nunca.

Quisiera ofrecer tres aclaraciones en respuesta a sus varios planteamientos frente a mi ensayo, seguido por una reflexi�n muy breve sobre el problema inherente al nacionalismo y los h�roes, su car�cter de arma de doble filo.

Primero, resulta inexplicable c�mo podr�an haber tomado mis comentarios sobre las opiniones del Profesor May y su repetici�n por otros como una cr�tica a las obras suyas. Quiz�s la palabra “insinuado” es la raz�n de la molestia, pero en cuanto a la posici�n de fondo no hay ninguna diferencia entre nosotros. El filibusterismo fue, como bien lo han planteado, una versi�n, al estilo iniciativa privada, del expansionismo esclavista. Dado que afirmo lo mismo en mi ensayo, con alusiones a otros ejemplos m�s recientes, no comprendo c�mo pueden ver cr�tica o desacuerdo donde no existen. Y si el t�rmino insinuado es motivo de la reacci�n, m�s bien dir�a que debieron de haberlo hecho y me consta que, adem�s de este lector, gran parte de sus numerosos lectores han visto (y secundado) una comparaci�n entre aquella �poca y hoy, cosa que tampoco creo les ha de sorprender.

Segundo, ambos autores confunden una afirmaci�n o alusi�n m�a con una cr�tica a sus obras. Al referirme a “un TLC decimon�nico,” que a mi manera de ver constitu�a el paquete de pol�ticas liberales y pro-cafetaleras de Mora Porras (ofreciendo luego tres ejemplos de aquello), en ning�n momento atribuyo a ellos semejante afirmaci�n o alusi�n. La cr�tica va en direcci�n de haber obviado la discusi�n de tales pol�ticas en su af�n por concentrar esfuerzos sobre los aspectos diplom�ticos y b�licos de la administraci�n Mora y la Campa�a Nacional, algo posiblemente justificable en parte por el mismo prop�sito declarado de las obras en cuesti�n. Adonde si hay mayor desacuerdo es en cuanto al impacto a m�s largo plazo de las pol�ticas de apertura comercial constantes por d�cadas desde tiempos de Mora en adelante. La meta y el destino para el caf� costarricense en aquel entonces fueron los mercados europeos y no el norteamericano, pero tales decisiones llevaron a la construcci�n del ferrocarril al Atl�ntico y una larga y penosa experiencia con los emisarios estadounidenses Minor Keith y la UFCO. Una vez pasada la crisis de la Campa�a Nacional, tampoco es factible explicar la historia de ambos pa�ses simplemente como basadas en relaciones entre democracias puesto que el surgimiento del prototipo de empresa multinacional estadounidense “monopolista” (catalogada as� no solo por historiadores de izquierda sino tambi�n por el Departamento de Justicia de EEUU en su condena de la empresa en la d�cada de 1950) se dio en gran parte en Costa Rica, generando una literatura tan vasta como compleja en varios idiomas y disciplinas.

Tercero, el uso de “buenos” y “malos” en el t�tulo del ensayo nada tiene que ver con juicios sobre calidad o contribuci�n de parte de historiadores, sino con el problema de tratar a los procesos sociales e hist�ricos como cuestiones morales o moralistas al estilo de h�roes y villanos, santos y pecadores; o sea, el arma de doble filo de toda narrativa hist�rica heroica. Desde la posici�n contestataria, nuestro caso, obviamente en vista de la beligerante posici�n oficial a favor del TLC y en contra de cualquier expresi�n contempor�nea o hist�rica de las tradiciones antiimperialistas costarricenses, los h�roes parecen plataformas para reivindicaciones. Desde el poder, son otra cosa, la ortodoxia, la verdad establecida, los valores c�vicos, y su funci�n es otra tambi�n. Mi posici�n no constituye una cr�tica de Mora, ni mucho menos una defensa de Walker, ni tampoco una defensa de la historia profesional o acad�mica contra una forma m�s popular y de m�s amplio atractivo para los lectores, sino una cr�tica de la historia de “grandes hombres/h�roes” que el nacionalismo secular hereda directamente de sus contrincantes, las ortodoxias de inspiraci�n religiosa, supuestamente superadas hace siglos.

Finalmente, la cuesti�n del nacionalismo, origen nacional y patriotismo. Don Juan Rafael se equivoca cuando pretende que mi posici�n sea una especie de nacionalismo norteamericano ofreciendo excusas para mis conciudadanos, comenzando con Walker. Reconozco que mi expresi�n de “algo acalorado” tiene que ver �nicamente con los intercambios entre los Sres. Vargas y Molina (prueba de ello est� a la vista en estas pantallas/p�ginas), pero lamento que don Juan Rafael no lo haya entendido as� y que conserv� el calentamiento para emplearlo ahora. A mi manera de ver, el nacionalista es aquel que cree en la singularidad cuando no superioridad de una experiencia nacional. El patriota es aquel que se compromete con ideales que pueden o no haber encarnado las naciones y sus conciudadanos en cada momento hist�rico. Se ha dicho que el verdadero patriota es aquel que critica los errores de su patria aunque todos sus conciudadanos prefieran cantar sus glorias. Los que hayan le�do mi ensayo, “Las transiciones, los temores y los temibles,” en Semanario Universidad “Forja” (28 de setiembre de 2005) entender�n no solo por qu� describ� al TLC como “otro cad�ver en vida” del partido Republicano en declive, sino tambi�n por qu� no le interes� al peri�dico La Naci�n publicarlo en plena campa�a presidencial.

Sin embargo, como toda mi familia inmediata es costarricense no solo “por dicha” sino por nacimiento, no podr�a ser indiferente al proceso social y pol�tico que experimenta el pa�s. En algo s� me ha ayudado ver de cerca y participar en el proceso pol�tico norteamericano como ciudadano por varias d�cadas, sobre todo la �ltima. He podido ver como el nacionalismo y el temor, hoy en d�a, combinados desde las alturas del poder, son empleados para justificar todo tipo de desastre y crimen a la vista de todo el mundo. Dicho nacionalismo se alimenta en una forma de “secuestro” de la memoria hist�rica, sobre todo utilizando los famosos “padres fundadores” y grandes h�roes de la historia oficialista del pa�s. El nacionalismo nuevo y fresco, al igual que el viejo y a�ejo, siempre corre el riesgo de confundir los ideales con las naciones y las personas. Es por eso que siempre me opongo a las heroizaciones como forma de lucha pol�tica e ideol�gica. Todo h�roe contestatario es candidato al secuestro apenas entra en los salones del poder. Los ideales por el contrario presentan m�s dificultades para los secuestradores oficialistas.

�Que viva la pol�mica! … sin que mueran las amistades.

([email protected])

Columnista huésped | 20 de Junio 2007

1 Comentarios

* #2064 el 20 de Junio 2007 a las 11:21 AM Armando Vargas Araya dijo:

Yo tambi�n conf�o tener pronto la oportunidad de saludar al se�or don Lowell Gudmunson, cuya producci�n historiogr�fica sobre Costa Rica es muy valiosa. Amigos comunes me hablan muy bien de su persona.

Al caballero Gudmunson, con su prosa serena y madura de este art�culo, me complace decirle que mi libro “El lado oculto del Presidente Mora” aspira solamente a dar noticia sobre algunos hechos que han permanecido ocultos del todo o velados tras un silencio sesquicentenario inexplicable. De ninguna manera pretende ser una “summa” del insuficiente conocimiento publicado sobre el Presidente Mora, pues est� focalizado en aspectos externos de la Guerra Patria y sus consecuencias.

Algunos profesionales tienen investigaciones en marcha o reci�n concluidas sobre aspectos puntuales de la d�cada morista. Ojal� se publique pronto un estudio completo sobre aquellos diez a�os, previa consulta exhaustiva de todas las fuentes nacionales y extranjeras relativas al periodo. El proceso de mundializaci�n tambi�n impone la responsabilidad de estudiar, investigar y leer m�s all� de las fronteras nacionales. �Qui�n realizar� esta tarea?

El Presidente Mora era liberal, como todos los gobernantes del siglo XIX costarricense, y conservador moderado. Su legado de progreso —con luces y sombras— se realiz� en instituciones y obras que perduran. Abri� el pa�s a los mercados internacionales al punto de ser conceptuado por algunos, en t�rminos actuales, como un “globalizador”. Su criterio sobre el inter�s nacional de Costa Rica era fuerte y claro.

Una faceta sugestiva es que la publicaci�n de este libro ha estimulado reminiscencias en ex alumnos de la Escuela Juan Rafael Mora (San Jos�). Recuerdan ellos el Himno a Mora que se cantaba dos o tres veces por semana, el dec�logo morista impreso en el reverso de los tarjetas de calificaciones, los desfiles estudiantiles los 30 de setiembre y la colocaci�n de ofrendas florales ante su estatua. Poco a poco se perdieron aquellas costumbres, en parte por el proceso de desdibujamiento de la identidad.

Ojal� que pronto haya ocasi�n de compartir en directo con el Dr. Gudmunson y otros personalidades juiciosas y centrada —normales pues—, sobre estos y otros temas.

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