Diquís del Sur

Atardecía cuando llegamos a Dominical. Era la tercera vez que recorría aquella mezcla de penetrantes verdes alojados en mis ojos para ya nunca decir adiós. Presurosa y alocada la lluvia, huía deslizándose sobre las calles perfectamente pavimentadas.

Media hora después, ya muerta la palabra por la fatiga, remontamos el distrito de Ojochal. El cielo con un tenue verde aún clareaba camino al hotelito Bed and Breakfast Diquís del Sur. ¡Ah! porque allá los nombres usted los encuentra en inglés, alemán, italiano, francés, hasta en árabe; pero en español, muy pocos. El cruce de culturas se ahonda y hasta contagia al visitante, al punto de que hay momentos, que no se distingue si se es de aquí, o de allá, pero de aquí es Diquís, cuna de las enigmáticas, precolombinas esferas de piedra de perfecta redondez, esculpidas por las caricias de nuestros antepasados, dueños despojados de este suelo.

Escondido detrás de la arboleda, apareció Diquís del Sur. Sin aspavientos de hotel, sin aspavientos, como un tímido muchacho, nos fue enseñando su hermosura, sin rebuscados atavíos, ni menaje lujoso que nos asuste hasta el verlo, menos el tocarlo. Las cabinas, campesinas como el circundante campo, son un elemento más del ardiente jardín, provistas de lo necesario para disfrutar la estancia, leer, escribir, desintoxicarse y renovar la energía de espíritu y cuerpo. Colirio a los ojos es contemplar la selva que abraza la mirada y acorrala la memoria olvidando la locura de la ciudad.

Con los cantos de los grillos llegaron el hambre y la profunda noche. Un paraguas nos separaba de las abultadas gotas de lluvia que nos acompañaron hasta el muy limpio y modesto restaurante. Bien apoltronados, y con los oídos acariciados por los acordes sonidos de selva y lluvia que llenaban el comedor, llegó también el sosiego a nuestro estómago. Empezó el ritual del servicio de viandas que fusionó platillos costarricenses con toques de la cocina francesa. Entre plato y plato, me pregunté; ¿Cuántos otros rincones secretos tendrá este país, que guardan su hermosura a los ojos de los citadinos?

Arrullados por el silencio bullicioso que nos visitaba desde el bosque, nos aplastó el sueño; horas más tarde, el jolgorio de las aves nos mostró el color de la mañana y nos sentimos invitados a descubrir el encanto de esa tierra del Diquís.


3 Comentarios

  1. ELIZABETH CALDERO N RODRIGUEZ

    Estimada Marlyn esta muy linda su descripcion del paisaje y me doy cuenta que es el lugar que necesitamos los que estamos agobiados por el estres y el agotamiento. Que linda es Costa Rica y que lugares tiene, gracias por encontrarlos y describirlos de tan bella forma. Ya quiero estar ahi. ELI

  2. Alvar Antillón Salazar

    Me gustó mucho tu descripción y añoranza por lo que se va perdiendo inexorablemente. Pero gracias por escribir y describir lo poquito que todavía es nuestro. ¿Qué tal de la cara? Ni Flora ni yo tenemos tu correo.

  3. Leticia Chacòn J.

    Hermosìsima su descripciòn de ese paraìso costarricense que con metàforas singulares logra con delicadeza colocar en nuestra imaginaciòn.

    Felicitaciones!!!!!!!!!

    Leticia Chacòn Jinesta

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