En combate: la independencia histórica del Tíbet

Para muchos occidentales, el Tíbet es simplemente un país lejano, misterioso y atrasado, una región legendaria con extrañas costumbres y creencias, y que, según el mapamundi, forma parte de China. Nada más alejado de la verdad histórica, y para analizar con propiedad lo que ocurre actualmente en esa tierra colgada de los Himalayas, y verificar cabalmente la absoluta ilegitimidad de la ocupación china sobre la meseta del Tíbet, nada mejor que examinar brevemente el surgimiento de la vigorosa civilización tibetana y su desarrollo como nación independiente, a partir de sus orígenes históricos. Nos daremos cuenta entonces que el Tíbet nunca ha sido parte de y que la invasión perpetrada hace más de cincuenta años por los comunistas chinos, y la ocupación que se mantiene por el ejercicio implacable de la violencia y el poder del terror, carece en absoluto de toda justificación histórica, política o moral.

El pueblo tibetano tiene un origen mongol, y ha habitado la meseta tibetana en forma continua desde la época prehistórica: se han encontrado en el Tíbet tumbas provenientes del período neolítico, con más de cuatro mil años de antigüedad. En sus orígenes, los primitivos habitantes del Tíbet estaban agrupados en tribus nómadas, y en sus costumbres, forma de vida y manifestaciones culturales básicas, no se diferenciaban en forma significativa de las tribus que habitaban las estepas mogolas y las grandes planicies centroasiáticas, al norte de la meseta tibetana. En la zona meridional de la meseta, en donde nacen varios de los más grandes ríos de Asia -entre ellos el Indo y el Brahamaputra-, surgieron los primeros asentamientos agrícolas, que rompieron el marco general de nomadismo imperante en el país. También en esa zona se desarrollaron los primeros núcleos urbanos, que luego darían origen a las primeras y más importantes ciudades, como Lhasa y Gyantse.

Los documentos históricos nos presentan un Tíbet unificado ya en el siglo VII d.c., regido por una monarquía fuerte, la dinastía Pugyel, asentada en la región meridional y con capital en Lhasa. Durante los siglos siguientes, expandió su poder e influencia en todas direcciones, consolidando un verdadero imperio que tuvo un sempiterno enfrentamiento con sus vecinos chinos de la dinastía T’ang.

Se consideraba que el soberano o “Tsempo” tenía la misión de consolidar la unidad política mediante el fomento de la expansión territorial, y los tibetanos construyeron un sólido estado unificado, que se extendió más allá del Tíbet meridional y central, y abarcó territorios diversos. El dominio y la influencia directa de lo que podríamos llamar con toda propiedad el Imperio Tibetano de los Pugyel, se extendía desde la meseta de Parir en el oeste, hasta el Sichuan en el oriente. Durante el reinado del legendario rey Song-tsen Gampo (620-649 d.c.), la política de expansión y consolidación territorial del imperio hizo que los ejércitos tibetanos llegaran hasta China occidental y Birmania septentrional. La soberanía tibetana se extendería hasta Nepal, y años después, hasta el norte de Cachemira.

Tíbet se convirtió así en un territorio clave para la las comunicaciones y el comercio entre la India, Mongolia, China, y el resto de Asia Central. La estabilidad política del régimen tibetano sirvió de marco para un vigoroso desarrollo del comercio, y ya en esa época el Tíbet exportaba almizcle, turquesas y otras piedras preciosas, oro, plata, sal, bórax, caballos, miel, y objetos de metal. La calidad de la metalurgia tibetana de la época era ampliamente conocida, y se apreciaba especialmente su artesanía de los metales, tanto corrientes como preciosos. Para apreciar la destreza tibetana en el trabajo metalúrgico, basta recordar que cerca del año 700 d.c., los artesanos tibetanos construyeron un puente de cadenas de hierro que les permitió atravesar el río Yang-tse Kiang, durante las campañas de conquista del Sichuan occidental. Semejante destreza, como lo señala la destacada historiadora Amy Heller en su valiosa obra sobre el arte tibetano, “…daba a los tibetanos más de mil años de ventaja con respecto a sus enemigos…”

De China, el Tíbet importaba seda, papel, tinta y té; y del Asia Central, hierro forjado y acero para sus artesanías. La ocupación tibetana de la Ruta de la Seda, iniciada alrededor del año 787 y sostenida hasta el 842, le permitió a la nación tibetana extender su influencia y su comercio hacia el oeste de Asia, hasta Samarcanda, Sogdiana y Bukhara.

Por su actividad comercial y sus campañas militares, la civilización tibetana entró en contacto y estableció relaciones políticas, comerciales y culturales con múltiples reinos, culturas y tradiciones religiosas. En su carácter de importante imperio, el Tíbet mantenía relaciones formales con Nepal, Cachemira, Bengala, Persia, Sogdiana, Corea, Turquestán, Birmania, y desde luego, China.

Durante el apogeo del Imperio Tibetano de los Pugyel, el Tíbet mantuvo y consolidó importantes relaciones diplomáticas y comerciales con el Imperio Chino, en la época de las dinastías T’ang y Shu. La mejor forma de demostrar de manera indubitable la absoluta y completa independencia del Tíbet en sus orígenes históricos, y su existencia original como nación autónoma y soberana con respecto a China y a cualquier otra potencia, es recordar precisamente que, ya en el año 822 d.c., un importante tratado firmado por ambos imperios, fijó las fronteras entre China y el Tibet alrededor de la región del lago Koko-Nor, en el lejano noreste de la meseta tibetana. El texto original de ese tratado histórico se conserva aún, afortunadamente, grabado en una estela de piedra que guarda la entrada del templo más sagrado de todo el Tíbet, el templo de Jokhang, que fue construido durante el reinado de Song-tsen Gampo para alojar la estatua de Buda traída al Tíbet por su esposa nepalesa. Ese texto de piedra está escrito en tibetano y en chino, y para rebatir las falsas justificaciones de los comunistas chinos sobre su invasión al Tíbet, y resaltar irrebatiblemente la identidad histórica de la nación tibetana y su condición de país absolutamente independiente, que nunca perteneció desde luego a China, vale la pena transcribirlo íntegramente. El Tratado Chino-Tibetano de 822 d. c., dice así:

“El Gran Rey del Tíbet, Milagroso Señor Divino, y el Gran Rey de China, el Soberano Hwang-ti, unidos entre sí como sobrino y tío, estuvieron reunidos en debate sobre la alianza de sus reinos. Juntos, hicieron y ratificaron un gran acuerdo. Que lo conozcan los dioses y los hombres, testigos de que jamás será cambiado. Así lo da a conocer la inscripción sobre este pilar de piedra, y para que los sepan los hombres de todos los tiempos y de todas las generaciones futuras.

El Milagroso Señor Divino Trisong Dretsen y el Rey chino Wen Wu Hsiao-te Hwang-ti, sobrino y tío respectivamente, han buscado con su gran sabiduría alejar del bienestar de sus tierras todo motivo de daño por ahora y en el futuro. Han repartido su benevolencia de manera imparcial entre los hombres. Con el deseo único de actuar en beneficio de la paz y en provecho de todos sus súbditos, han formulado el noble propósito de asegurar el bien duradero, cerrando este magno tratado a fin de cumplir la decisión de restaurar entre ellos su anterior amistad y respeto mutuos y la antigua relación entre vecinos amistosos.

El Tíbet y China acatarán las fronteras que ocupan en la actualidad. Todo lo situado de éstas hacia el Este corresponde a la tierra de la Gran China; y todo lo que se extiende hacia el Oeste, constituye, sin duda alguna, la tierra del Gran Tíbet. De aquí en adelante ninguna de las dos partes provocará guerras contra la otra ni buscará conquistar sus territorios. Si cualquier persona despierta sospechas, será arrestada; se investigarán sus asuntos y será escoltada de regreso a su país de origen.

Ahora que los dos reinos se han aliado por medio de este gran tratado, es necesario una vez más enviar mensajeros por la antigua ruta a fin de sostener la comunicación y el intercambio de mensajes amistosos referentes a las relaciones armoniosas entre el sobrino y el tío. De acuerdo con la costumbre establecida en la antigüedad, los caballos de dichos mensajeros serán cambiados al pie del paso de Chiang Chun en la frontera entre el Tíbet y China. Los chinos recibirán a los delegados tibetanos en la barrera de Suiyung y les proporcionarán todas las facilidades para proseguir su viaje de allí en adelante. En Ch’ing-shui, los tibetanos recibirán a los delegados chinos y les proporcionarán todas las facilidades para proseguir su camino. Los enviados serán tratados con el acostumbrado honor y respeto de ambas partes, en conformidad con las relaciones amistosas entre el sobrino y el tío.

No se levantará humo ni polvo entre los dos países. No ocurrirán alarmas repentinas ni será pronunciada siquiera la palabra ‘enemigo’. Los guardias fronterizos no padecerán inquietud ni temores y disfrutarán tierra y cama a su gusto. Todos vivirán en paz y compartirán la bendición de la felicidad durante diez mil años. La fama de tal hazaña será difundida por todas las tierras alumbradas por el Sol y la Luna.

Este solemne acuerdo da inicio a una gran era en la cual los tibetanos vivirán felices en la tierra del Tíbet, y los chinos, en la tierra de China. Para que tal circunstancia jamás sea cambiada, se convocan como testigos a las Tres Joyas Preciosas de la Religión, a la Asamblea de Santos, al Sol y la Luna, a los Planetas y a las Estrellas. El juramento se ha hecho con palabras solemnes y el sacrificio de animales; y el acuerdo ha sido ratificado.

Si alguna de las dos partes no actuase en conformidad con este acuerdo o lo violase, sea el Tíbet o China, nada de lo que haga la otra parte a manera de represalia podrá ser considerado como violación del tratado.

Los reyes y ministros del Tíbet y de China han realizado el juramento prescrito a ese efecto, y el acuerdo ha quedado registrado con detalle. Los dos reyes fijaron sus sellos sobre él. Los ministros con poderes especiales para ejecutar el acuerdo lo han inscrito con sus firmas, y se han depositado copias del mismo en los archivos reales de cada una de las partes…”

Nada más es necesario decir, después de esa lectura. El Tíbet nunca ha formado parte de China. No solamente son diferentes sus culturas, sus idiomas, sus escrituras, y sus orígenes étnicos, sino que, recurriendo a los documentos históricos, es más bien el Tíbet el que podría reclamar gran parte del territorio chino. Como naciones y pueblos independientes y soberanos, ya habían fijado sus fronteras desde hace casi mil trescientos años. Pero aún así, la China comunista invadió el país de las montañas de Buda y lo incorporó sin recato al territorio chino, careciendo claramente de toda justificación política, histórica y moral. China se aprovechó de que, desde hace más de mil trescientos años, el carácter agresivo y expansionista de la civilización tibetana original se modificó sustancialmente, como consecuencia de una política cultural desarrollada por los reyes de la dinastía Pugyel: el respaldo sistemático a la introducción, desarrollo y consolidación del budismo indio, circunstancia histórica que vendría a darle al Tíbet los rasgos esenciales de su cultura y su forma de vida, tal y como la conocemos actualmente. La descripción de lo que los comunistas chinos han hecho en el Tíbet, el genocidio y el terror, así como la destrucción de la cultura tibetana y la explotación colonial de sus inmensos recursos, ameritan otro artículo. El propósito de éste ya ha sido cumplido


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