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Eugenio Rodr�guez Vega

Columnista huésped | 11 de Mayo 2006

Por Francisco Escobar, [email protected]

Humilde, t�mido, sagaz, ir�nico, firme, honesto y con un sentido anal�tico del humor, me pareci� un hombre noble cuando lo conoc�. Fue un gran Contralor insobornable, y un Rector prudente. Asumi� con brillantez varias tareas profesionales y ejerci� con elegante sobriedad numerosas funciones p�blicas, pero si alguien me presionara a definirlo con una sola palabra, dir�a que es un soci�logo, el mayor y m�s profundo soci�logo de los costarricenses.

A pesar de su intensa y apasionada participaci�n pol�tica, en el sentido griego de un hombre comprometido con el destino de la polis, nunca fue un cortesano. Aprendi� las habilidades pol�ticas en los libros de historia y en la obras de Montaigne. Ricardo Jim�nez, el General Volio y los pr�ceres fundadores de la Patria, fueron sus maestros en el arte de conducir a estos misteriosos, inesperados y lib�rrimos ticos. Di� honor y brillo a un partido pol�tico que no lo merec�a, y su nombre se une al de Rodrigo Facio, Jorge Manuel Dengo, Alberto Ca�as, Oscar Arias y Ott�n Solis, como los portadores del idealismo social y la dignidad originales del Partido Liberaci�n Nacional.

Como Contralor General de la Rep�blica, secundado por Fernando Murillo, supo plantarse firme pero amable, ante los primeros signos de corrupci�n que desgraciadamente luego se convertir�an en la t�nica de la gesti�n p�blica en Costa Rica. Desde el m�s humilde mun�cipe rural, hasta el Presidente de la Rep�blica respetaban sus decisiones y aceptaban su fiscalizaci�n.

Yo fui testigo de algunos de esos momentos cr�ticos en los que el Contralor se vio obligado a frenar las acciones de la Casa Presidencial y del Gabinete, cuando tuve el honor de ser su asistente. Le agradec� que estimulara mis primeros intentos de hacer ciencia social y que disimulara mis frecuentes metidas de pata juveniles. Muchas ma�anas, horas antes de que abriera sus puertas la Contralor�a, actuaba comos su asistente de investigaci�n para escribir ese hermoso libro Los d�as de Don Ricardo. Yo siempre pens� que nos hab�a quedado debiendo uno sobre las picantes noches del mismo Don Ricardo…

Sus Apuntes para una Sociolog�a Costarricense, fueron mi inspiraci�n inicial cuando decid� seguir sus pasos y estudiar sociolog�a. Observador agudo e implacable de la conducta humana, incluyendo la suya, Don Eugenio la convirti� en su mejor t�cnica de investigaci�n social. Hac�a reir cuando con tanta gracia imitaba a los grandes y peque�os personajes de la vida nacional. Sus humor�sticas observaciones eran retratos hablados y actuados, no solo de individuos sino de las clases sociales, los estamentos, los gremios y las comunidades que ellos encarnaban. En vez de mirar la vida nacional a trav�s de las estad�sticas sociales y econ�micas, prefer�a leer los peri�dicos, conversar con la gente, ver lo que estaba pasando.

Cuando el 24 de abril de 1970, fui con varios compa�eros trabajadores de la Contralor�a a pedirle permiso para ir a la manifestaci�n con la ALCOA y contra el Presidente Trejos, nos dijo: “Si quieren ejercer la libertad, no pidan permiso. Si quieren ser ciudadanos libres deben estar dispuestos a pagar las consecuencias”, y nos fuimos a las calles sin su permiso pero con su bendici�n.

En Don Eugenio descubr� esa cualidad sutil que tienen los hombres y mujeres rurales que destacan por su talento y su capacidad personales. Es quiz� la antigua dignidad de cuando todos los ticos �ramos campesinos, la prudencia desconfiada, la mesura y la parquedad de quienes prefieren los hechos a las palabras. Siempre supe que su partido en decadencia no le permitir�a jam�s llegar a la presidencia de la Rep�blica como tantos hubi�ramos deseado para bien del pa�s.

No importa que los peque�os pol�ticos y los cortesanos palaciegos nos hayan impedido tener el honor de votar por este gran costarricense, el pa�s entero le rinde un homenaje entra�able al ponerse de pie frente a este ramonense que supo entrar a la gesti�n p�blica con humildad y transparencia, y salir de ella pobre pero digno, como nuestros grandes pr�ceres lo hicieron.

(La Prensa Libre)

Columnista huésped | 11 de Mayo 2006

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