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Chisporroteos

Alberto F. Cañas | 6 de Agosto 2005

La Asamblea Legislativa ha acertado (desde 1993 viene acertando) al nombrar la Defensora de los Habitantes. La Dra. Lisbeth Quesada ha dedicado su vida profesional a servir al pr�jimo con un sentido de entrega y solidaridad que no son frecuentes en este pa�s, y menos desde que lo volvieron capitalista.

Ha sido, a trav�s de los a�os, la abanderada de la buena causa de dedicarse a servir a sus semejantes. Personas como ella no abundan, y es satisfactorio que para llenar posici�n tan delicada como la Defensor�a, los diputados hayan encontrado a una de las pocas personas que nos quedan con derecho a que les llame fil�ntropas.

La he seguido puntualmente en su carrera de entrega y de servicio, y por eso me sent� bien cuando me cont� que se hab�a postulado como candidata a la posici�n que le acaban de confiar, aunque no le aliment� mucha esperanza de que la obtuviera. Pero mi relaci�n con ella viene de los tiempos en que Lisbeth Quesada era estudiante y actriz.

Por m�s defensora que sea, para m� sigue siendo la sensitiva y talentosa actriz que en 1977 le dio vida en el escenario al personaje femenino m�s entra�able que he concebido: Mar�a Aguilar, la protagonista de Una Bruja en el R�o, en la que idealic� hasta el embrujamiento, a la pobre campesina costarricense que no se atreve a so�ar.

Jean Moulaert, que dirigir�a la temporada de estreno de la comedia (a�os despu�s la repuso Lenin Garrido), adivin� que la principiante Lisbeth Quesada dar�a la talla en un personaje dif�cil aunque no complicado. Y emparejada con Luis Fernando G�mez, salieron ambos de all� convertidos en estrellas de primera magnitud. S�lo que Lisbeth no persisti� en la actividad teatral.

Advierto aqu� con justicia, que es al equipo total (que completaban Andr�s S�enz, Olga Marta Barrantes, Jorge Ure�a, William Z��iga y la escen�grafa Pilar Quir�s) al que atribuyo el espectacular �xito que tuvo una pieza que no es c�mica ni de protesta, simplemente un intento de mirar po�ticamente un peque�o aspecto de nuestra vida rural.

Bien. Cuando Lisbeth se retir� de las tablas, perdimos una actriz de gran porvenir. Pero nos ganamos a una benefactora social, cuya carrera desemboca ahora en la posici�n que le han conferido en estos d�as y que desempe�ar� con eficiencia y brillo (como todo cuanto ha emprendido).

Reciba ahora mi emocionado abrazo. Y el recuerdo de que cuando me visit� para contarme que estaba aspirando a la Defensor�a, tuve la impresi�n de que no la iba a obtener, dada la manera de hacer nombramientos en la actual Asamblea. Me equivoqu�. Gracias Dios.

(La Rep�blica)

Alberto F. Cañas | 6 de Agosto 2005

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