Tribuna Democrática

 

Tribuna Democrática cerró y eso es una lástima, porque no se ve con frecuencia un medio que concentre tanto talento; lo que digo no porque yo escribía allí, aunque tenía esa distinción, sino porque ahí están los números en la red para comprobarlo. Pero no hay lugar para el talento en un país tan pequeño. Un amigo gringo me dijo un día que en toda América Latina no había un caricaturista de la talla de Maulding (en ese tiempo no existía Quino).  Y yo le dije que eso era función del tamaño de la economía, porque tampoco podía nadie aquí “sindicar” una columna: vendérsela a una cadena de periódicos. Y antes de existir La  Extra, que alberga ahora a Página Abierta, estábamos los ticos condenados a la páginas aristocráticas de La Nación. ¿Ha notado usted la disminución del Semanario Universidad desde que no está el caricaturista de las portadas?

 

Don Armando Vargas tuvo un enorme acierto con su intento, pero es verdad que este representaba una carga muy  pesada para su tiempo, el que él podía invertir con mucho mejor resultado en escribir sus excelentes biografías; aunque tenga que contender allí también con la mezquindad.

 

A mi me invitó don Armando a colaborar en Tribuna Democrática casi desde el principio, porque nos conocimos en la Lista de correos del partido Liberación Nacional, a donde me había invitado a colaborar don Carlos Revilla: otro mecenas que por suerte tiene a Cambio Político, lo que me proporciona una actividad vivificante en los años de mi retiro: uno tiene que estar haciendo algo para vivir, y como a mi me dio por la escribidera, esos periódicos digitales son una salida muy oportuna: Llamados despectivamente blogs por quienes escriben alineadamente en los medios del gran capital, ignorando que ese es “el shock del futuro”.

 

Y digo oportuna, lo que es un reconocimiento a la high tech, porque casi no alcanzo a  verlo, pues mi destino ha tenido la característica de que  alcancé casi todo lo que ansiaba, pero demasiado tarde. Cuando yo era un niño ansiaba tener una linterna eléctrica (un foco), como tenían todos los campesinos que ya habían superado la linterna con un culito de candela, pero el foco estaba fuera de mis medios. Y al fin apareció un tipo con una linterna eléctrica cuando salí de la escuela, y me la regalaría si yo entraba al Colegio Salesiano (el hospicio) (de donde me sacaron en una camilla), donde él estaba recluido, aislado y solitario. Tuve la linterna, y la pude encender en la noche entre las cobijas para que no me viera el cura que cuidaba el dormitorio. El tipo que me la regaló no tuvo sin embargo mi amistad, pues estaba en el ostracismo por un defecto socialmente inaceptable: le decían Mero Tanque por la incontinencia urinaria, y lo mataran en la revolución: era ya el karma.

 

Después añoré una bicicleta, que también estaba fuera de mis medios. Y al fin me compré una por 20 dólares para movilizarme entre los edificios de la Universidad de Florida, y la abandoné en el rack porque no era vendible. Cuando hice mi home coming hace unos pocos años (por cierto con el mismo carácter karmático) todas las bicicleta allí estaban encadenadas al rack, y ya no había honor system para los periódicos: para que usted vea cómo cambian los tiempos; lo que también se llama progreso.

 

Pero lo que es escribir, lo hago desde que estaba pequeño; bueno, desde que era un niño porque me quedé pequeño. Pero he escrito sin éxito. Y algunos dirían que sin mejora.  Cuando estaba en el colegio escribí un cuento que resultó muy popular para la clase de “Composición”. Pero salió el sino inevitable y a don Mario Sancho, al fin un miembro de la aristocracia, le pareció que se lo había plagiado al alcalde de Juan Viñas, a quien para mi mala suerte yo conocía, pero no como escritor. El tipo era conocido como inescrupuloso, y en él se justificaba el  nombre popular común entonces  de “güevos de alcalde” para una persona muy difícil.

 

Mi cuento trataba de un tipo pintoresco de mi pueblo que tuvo una pelea con un tigre, y el libro del alcalde se refería a gente pintoresca que conoció en su trabajo: ergo la mezquindad. ¡Lástima que no guardé el cuento, porque era bueno! Y se le podría haber dado a algún detective literario para que averiguara sus chances de copia. Me hubiera gustado sentir otra vez la inocencia y la originalidad de aquella edad. Pero quedó marcado con el estigma del plagio.

 

Igual que mi cuento “El Fósil”, que ganó una mención de honor en un concurso   latinoamericano del cuento en Méjico: y una acusación de plagio aquí. Y muy parecido, porque la acusación de los escritores nacionales era que yo había plagiado  “El Escarabajo de Oro” de Poe; un cuento que hasta entonces yo no había leído. El fundamento para la acusación de copia de “El Fósil es que en “El Abejorro de Oro” hay también una clave, como en El Nombre de la Rosa, y más parecida a la del mío; solo que el mío es anterior, y a mi no se me ocurriría jamás decir que Eco me plagió, aunque como él no es mi paisano, tampoco lo debo maltratar. Además de que el mío no se publicó, pero ese es un enano de otro cuento; por cierto muy interesante, porque ilustra otra de nuestras limitaciones.

 

La estrechez de nuestro medio no se nota solo en que tenga que cerrar desalentado un periódico digital tan meritorio como Tribuna Democrática, sino en el canibalismo con que nos disputamos el poco espacio disponible. Uno podría creer que la gente se trataría con más amabilidad en un medio pequeño como el nuestro que en un ambiente enorme como el de los Estados Unidos, pero es al contrario. Quizá porque todos competimos por el poco espacio disponible, lo que resulta en la incomunicación de los que tragan menos pinol; el aislamiento es la conducta mas cruel posible contra nuestros semejantes. O tal vez sea que hay una  explicación etológica: algo que tuviera que ver con los genes gallegos reconcentrados.

 

Hay un historiador costarricense que le ha hecho una guerra despiadada a  don Armando Vargas por su excelente biografía de don Juanito, cuando hubiera sido mucho más útil escribir otra, pues el carácter del hombre lo justifica ampliamente; aunque es verdad que su gestión se puede usar para apoyar o atacar el imperialismo que todavía nos amenaza. Don Juanito fue un hombre excepcional cuya competencia eliminó la élite mediante el asesinato. Y lo más malo es que la estirpe asesina siguió tan campante gobernándonos. Lo que me da lugar a una sugerencia: ¿Por qué no dedicar por lo menos una tesis de grado a un árbol genealógico del poder en Costa Rica? Algo así como Después de Dios, los Quirós. Tal vez se encuentren allí conexiones sorprendentes que nos ayuden a resolver el problema. Eso no es del agrado de quienes tienen la papa en la mano, aunque si de quienes la van a tener: ojalá se parezcan más a Don Juanito que a sus asesinos.

 

Yo no creo que se puede escribir un requiescat  para Tribuna Democrática, porque su record quedará allí para consultarlo y admirarlo, como el de Repertorio Americano. Y también para hacer honor a las personas que tuvieron la capacidad de hacer esa proeza reconocedora del mérito ajeno. Tribuna tenía un carácter único que se puede atribuir a su director, y yo lamento mucho su desaparición.

 

Todavía me queda un deseo, y estoy seguro de que ese sí se cumplirá oportunamente, pero no es de este mundo sino del que sigue. Y ahora se trata de lamentar que cerrara Tribuna, lo que aceptamos solo porque el cambio es inevitable, pero lamentando que desaparezca lo mejor. Sic transit gloria mundi.

 

 


8 Comentarios

  1. Freddy Ruiz A.

    Es una pena y estoy de acuerdo con usted. Lástima que un espacio en el que se daba una convergencia tan variopinta de opiniones haya cerrado. Ojalá que sea como Lázaro y reviva sino al tercer día, al menos al tercer año.
    Saludos.

  2. Miguel Chaves Amador

    Por supuesto Don José que es una pena privarse de semajante oportunidad, ya que no està Costa Rica llena de gente valiente como usted para decir las cosas y tanta falta que nos esta haciendo.

  3. vera c. varela

    Me resisto a aceptar que se cierre TD. Se puede hacer una reunión con los colaboradores como primer paso. Hagamos algo y pronto. ¿Soy ilusa?

  4. martin montoya

    Don José, lo del Semanario Universidad muy cierto, yo creí que sólo yo lo había notado que le hacía falta.
    y este espacio nos hará cada vez más falta.

    Gracias.

  5. Rogelio Arce

    Aunque nunca escribí para TD, siempre la leía, me duele que desapareciera y me cuesta aceptarlo. Soy un apasionado de todos los temas, pero los temas nacionales me absorben totalmente. Que lástima que tuviera que cerrar, quizá pudo haberse manejado con un o una digitadora de página web, pagada desde luego con alguna propaganda: banners o sponsors; muchas empresas de Costa Rica muestran enorme interés social. Don José, gracias por su artículo, los lectores merecíamos eso. Yo escribo artículos desde hace ocho años rutinariamente en varios medios impresos y digitales, lo hago por el vicio de escribir, “me gusta leerme”: ese narcisismo literario es parte de mi existencia. E reitero mi agradecimiento.
    Rogelio Arce Barrantes

  6. mario León

    Me uno a los comentarios y lamento la desaparición de este medio. ¿hay posibilidades de revivirlo?

  7. Alejandra Fernández Bonilla

    Sí don José, es una lástima que esas iniciativas se cierren. Me parece que era también necesario más divulgación entre los profesores de secundaria, para que pusieran a los jóvenes a leer sobre la realidad nacional y puedan analizarla desde diferentes ópticas.

  8. Luis Gutiérrez

    No me perdía uno sólo de los artículos de Tribuna Democrática desde que la descubrí, hace ya varios años. Realmente una gran pena su desaparición, máxime en medio de este periodo de oscuridad por el que atraviesa nuestro país.

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