Breves palabras célebres: J. R. Mora y A. Lincoln

• Palabras en la 3ª Cena Morista

 

Por Juan Durán Luzio, catedrático de Literatura, Universidad Nacional.

 

El célebre discurso de Abraham Lincoln conocido como Gettysburg Address es un texto breve: son solo 272 palabras dichas por el presidente de los Estados Unidos en plena Guerra Civil, en el sitio de la batalla de Gettysburg, estado de Pensilvania. Lincoln pronunció ese mensaje el 19 de noviembre de 1863, cuatro meses después de esa cruenta confrontación, durante una ceremonia celebrada para dedicar parte del campo de batalla como un cementerio que honrase a aquellos que habían perdido sus vidas en esa feroz lucha que después de tres días dejó alrededor de ocho mil muertos. Pero Lincoln en vez de hablar del pasado, en vez de hablar de los muertos, habló del futuro, apeló a los vivos para preservar y santificar los principios por los cuales aquellos habían entregado sus vidas en el campo de batalla.

 

Anterior en ocho años al Gettysburgh Address, el día 1° de marzo de 1856, en vísperas del inicio de la guerra contra los filibusteros de William Walker, el presidente de Costa Rica, Juan Rafael Mora, pronunció una proclama, hoy conocida como Segunda Proclama, la cual es también breve: 311 palabras. Su contenido expone convincentemente el por qué los costarricenses debían marchar a la guerra con urgencia: era imperioso liberar a Nicaragua de los filibusteros para defender a Costa Rica y al resto de Hispanoamérica de invasores piratas; no de otra manera se podría mantener la visión y la esperanza en un futuro libre y soberano para la familia costarricense, para su pueblo.

 

Se ha discutido entre los historiadores estadounidenses acerca del punto preciso desde el cual pronunció Lincoln sus palabras ese día 19 de noviembre de 1863, en los alrededores de Gettysburg, escenario de esa gran batalla que anunciaba el comienzo del fin de la Confederación sureña; preciso era inaugurar un cementerio para sepultar a los caídos, y un santuario para honrarlos.

 

Aquí en Costa Rica, poco se ha dicho del punto preciso desde el cual el presidente Mora pronunció su Segunda Proclama. Voy a suponer que sus palabras fueron dichas desde el atrio de la catedral de San José, a media mañana de ese luminoso día, después de convocarse a la población por medio del golpe de tambor, con el templo y el distante volcán Irazú como silenciosos testigos.

 

El asunto no es banal, porque estos textos expresaron en ese tiempo y espacio precisos, el sentir de miles; era el verbo de solo dos hombres, cierto, pero su mensaje fue tal que ha quedado en el alma de los pueblos que hoy deben venerarlos. Eran las palabras justas dichas en el tiempo y en el lugar precisos; pocas palabras, cierto, pero destinadas a  comunicar una verdad imperecedera.

 

En cuanto a su forma literaria, ambos escritos se debaten entre el ensayo breve y el poema en prosa: lenguaje pulcramente organizado y sin embargo directo y urgente; frases cadenciosas, anáforas precisas, antítesis claras, cuyo llamado se construye en oposiciones binarias simples: en Lincoln, morir para dar vida; en Mora, combatir para alcanzar la paz. Textos cuyo ruego es altivo, y sin embargo el tono imperativo y solemne surge de modo casi natural.

 

Desde luego hay en Mora y en Lincoln una clara idea de la nación anhelada, un plan de sociedad futura, una fe y optimismos fortalecidos por el enorme desafío que esos mandatarios enfrentan: en Mora, conducir por primera vez un ejército nacional hacia la frontera para defender el territorio patrio de invasores extranjeros; en Lincoln, evitar la secesión del país y defender la igualdad entre todos los hombres, en fin, impulsar el triunfo de nobles y humanitarios ideales para que esas miles de vidas tronchadas en los campos de batalla no hubiesen muerto en vano.

 

De algún modo similar ambos oradores intuyen que algo grande comienza en ese día, tal vez el más glorioso de sus vidas. Y en efecto, sus palabras testimonio de esta intuición, dichas ese día, no serán nunca olvidadas porque ambos discursos son un canto a la libertad e igualdad del hombre y de los pueblos, a la nueva república que poco a poco surge soberana y democrática, tanto así en la gran unión del norte como en una pequeña nación de la América Central.

 

De este modo, parece indudable que lo dicho por ambos mandatarios, impulsó, desde ese momento, la fuerza necesaria para las luchas definitivas y la victoria final, en el caso de Mora; y en el caso Lincoln, para triunfar en una guerra extenuante, de modo que el gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo continuara por siempre jamás.

 

Deseo finalizar estas ideas con una curiosidad: mucho ha llamado la atención de los historiadores estadounidenses el hecho que la palabra esclavitud no aparezca en el Gettysburg Adress; sin embargo, don Juan Rafael Mora sí la emplea al principio de su Segunda Proclama. Dice allí: “Marchemos a Nicaragua a destruir esa falange impía que la ha reducido a la más oprobiosa esclavitud; marchemos a combatir por la libertad de nuestros hermanos”. La palabra esclavitud no está usada aquí en sentido metafórico: esta falange impía proviene mayormente de los estados esclavistas del sur de los Estados Unidos y entre sus planes está la esclavitud, la cual William Walker, como presidente de Nicaragua, restableció en setiembre de 1856. Así, si no se rompían las ensangrentadas cadenas que ataban a Nicaragua, tarde o temprano, estas caerían sobre Costa Rica.

 

Con distancia de años y lugares, Juan Rafael Mora y Abraham Lincoln han combatido en contra de los mismos enemigos y su coraje y sus ideales continúan alentando y nutriendo el sentir democrático e igualitario de sus naciones.

 

 


1 comentario

  1. Excelente comentario, le da su lugar a Juan Rafael Mora

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