José Merino del Río: Encuentros cercanos del tercer tipo

Conocí a José Merino del Río en 1970. Recién llegado y con Nieves Martínez al lado, con lo cual la historia de José tiene un antes y un después. Particular forma de ser de un español de los setenta, con ideas políticas definidas, en la manera de ver nuestras tierras como Hispanoamérica que luego él transformó en Nuestra América. Singular manera, también de ver un marxismo en transformación, él, que parecía tradicional, había escogido otras tierras, México y Guatemala, para venir a dar a Costa Rica, donde tenía un familiar, y que luego descubrimos era un cura, llamado subrepticiamente: “El Tío”, o algo así. Pues la discreción de Merino del Río estaba sujeta, también, a lo que podría desarrollar con su propia práctica política que luego supimos, tenía sus transformables bemoles y sus aperturas necesaria para conversar en la calma chicha de esa Costa Rica, que él descubrió, y ya nosotros veníamos sufriendo, por decir algo.

 

Su cultura política era justamente muy abierta, pues José Merino del Río venía de las luchas estudiantiles de la Europa del sesenta y ocho, aunque era parco en el hablar y más aún en el contar. Debo decir que los que estábamos haciendo la Costa Rica de ese entonces, éramos mayores que él, un quinquenio, y en muchas cosas ya estábamos de vuelta.

 

La lucha abierta de nosotros, y fuimos varios los compañeros de viaje, era la legalidad para el partido Vanguardia Popular, y para otras fuerzas de izquierda, y el que se pudieran participar en justas electorales, para sacar dos a tres diputados, muchos munícipes, y apoyar diversas luchas sociales y políticas, como las que dimos desde el Comité Costarricense de la Juventud, del cual fui presidente algunos períodos.

 

Merino traía, y tenía una visión planetaria de la política, de su formación básica en España, lo cual le sirvió para analizar la historia costarricense y la del Partido Vanguardia Popular, así como varios textos fundamentales de lo mejor del liberalismo nacional, cuando empezaron a editarse los volúmenes de la antigua “Biblioteca Patria” (ECR). Eso le permitió pasar de su minúsculo movimiento Frente Estudiantil del Pueblo (FEP) al Movimiento de Acción Revolucionaria (MARS) para integrarse, desde 1974 al Partido Vanguardia Popular, atraído por la personalidad de don Manuel Mora Valverde y la labor del partido en la Asamblea Legislativa.

 

El resto es historia. Es la forja de un político, singularísimo, en el área editorial y política del PVP, llegando luego hasta la Comisión Política y al Comité Central. Desde allí Merino del Río estableció una visión de diálogo con los artistas y creadores costarricenses, y centroamericanos, usando para sus labores el noble lema de “Trabajadores de la Cultura”.

 

En el Semanario Libertad lo conocimos mejor y auspició algunos artículos renovadores, para escapar a las garras de los neostalinistas, sobre todo el valor de Antonio Gramsci, y su concepción del periodismo partidario se amplió de manera muy positiva entre los militantes y las personas con simpatías hacia la izquierda, en una época de grandes movimientos sociales en América Central. Si uno lee con detenimiento a Merino del Río, para esas fechas había ido desarrollando dos ideas básicas, referidas a Costa Rica: el concepto de democracia disfuncional y clepto-república o clepto-gobierno, con base a la observación práctica de lo que estaba sucediendo a partir de 1974, para citar una fecha precisa. El proceso de maduración llegó a los treinta años, en la plenitud de su labor doctrinaria, interna primero, luego despegando, algo tímidamente, con base en la praxis de don Manuel Mora Valverde y sus aportes al desarrollo de las ideas políticas, cierto aperturismo necesario, como nos quedó claro en la campaña de Pueblo Unido de 1982, en donde fue voluntad colectiva de convergencia.

 

Lentamente fue superando el tribalismo familiar y cronológico que existía en el seno del Partido Vanguardia Popular, acercándose francamente a una fracción, y sabiendo que esta era la única de recibo en ese momento. Recuerdo muy bien, y eso tendrá que estudiarse en detalle, la influencia, benéfica y nefasta, de la antigua Revolución Sandinista, sus fracciones, en el seno de la militancia vanguardista, entre 1977 y 1981, en donde el sector más exigente con el paso del tiempo, exigía una agenda más rápida y otros asuntos de índole interna, cansados, y bueno es decirlo, del eximio liderazgo, tan particular, de don Manuel Mora Valverde.

 

Aquí ya había aparecido nuestra compañera Patricia Mora Castellanos, que insufló al joven político de nuevos bríos, inteligencia y solidaridad amorosa, para dar por construido el Merino que todos conocimos en sus mejores años. Democracia y justicia social fueron los lemas de su brillante gestión legislativa, en dos diferentes períodos. Unidad y vertebración de lo político esencial en la labor legislativa, que se manifestaron en sus brillantes informes sobre la corrupción estatal, en el seno de la empresa privada y en los ámbitos de las finanzas. Algunos son documentos históricos, en donde la labor suya y de sus asesores, servirá para conocer diferentes momentos de nuestra historia contemporánea.

 

Profesor, conferencista, orador, conversador amigable y culto, en acción sobre las tarimas o reposado en los usos de lo dialógico, logró el respeto y el cariño de diversos sectores nacionales. Fue punto de referencia de los estudiantes, los campesinos, los sindicalistas, las mujeres y los defensores de los derechos de la minorías. Sin temores o cálculos electoreros. No deja herederos políticos sino discípulos o legatarios. Todos deberíamos ser José Merino del Río, para así mantener su memoria. Debemos evitar que se manosee su legado o se lo eleve a los altares del culto a la personalidad, para inmovilizarlo. Su mandato es acción, construcción de un partido pluriclasista, democrático, abierto al diálogo, sabiendo a qué herencia renunciamos y cuál aceptamos, como parte de nuestras convicciones, para que no se diluya nunca en la memoria de los costarricenses. ¡Qué iba a pensar uno en lo que habría de convertirse aquel joven zopetas cuando lo conocimos en  1975! Un auténtico costarricense, pues la patria que se escoge es a la que más se ama, heredero de las múltiples promesas de los forjadores de nuestra nacionalidad y cultura, de Gregorio José Ramírez a Eduardo Mora Valverde y Humberto Vargas Carbonell, honor y premio para los que hemos sido, desde hace ya muchos años, auténticos compañeros de viaje. A mucha honra de que nos fuera permitido por ellos.

 

(La Prensa Libre)


2 Comentarios

  1. José Rafael Flores Alvarado

    Excelente artículo, Alfonso.-

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