Un costarricense excepcional

• Palabras en la sesión solemne del Observatorio de la Libertad de Expresión en memoria del honorable Gerardo Trejos Salas (1946-2012). Universidad de Costa Rica, 10 de octubre de 2012.

 

Gerardo Trejos Salas vive, mientras vivamos nosotros. Su impulso vital permanece en los afectos de quienes enriquecimos nuestra existencia con la suya; en la ciudadanía activa que encarnó virtuosamente; en las instituciones que plantó en el surco de la patria; en los principios del derecho esculpidos por él en la ley; en las empresas  de servicio que desarrolló; en las ideas que con su pluma diseminó en la prensa, el ensayo y el libro. Nos reunimos en el ocaso de este día invernal, lluvioso y reverdecedor, a celebrar su próvido paso por el terruño que él amó entusiasta, disfrutó con regodeo, cultivó imaginativo y engrandeció diligente. Su influjo benéfico trasciende la familia y los amigos, los discípulos y los lectores, los colegas y los adversarios, su profesión y sus aficiones: su impronta marca amplios espacios en América y en Europa. Atisbos y certezas suyos lo caracterizan como un hombre del Renacimiento –incluso un genio, incomprendido como suele sucederle a los seres excepcionales– en las postrimerías del siglo XX y los comienzos del XXI.

 

Herediano hasta la médula, de hiperactiva curiosidad e inteligencia notable, quizá como signos de contradicción, su nacimiento en 1946 y su deceso en 2012 sucedieron aquende el Pirro. Vástago de juristas, educadores y políticos, fue hijo de la maestra Eida Salas Conejo y del recordado profesor José Alberto Trejos Dittel, quienes levantaron una generosa familia con catorce niños. Su infancia y mocedad transcurrieron bajo la campana de la Inmaculada y al pie del Fortín, saturada su perspectiva de país por un heredianismo no desteñible ni disipable. Su voz de tenor lírico se escuchó en veladas escolares, su pasión por la poesía nació en el liceo, sus amores puros de adolescencia florecieron en el antiguo parque donde Rubén Darío admiró “muchas mujeres bonitas”, atractivo singular de la que el bardo denominó “ciudad corronga”.

 

Sus padres docentes aspiraban a que el hijo optara por la carrera de maestro normalista pero él escogió la senda del Derecho, a la manera de su tío bisabuelo José Gregorio Trejos, quien dirigió el Poder Judicial y presidió la Asamblea Nacional de 1870 que dio a luz la longeva Constitución Política de 1871. Pero hasta ahí el paralelismo pues el ancestro era conservador a la herediana y fue candidato presidencial por la Unión Católica, en tanto el retoño resultó progresista, libre pensador, anti religioso e iconoclasta.

 

A los 17 años de edad conoció a Luis Alberto Monge, quien influyó en su vida en muchos sentidos. Fue el futuro Presidente de la República quien lo renombró Trejitos, apelativo cariñoso con el que muchos lo identificarán. Nunca aprendió a escribir a máquina y menos a manejar el computador, aunque se ocupó durante un bienio como secretario de la fracción parlamentaria del Partido Liberación Nacional. Pasó a desempeñarse como secretario del entonces Secretario General liberacionista por las tardes y acudía a las aulas por la mañanas. Fue el alma del periódico ideológico Surco Nuevo por cuatro años, órgano juvenil del partido. En ese entonces determinó su inclinación por la acción política, indispensable en la democracia a pesar de, según sus palabras, “la fetidez y mal olor de esas actividades”. En rebelión con sus padres, residió un periodo en la cabina de Luis Alberto, acurrucada en una estribación del Barva, e integró a su modo de ser la máxima melificadora: “La bohemia bien administrada, humaniza”.

 

En la Escuela de Derecho de la Universidad de Costa Rica se distinguió por su capacidad de comprensión de la filosofía, la historia y la ley. Fue alumno brillante, así reconocido por sus profesores y por sus mismos compañeros quienes lo eligieron presidente de la asociación estudiantil. En aquellos comicios universitarios, convidó como tesorero de la fórmula triunfadora a Rafael Ángel Calderón Fournier, primera prueba electoral del futuro Presidente de la República. Ganó la licenciatura en Derecho con una tesis sobre La tutela procesal de los derechos en América. Desde entonces comenzó a vincularse con figuras descollantes del derecho en España, Italia y Francia, ya que la cultura jurídica latina imantaba hacia la Europa del mediodía su talante de trotamundos.

 

Para esa época había empezado a arraigarse en él su muy particular joie de vivre, ese gozo de vivir que lo diferenció siempre. Más que herediano o josefino, fue parisino en sus gustos. Su estima por los destilados del grano y de la caña, los caldos añejados de la uva y el sabor refinado del tabaco rubio. La ternura por la hembra humana: “Si Dios creó algo mejor que la mujer, se lo habrá reservado para sí mismo y aún no lo comparte con los mortales”. La delectación por la buena mesa y no solo de comensal pues con una oda de Pablo Neruda por receta preparaba un memorable caldillo de congrio. La camaradería con los amigos, la conversación deleitosa, la ironía florentina. El placer por la música, de la ópera verista al género chico de la zarzuela, de la samba al tango, del pasillo a las rancheras, del bolero al vals. El encanto por las artes, la pintura, la escultura, el teatro. La expansión en las ideas, el estudio de autores diversos en géneros variados, la fruición por los libros, la exploración de lenguas y civilizaciones distintas. Por encima de todo, el cultivo de la justicia y el derecho en su sentido lato: lo justo y lo recto. En términos actuales, puede certificarse que vivió en banda ancha.

 

En la Universidad Autónoma de México realizó un curso de diplomado sobre Derechos Humanos, tema dominante en sus intereses académicos. Amplió relaciones con renombrados juristas hispanoamericanos. Contrajo nupcias con la abogada e historiadora Marina Volio Brenes, matrimonio henchido de vicisitudes que acabó en una década. Viajó a Europa, donde se desempeñó como secretario del ex Presidente de la República Otilio Ulate Blanco en la Embajada de Madrid y luego fue cónsul en Estrasburgo, Francia. Se doctoró en Derecho por la Universidad Complutense con una tesis titulada La adopción en Costa Rica y su reforma, sobresaliente. En la Academia Internacional de Derecho, La Haya, hizo un curso de Derecho Comparativo. Cuatro cursos doctorales sobre Derecho de Familia terminó en la Facultad de Derecho de Estrasburgo, en la cual ganó un diplomado para la enseñanza del Derecho Comparado. Nunca apuró su sed de conocimiento: todavía hace un par de años quiso completar estudios de Filosofía en la Universidad de Costa Rica. El proceso de su formación académica y profesional en América y Europa muestra algunas vetas de su carácter. Entre sus virtudes intelectuales resaltan la perseverancia denodada, el coraje intelectual, la confianza en su razón y su autonomía personal, talentos que le permitieron pensar correctamente y actuar con rectitud.

 

El ímpetu creativo marcó su retorno de Europa. En cosa de tres años, ganó el premio Alberto Brenes Córdoba del Colegio de Abogados, con su obra Derecho de Familia; estableció la Editorial Juricentro; fue nombrado decano en la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional; y fue cofundador de la Escuela Libre de Derecho. De los 28 a los 30 años de edad, era nada menos que toda una tromba generatriz. Si el movimiento produce fricción, pronto saltaron las chispas de los disconformes y el chirrido de los desacordes se hizo escuchar.

 

Tres lustros ocupó la decanatura en la hoy universidad prestigiosa que es la Escuela Libre de Derecho. Su paso por la decanatura de la Escuela de Relaciones Internacionales le sería útil para el cumplimiento de sus responsabilidades futuras en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Si bien la docencia no fue su opción preferente, en varias oportunidades se desempeñó como profesor de Derecho en la Universidad de Costa Rica, la Universidad Latina, los cursos de Derecho Internacional del verano carioca en el Comité Jurídico Interamericano, así como en otras instituciones foráneas. Presidió por 22 años la sección costarricense de la Asociación Henri Capitant de amigos de la cultura jurídica francesa.

 

Los estudiantes de Derecho eran “cuadernícolas” antes de la aparición de Juricentro, primera editorial centroamericana especializada en esa rama. La empresa abrió brecha a una pequeña o mediana industria que crece conforme aumenta la cantidad de escuelas de derecho y se multiplica el número de los estudiantes de abogacía. Al cabo de sus días, se le propuso dictar unas memorias sobre sus relaciones con escritores cuyas obras vieron la luz en esa benemérita casa editorial de propiedad particular y servicio al público; hubiera sido una historia intelectual de casi cuatro décadas. Difícilmente pudo alguien imaginarlo como el exitoso empresario que fue, sistemático en el manejo de las finanzas, quien llevó las relaciones autorales con su sola palabra sin ningún contrato escrito. Su experiencia de editor fue altamente apreciada en Bogotá, cuando fungió como miembro del Consejo Directivo en el Centro para la Promoción del Libro en América Latina. Juricentro ha hecho más por la cultura nacional que muchos ministros de Cultura y que algunas editoriales dependientes del erario público. La atiborrada librería, a un costado de los principales edificios judiciales, se transformó en sitio de tertulias jurídicas, políticas y literarias que a menudo se desbordaban a la acera. La empresa garantizó a su propietario independencia económica suficiente para ejercer su libertad sin cortapisas, al extremo de ser conocido entre sus amigos como “el inimputable”.

 

Más de 30 son los títulos de obras suyas registradas en el catálogo de la Library of Congress de Estados Unidos, como autor o coautor, libros publicados entre 1977 y 2012, alguno de ellos hasta con cinco ediciones. Leo una veintena de títulos que revelan la amplitud de su obra escrita. Sobre el Derecho en general: El derecho costarricense: sinopsis. Sobre Derecho Constitucional: Constitución y democracia costarricense; Jurisprudencia constitucional. Sobre Derecho Civil: Código Procesal Civil: anotado y concordado. Sobre Derecho Laboral: Estudios de derecho colectivo laboral costarricense. Sobre Derechos Humanos: Derecho internacional de los derechos humanos: la Convención Americana; La prohibición de la fecundación in vitro en Costa Rica; La tutela procesal internacional de los derechos humanos en América. Sobre Derecho de Familia: Código de Familia: concordado y anotado con jurisprudencia e índice analítico y alfabético; Derecho notarial y registral de la familia; El divorcio y la separación judicial por mutuo consentimiento; El nuevo régimen legal de la adopción; Introducción al Derecho de Familia costarricense; La adopción y su reforma. Sobre cuestiones políticas: Falso, absolutamente falso; La oposición democrática; Banco Anglo, la sombra de la corrupción. Sobre memoria e historia: Remembranzas: pequeñas acuarelas; Una mala reputación: memorias y reflexiones inconclusas; Vida y leyenda del General Volio. Y quedan por fuera varios libros suyos, además de sus ensayos, prólogos, discursos y artículos de prensa. Qué vida intelectual tan fructífera, cuánta concentración productiva, qué capacidad de disciplina.

 

En Estrasburgo había observado el funcionamiento de la Corte Europea de Derechos Humanos. Un día concibió la idea de que la Corte Interamericana de Derechos Humanos pudiera domiciliarse en San José. Redactó un párrafo que llevó al recién electo Presidente de la República Rodrigo Carazo Odio, para su discurso de toma de posesión: “Costa Rica, antigua sede de la Corte de Justicia Centroamericana, ofrece desde ya, a la Organización de Estados Americanos, su territorio, para sede de la Comisión y de la Corte de Derechos Humanos, cuya creación está prevista en el artículo 33 de la Convención Americana de Derechos Humanos”. Creía él que las ideas más difíciles son realizables con sobredosis de audacia, tenacidad y sensatez. Según la parla de los management consultants a la moda, pensaba “out of the box”, vale decir, cogitaba de forma lateral, nada convencional, más allá de lo obvio.

 

Fue un parlamentario egregio, en el sentido original romano: alguien que se destaca del rebaño o grex. Ya en su primera juventud se impuso el deber del servicio público desde el Poder Legislativo. Laboró en el Departamento de Servicios Técnicos y así participó de manera decisiva en la formulación del Código de Familia. Tal era su destreza en la materia, que fue llamado a colaborar a título de redactor principal del Código de Familia de El Salvador. Cambiado el partido de sus años mozos en una maquinaria electoral que le cerraba el acceso al Congreso de la República, fue cofundador del Partido del Progreso que lideró Isaac Felipe Azofeifa, y luego de Fuerza Democrática, el partido de la naranja, que hizo posible su elección. Presidió por cuatro años la Comisión de Asuntos Jurídicos en la cual, testimonia su colega legislador Alberto F. Cañas, “empezó a desplegar una increíble labor, promoviendo debates, impidiendo demagogias, empeñado en no permitir que los diputados perdieran el tiempo. Y por supuesto, el directorio comenzó a enviarle los proyectos realmente importantes. Conducía su comisión con firmeza, dirigía los debates con eficiencia. En pocas ocasiones durante mi vida parlamentaria, disfruté más”.

 

Muchas son las iniciativas de ley surgidas de su cerebro privilegiado, las cuales ameritan un sistemático examen exhaustivo a objeto de sintetizar su proyecto de país, visión de sociedad, filosofía del derecho, concepción de los poderes públicos y sitio preeminente del ciudadano. Hay una de ellas, empero, que por su inmenso alcance solo es comparable con el panorama matinal contemplado desde la cima del Chirripó: el título preliminar del Código Civil. ¿Para qué ir al Gobierno cuando la acción política es la más desprestigiada de las funciones en estos tiempos amargos? He aquí una respuesta práctica a esa cuestión. El Presidente Monge lo incorporó a su gabinete ministerial, en los diez meses finales de la Administración, y logró que se enviara a sesiones extraordinarias de la Asamblea Legislativa un proyecto suyo presentado dos años antes. En el centenario del Código Civil, se promulgó la más trascendente modificación al marco legal vigente, que reafirma la unidad interna del sistema jurídico en aras del desiderátum de la justicia pronta y cumplida. A partir de 1986, los tribunales de la república y la Sala Segunda de la Corte usan los principios de equidad, de fraude de ley, de ejercicio de los derechos conforme a las exigencias de la buena fe, y del abuso del derecho o su ejercicio antisocial, principios todos articulados por su enorme capacidad de innovación, elementos que expresan la quintaesencia de sus ideales legislativos y conforman la base del derecho costarricense.

 

Cuatro jurisconsultos nuestros han sido aureolados por el Comité Jurídico Interamericano a lo largo de seis décadas: Alejandro Aguilar Machado, Gonzalo Ortiz Martín, Eduardo Ortiz Ortiz y Gerardo Trejos Salas. Todo internacionalista del Mundo de Colón aspira a ingresar, por rigurosa elección continental, en la pléyade de ese órgano consultivo de la OEA, auténtica junta de notables del Derecho Internacional de las Américas. De los cuatro, solamente uno fue objeto del reconocimiento unánime de sus compañeros de Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Estados Unidos, Guyana, Jamaica, México y Venezuela. Al culminar su cuatrienio, el Comité acordó en Río de Janeiro: “Dejar constancia del sincero reconocimiento al doctor Gerardo Trejos Salas por su dedicada y generosa participación en todos sus trabajos y actividades”. En un párrafo que satisface a cualquier costarricense de bien, añade la decisión: “Expresar(le) su agradecimiento por su destacada contribución en el estudio de las materias que figuran en la agenda del Comité, principalmente en lo relacionado a la persona humana en el Derecho Internacional americano contemporáneo, la guía legislativa sobre fecundación médicamente asistida, la lucha contra el tabaquismo, los efectos y tratamiento de la teoría del tribunal inconveniente, democracia y Derecho Internacional”. Difícil habrá sido para él ubicarse al par de los recordados maestros Aguilar Machado, Ortiz Martín y Ortiz Ortiz por su alta autoridad moral, sus conocimientos científicos y su rica experiencia. Más empinado será equipararse a él en la esfera del Derecho Internacional de las Américas.

 

Hace 28 años, encontró su pareja idónea en la doctora odontóloga Gloria Mazariegos Palacino, dama virtuosa y rica en indulgencias acumuladas en el apoyo constante a un caballero excepcional. Su familia fue bendecida con dos hijos: Sofía, doctora en medicina, y Antonio, estudiante de Derecho y Ciencias Políticas. Repito ahora lo que dije en el 2002: “Pensándolo bien, a don Gerardo –como escribió José Martí, otro abogado sin protocolo– le ha sido todo fácil, porque tiene consigo el secreto de toda victoria, que es la compañía de una buena mujer. ¿Qué importan todas las serpientes de este mundo, si se tiene un rincón de paredes blancas, y una mano pura que apretar, cuando todo cesa, en el silencio; si de la amistad de las dos almas nacen los hijos buenos y bellos?

 

Al concluir estas palabras mías, insuficientes sin dudas en el compromiso de reseñar una existencia tan prolífica, intentaré responder a la pregunta: ¿Y qué tiene que ver todo lo anterior con el Observatorio de la Libertad de Expresión? Desde niño le importó la difusión de las ideas, el opinar sobre lo humano o lo divino, ejercer el pensamiento crítico y hacer patria con la pluma. En Heredia fundó y dirigió el periódico Alma Liceísta. En su juventud encabezó el equipo que producía Surco Nuevo. En sus años universitarios, escribió editoriales para La República… a treinta colones el artículo. Siempre colaboró con las publicaciones que le abrían espacio a sus textos. De París, trajo la inquietud de implantar en Costa Rica un periódico serio de contenido, análisis y reflexión semejante a Le Monde. En compañía de unos quijotes echó a andar Últimas Noticias, que dirigió en sus cortos e intensos cuatro meses de existencia. Quería un periódico, según sus palabras, “para la expresión de una opinión pública verdadera, no tendenciosa ni comprometida únicamente con los poderosos”, pues le preocupaba “la homogeneidad de los matutinos, voceros de los sectores más extremadamente conservadores, que han constituido un bloque periodístico que el lector digiere cada día, como el pan diario: bloque plano, sin matices, sin fisuras, como ruedas de molino que se hacen pasar por la verdad” –decía él–. Cuando se produjo una vacante, los miembros del Observatorio de la Libertad de Expresión lo invitamos, por unanimidad, a trabajar con nosotros. Ahora, ¿cómo podremos sustituirlo?

 

Gerardo Trejos Salas y yo hemos sido amigos fraternos por 44 años, desde que fuimos presentados por nuestro común amigo Manuel López Trigo, actual embajador de Costa Rica en Corea. Decía nuestro cofrade ausente que con Manuel se pueden pasar ratos interminables y agradables de conversación, por su habilidad excepcional de verle el lado cómico a las situaciones y las personas, así como por su ingenio inigualable para inventar bromas y chistes. Más pronto que tarde, nos reuniremos de nuevo los tres a disfrutar de la eternidad, ahí sí, en una plática infinita. Fue el Dr. Trejos Salas buena persona, buen esposo, buen padre, buen amigo, buen ciudadano, solo que en grado superlativo. Para mí, la patria se achicó desde su fallecimiento.