Enfoque

Ya no somos lo que éramos. El principal resultado del Censo de Población del 2011 es dejar en claro que nuestra sociedad pasa por muchos cambios muy rápidos y profundos. No los percibimos porque andamos absorbidos por los problemas del día a día, desde el hueco de la pista y la debacle de la trocha fronteriza hasta el descontento ciudadano con un sistema político disfuncional y un gobierno desgastado. Sin embargo, no hay duda de que los cambios en marcha ya tienen impactos de fondo sobre nuestra vida social. Hay aceleradas transformaciones en la organización de nuestros hogares. Las familias tradicionales (papá, mamá e hijos con o sin otros parientes) son cada vez menos: hace diez años eran 60 de cada 100 hogares; hoy la proporción se sitúa en 50. Son cada vez más hogares monoparentales y personas viviendo solas (adiós pareja). ¿Qué implica todo esto? Niños que crecen sin ambos padres, una situación que mal manejada tiene consecuencias sobre sus personalidades y, por otra, la indispensable necesidad de ampliar los servicios para el cuido infantil.

 

Un segundo cambio es, justamente, la baja en la proporción de los niños. Hace unos treinta años éramos un país de niños: 43 personas de cada 100 tenían doce o menos años. Ya no: hoy son solo 30 de cada 100. Hay ciento treinta mil niños menos que en el año 2000. ¿Qué efectos tiene esto? En pocos años, el MEP tendrá muchas escuelas vacías y maestros sin alumnos. Hay que preverlo. La otra cara de la moneda es que la cantidad de adultos mayores aumentó en más del 50% en apenas una década: la solución tradicional de que las familias se apañen con sus viejos ya no es viable.

 

Un tercer cambio es el cambio definitivo de Costa Rica de una sociedad rural a una urbana. Hoy casi tres cuartas partes de la población vive en centros urbanos. En todo el mundo la urbanización está asociada a sociedades más abiertas y estilos de vida alternativos. Sin embargo, también ha propiciado una contaminación nunca vista, el uso dispendioso de energía y la pérdida de integración social. Nuestra acelerada urbanización torna crítico la cuestión del ordenamiento territorial, el buen uso de un bien escaso como el suelo. No obstante, en este tema andamos cuiteados, un rezago suicida.

 

Hay, obvio, más cambios, algunos de ellos positivos en educación y acceso a servicios. El punto es que nadie gana votos afrontando las grandes cuestiones que los censos retratan. Facilísimo decir “quiero un país desarrollado, equitativo, ecológico”. Otra cosa es contrastar esos deseos con las tendencias reales registradas por una herramienta de planificación de largo plazo como el censo. Urge levantar la cabeza, estudiar los datos y actuar.

 

(La Nación)


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