Enfoque

Los cuentos siempre empiezan con eso de “Había una vez…”. Pero: ¿por qué una vez y no muchas veces? O por qué no entrarle directamente al trapo con algo así como: “A las 3:45 de la tarde, mientras llovía, la princesa vio un sapo”. Quizá se pierde en evocación, pero economizamos verbos, cosa hoy muy valiosa. Más aún, ¿por qué siempre tiene que existir una princesa en cuestión? Eso ya ni se estila. Y, puestos en vena crítica, Caperucita Roja (¡quién viste hoy caperuzas!) debiera usar minifalda; el lobo feroz debiera reciclarse como banquero inescrupuloso, un personaje real, a fin de poner salsa a la historia. La cosa es que los cuentos de hoy ya no son lo que eran.

 

Una historia moderna, que todo niña o niño entendería, diría algo así como: “Cenicienta tenía todas las tarjetas de crédito: doradas, platino, diamante; de esas para acumular millas, lograr rebajas y canjear regalos; American, Visa, MasterCard, Diners. Y, en efecto, todo lo compraba a mitad de precio. Un buen día, sin embargo, mientras caminaba solita por ahí, pensando en el Ipad 3 que había comprado al desayuno, se le apareció un monstruo (no el de Saprissa) y le dijo: “Cenicienta: te bloquearemos las tarjetas. No pagas hace tres meses. Debés tanto que ni tus nietos podrán pagar”.

 

Cenicienta, que no tenía un pelo de tonta, suplicó: “No es mi culpa: cuando nací el Banco me dio dos tarjetas para bebé sin preguntar. ¿Por qué ahora me socan? Señor monstruo: ¿cómo hiciéramos?”. El monstruo se mostró inflexible y no aceptó la insinuación de ir a bailar juntos. Se cerró en que ella debía pagar (tenía jefes y temía que le cortaran el rabo en el call center donde trabajaba). Sin embargo, tanto lloró Cenicienta que, luego de consultas, propuso: “Te daremos un mes para pagar lo que debes”. Luego desapareció.

 

Cenicienta quedó muy contenta. Un mes es mucho tiempo, pensó, mientras comía en el restaurante más caro de la ciudad (el susto le había dado hambre). El caso es que el mes pasó, ella siguió disparando las tarjetas como siempre y un día, mientras birreaba con unos amigos, aparecieron seis monstruos (uno por persona) y dijeron: “¡Los agarramos a todos! Se acabó y nos los llevamos”. Entonces, los agarraron del cuello y les quitaron los carros. Al final, Cenicienta hizo un arreglo de pago: le mantuvieron las tarjetas, pero suscribió un pagaré a nombre del bebé que algún día tendría. Colorín colorado.

 

Un cuento así funde la tradición y la modernidad: hay monstruos y Cenicientas, pero también introduce a los niños al sistema financiero. Además, les recuerda que los ticos debemos 600.000 millones en crédito personal. Y que ellos pagarán las deudas de sus papás.

 

¡Cuál Caperucita Roja ni ocho cuartos!

 

(La Nación)


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