Papirofagia

Por Fernando Durán Ayanegui

 

Sabemos por Curzio Malaparte, corresponsal de prensa en la guerra ruso finlandesa del invierno de 1939, que los caballos de uno de los ejércitos fineses fueron engañados, mientras resistieron, con una mezcla alimenticia compuesta básicamente de pasta de celulosa confiscada a las fábricas de papel paralizadas por la guerra. Es de suponer que en aquel entonces no existía en Finlandia una sociedad protectora de animales y que, dada la escasez de suministros provocada por el bloqueo ruso del país invadido, los soldados también combatían con las tripas ociosas y, por lo tanto, no había razón para que a los equinos se les exigiera menos sacrificio que a sus compatriotas bípedos. Eso sí, parece haber quedado bien demostrada la menor resistencia de los caballos a la desnutrición: todos perecieron.

 

En 1955, el mismo autor escribía en una columna periodística: “…en esta lastimosa democracia…, la relación entre la arbitrariedad y la rebeldía tiene su apoyo en el parlamento… compuesto en su mayoría por gente no seleccionada, por profesionales de la política dotados de escasa cultura, de poca educación, de mediocre inteligencia y absolutamente ineptos para asumir la misión que les confía el pueblo. A decir verdad, el pueblo… no ha podido confiar ninguna misión a los llamados representantes suyos, a los que no ha elegido’, siendo estos los representantes, no ya del cuerpo electoral, sino de las camarillas dirigentes de los diversos partidos, los cuales eligen a sus propios candidatos entre la masa de los menos inteligentes y menos cultos, de los más serviciales y maleables, de modo que los puedan manejar y puedan tirar de sus hilos según según sus propios intereses.

 

Así sucede que, en el parlamento, las grandes ideas modernas de paz, de libertad, de justicia social, de solidaridad entre los hombres y los pueblos, están representadas por rebaños de pequeños hombres con mezquina y servil mentalidad…”

 

Malaparte no pretendía profetizar el futuro de ningún país centroamericano: solo daba testimonio del desprestigio que para entonces ya alcanzaba la clase política de Italia, un motivo de verguenza para cualquier Estado que se preciara de democrático. Lo citamos aquí para mostrar que, como la peste bubónica, ciertos males de la política vienen de atrás y de muy lejos, y para ofrecer una bocanada de optimismo a quien quiera aceptar que, por muy miserable que se haya vuelto, la democracia siempre tendrá futuro. Y como se trata de comparar, tenemos derecho a preguntarnos cuánto tiempo podrá sobrevivir una democracia alimentada solamente con papel, la comida para polillas.


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