Dos ángeles
Publicado por Flora Fernandez en ene 27, 2012 en Articulos | 0 comentariosApenas había pasado la Navidad del 2011 cuando recibí la triste noticia: tras una larga agonía, había muerto el Dr. Elmer Arias Campos, mi pediatra y el de mis hijos. Un capítulo importantísimo en mi existencia concluía con su partida: dos veces me salvó la vida y luego atendió a mis hijos con devoción y esmero. Además se iba el mejor amigo de mi papá que murió hace 18 años, dejándome de valiosa herencia de la profunda amistad con el Dr. Arias.
Miles de recuerdos fluyen en mi memoria de él y su familia que de alguna manera también fue la mía. Sigo sin explicarme cómo hace medio siglo, cuando casi nadie tenía automóvil, por lo menos una vez al año íbamos a Puntarenas las dos familias en el carro de los Arias. ¡Cómo lograba meter en un carro a 4 adultos y 5 niños es algo que todavía no comprendo! -Obviamente las leyes de tránsito eran muy diferentes, los carros más amplios, fuertes y estables; además no circulaba la flota actual. Las eternas cuatro horas de viaje por sinuosa carretera vieja al puerto, se olvidaban con lo que era realmente importante: la felicidad de todos los güilillas disfrutando el mar y la playa.
Cuando me tocó ser mamá, no hubo argumento que me convenciera de recurrir a otro pediatra que no fuera mi querido Dr. Arias. Me decían que estaba desactualizado, que los nuevos pediatras eran mucho mejores, que la medicina había cambiado mucho de cuando yo era niña. ¡Nada me convenció y para bien de todos, amorosamente atendió dos hermosos y saludables niños toda la infancia y hasta su juventud! Ahí no quedaron las cosas; a avanzada edad estudiaba como un muchacho y fue él quien logró controlar la hipertensión de mi esposo, convirtiéndose así en nuestro médico de cabecera.
Quizás lo más importante que lo retrata como un extraordinario ser humano, es que ya pensionado mantuvo muchos años su consultorio donde atendía principalmente niños de escasos recursos y nunca cobró por esos servicios. Recuerdo las innumerables bendiciones que inundaban su consultorio, derramadas por madres agradecidas saliendo con muestras médicas en una mano y la niña o niño enfermo en la otra o en brazos. Salían tan asombradas como agradecidas de la generosidad del médico que no les cobraba, también era frecuente encontrar frutas y vegetales que le dejaban de agradecimiento, varias veces compartió conmigo parte de esas “gratitudes”.
De las miles de consultas que le hice, hay una que no olvido por graciosa y a la vez aleccionadora. Una mañana amaneció Julio, mi hijo mayor, con una terrible diarrea. En ese momento tendría quizá unos dos años de edad, por lo que antes de irme al trabajo llamé al Dr. Arias y le reporté la condición de Julio. Me respondió “es la garganta” y de inmediato me recetó el remedio. Yo creí que no había comprendido que le estaba reportando “diarrea” mientras él recetaba para la garganta. Dejé instrucciones a la niñera de darle comida blanda, pero reticente como he sido siempre a los medicamentos, me fui al trabajo sin comprar la medicina.
Al regreso, encontré a mi hijo ardiendo en fiebre por lo que salí corriendo al consultorio del Dr. Arias. Sorprendido por el estado del pequeño, me preguntó si le había dado la medicina, le respondí negativamente y tras examinarlo me pidió me acercara y bastante molesto me dijo: “¡mirá cómo tiene la garganta!… con la medicina ya estaría bien”, unos minutos después, más tranquilo, me explicó con la dulzura que le caracterizaba: “ese es pan de cada día, todos los pacientes que he visto en estos días presentan los mismos síntomas y todos comienzan con diarrea, pero es la garganta…”. Nunca más puse en duda la enorme capacidad, conocimiento y certeza de sus diagnósticos aún antes de ver al pacientito.
Estando en su funeral, me llegó otra terrible noticia, el Dr. Carlos Agustín Páez Montalbán había muerto. El mundo se me hundió en ese momento, no sabía a cuál de los dos lloraba más, en realidad eran dos ángeles que perdía y me dejaban desolada. Solo el tierno abrazo de mi esposo logró devolverme un poco el ánimo y hacerme entender que debía dejarlos ir. La muerte es para siempre y no hay nada que podamos hacer al respecto.
Y es que el Dr. Páez, mi queridísimo Tín, además de gran amigo fue otro que me salvó la vida en momentos en que las anemias y otras complicaciones de la sangre me tenían realmente mal. Antes de ir a verlo la primera vez, consulté a varias personas con parientes o que habían sufrido lo mismo y todas inequívocamente me dijeron “Andá donde Tín”. Varias veces llegó de madrugada a mi casa a “sangrarme” y hacía ver todo tan sencillo, que alejaba de mí la angustia y preocupación con su permanente sonrisa y sentido del humor.
Repetidas fueron las transfusiones de hierro a las que tuve que someterme. Él mismo llegaba al hospital y se encargaba de aplicarlas con sumo cuidado, previniendo con antialérgicos posibles reacciones. Se quedaba tamaño rato conversando conmigo para estar seguro que todo iba bien. En tiempos del perverso TLC llegué con el examen de sangre en números rojos y masticando clavos de olor, “una perversión que me daba cuando andaba mal”. Recuerdo que le dije “Tín, componeme porque la lucha es dura y tengo que estar pura vida” él se reía y me decía “ya vas a estar como un cañón”. Juntos luchamos con todas nuestras fuerzas contra el nefasto Tratado. Tín, estudioso me pasaba datos complejos que encontraba y analizaba, mi aporte a la causa iba más dirigido a convertir tales hallazgos en algo comprensible para la mayoría de la gente.
Junto con Olga Marta, esposa y maravillosa compañera así como con don Walter Antillón y otros abogados, llegó a dominar aspectos legales con tanta propiedad que un día le dije “si seguís estudiando tanto derecho voy a terminar buscando a Olguita para que me cure…” no me refería a su hija, otra eminente hematóloga, sino a su esposa jurista que sin duda compartía muchos de sus conocimientos ¡Ese día de casualidad me dio de alta!
Ya mis dos ángeles no están en la tierra, creo que pese a ser ambos médicos, en vida no se conocieron ni fueron amigos, pero curiosamente emprendieron el camino el mismo día -hoy hace un mes-. No dudo ya son buenos amigos porque ambos están hechos de valores sólidos y comunes. A mí lo único que me queda de ambos, es un recuerdo imperecedero, una gratitud enorme y sobre todo el cariño enorme que les tuve en vida.
De veras que de esta vida lo único que nos llevamos es el amor que recibimos y lo único que dejamos es el amor que prodigamos. Todo demás es vanidad.
