General José Joaquín Mora, el caudillo olvidado

Por **Fernando Leitón Meneses**

• *Hoy se cumplen 150 años de su muerte en el exilio salvadoreño*.

En los grandes sucesos de la historia hay infinidad de hechos trascendentales, y a ellos siempre habrá grandes personajes vinculados íntimamente, como por destino propio. Nuestra historia particular es fiel a este principio.

Los acontecimientos ocurridos desde finales de febrero de 1856 y los hechos desarrollados en la hacienda Santa Rosa, que empezaron a echar por tierra las arrogantes intenciones del filibustero William Walker de tomar con un puñado de hombres nuestra capital, para continuar con su afán expansionista sobre Centro América, están ineludiblemente ligados a un gran personaje de nuestra patria.

Aquella memorable victoria y los episodios que llevaron a ella están particularmente asociados con un hombre, el caudillo que en favor del país aceptó tomar la ya arcaica y pobremente preparada fuerza militar costarricense para transformarla en la más digna tropa, “ejemplo de moralidad, disciplina y valor”, como lo referirían durante y después de la guerra los militares centroamericanos, en reconocimiento de nuestros sencillos y valerosos soldados.

A dicho personaje se ha dejado confundir entre las figuras de segunda línea, ignorando que fue el “arquitecto del nuevo ejército” costarricense a partir del año 1850, cuando don Juan Rafael Mora -en reconocimiento a su trayectoria y otras valiosas cualidades-, le asignó tomar el ejército bajo su mando, sin presentir siquiera por entonces lo afortunada que habría de ser aquella decisión para un futuro ya no muy lejano.

Ese caudillo, a quien el destino habría de ligar de forma indeleble con la célebre hacienda Santa Rosa y el primero y más glorioso triunfo de las armas costarricenses sobre las abyectas tropas filibusteras, es el general José Joaquín Mora Porras. Como se dijo en aquellos días “no podía ser otro” aquel bajo cuyo mando nuestras tropas alcanzaran tan gloriosos laureles, venciendo categóricamente en solo 14 minutos al pretensiosamente llamado “Batallón de tigres americanos”, comandado por el no menos arrogante de aquellos mercenarios, el alemán Louis Schlessinger.

Aquellos hechos previos a la guerra fueron de sobra reconocidos en su época, pero hoy no se han divulgado adecuadamente. Su origen comienza a forjarse cuando don José Joaquín asume el deber de reorganizar las “milicias nacionales”. Pero, antes de analizar más aquella etapa histórica y algo desconocida de don José Joaquín el militar, es oportuno conocer un poco de algunas facetas aún menos divulgadas.

**De la Provincia a la República de Costa Rica**

Nació el 21 de febrero de 1818 en San José, a apenas 100 varas al oeste del Cuartel Principal, muy cerca de la Plaza Mayor (hoy Parque Central). Como Costa Rica aún no era independiente vino al mundo como “español, hijo legítimo del subteniente de milicias [españolas] don Camilo de Mora y doña Ana Benita Porras”. Su padre era un hombre laborioso, quien se dedicó de forma exitosa al comercio.

Con el nombre de José Joaquín lo bautizaría el cura José María Esquivel, en la parroquia del Curato de San José. Treinta y tantos años después ambos adquirían los títulos con los que se les conoce hoy: él como General del Ejército, y aquella pequeña parroquia como nuestra iglesia Catedral.

Sus progenitores eran personas sencillas, honestas y distinguidas de la antigua Villa Nueva de principios del siglo XIX, recién nombrada por aquellos días como la “ciudad del Señor San José”, y ambos, junto a sus diez hijos, formaron una familia muy apreciada en aquella incipiente comunidad josefina, gozando por mucho tiempo de una posición económicamente solvente.

De aquella familia, José Joaquín fue el segundo de los tres hijos varones, antecedido por Juan Rafael y sucedido por Miguel. Les seguían siete hermanas: Mercedes, Guadalupe, Ana María, Rosa, Eleodora, Juana y Virginia.

Sus conocimientos básicos y primeras letras los aprendería José Joaquín en la capital. Pero ya desde su tiempo de juventud sería atraído por los estudios militares, por lo que llegado a la edad de 15 años, como todo varón que debía empezar a prestar su servicio en la milicia del Estado, decidió iniciarse en la carrera militar.

Un decenio después, el 26 de febrero de 1843, contraería nupcias con María Dolores Gutiérrez Peñamonge (1819-1861), quien era una dama muy apreciada por sus elevadas y reconocidas virtudes, así como proveniente de una reputada familia. Bendecidos por la providencia, habría cinco frutos de aquel hogar: Francisco (1844), Mercedes (1846), Manuel Joaquín (1847), María Dolores (1857) y Ana Benita (1858).

Es oportuno señalar que María Dolores era hija del patricio Agustín Gutiérrez Lizaurzábal. Para el tiempo de su matrimonio, éste era el propietario de la hacienda Santa Rosa, en Guanacaste, lugar con el que obviamente don José Joaquín estaba más que familiarizado. Como se dijo antes, fue ahí donde el 20 de marzo de 1856 nuestro ejército tuvo su bautismo de fuego, representando el mayor símbolo de honor y reconocimiento patriótico para los costarricenses y, ¿por qué no decirlo?, también para el propio don José Joaquín.

**Sus actividades económicas**

José Joaquín recibió su emancipación en 1836, poco antes de la muerte de su padre y, al igual que sus hermanos, se dedicaría desde muy joven al comercio, actividad que combinaría con la agricultura la mayor parte de su vida. También se involucró en la compraventa de terrenos y en negociaciones sobre derechos de explotación minera.

Llegó a conocer e interesarse en la economía del país, así como en las dificultades en cuanto a obras de infraestructura y caminos, tanto para la comunicación interna como para la producción y exportación del café, y el flujo de bienes provenientes del exterior.

Consciente de la necesidad de construir importantes proyectos viales, como el “camino para carretas” entre San José y Puntarenas, fue miembro activo de la Comisión Ejecutiva de la Sociedad Económica Itineraria o Junta de Caminos, fundada en noviembre de 1843. Ahí trabajó con su primer presidente, el alemán Eduardo Wallerstein, quien habría de hacer grandes aportes a Costa Rica en estos y otros importantes asuntos, como sucedería durante la guerra.

Gracias a su tesonera personalidad, su participación en tales aventuras debió de implicar una profunda y seria dedicación para desarrollar en él los adecuados conocimientos en aspectos tanto prácticos como administrativos en el desarrollo de obras de infraestructura, lo cual -por circunstancias del destino- posteriormente habrían de serle de gran utilidad durante su exilio en El Salvador, a partir de 1859.

Con el correr del tiempo, su gran compromiso y las experiencias vividas durante aquel período con la Sociedad Itineraria, inducirían a don José Joaquín a participar también de una u otra forma en la política nacional. En 1847, inclusive sería electo diputado suplente por la provincia de San José.

Poco después, por un golpe de suerte, incursionó en la explotación minera gracias al hallazgo de una importante veta rica en oro, ubicada en terrenos de su propiedad, en los Montes del Aguacate, en Alajuela. Además, con sus hermanos efectuó varios viajes a países como Chile, Perú y Panamá, para establecer contactos comerciales, los que aunque eran de carácter particular, acarrearían importantes beneficios económicos a diversos sectores de nuestra sociedad. Es posible que países centroamericanos estuvieran incluidos en su itinerario, sobre todo Nicaragua, ya que ahí y en Guatemala su suegro poseía importantes haciendas, algunas de las cuales habrían de pasar a la nueva familia, como parte de su dote y herencia.

**Su carrera militar**

Como se indicó, desde muy joven José Joaquín se dedicó al comercio privado y, atendiendo sus deberes ciudadanos, acogió con interés su servicio militar, que no era nada extraño en su familia. Se sintió atraído de tal manera, que se incorporó de forma regular a la carrera de las armas combinando -como en su momento lo hizo su padre- ambas actividades y desarrollando -como la mayor parte de los oficiales- sus diversas ocupaciones, tanto civiles como militares.

Iniciada su carrera a mediados del decenio de 1830, gracias a su gran interés y disciplina en el estudio llegó a escalar en la cadena de mando del ejército, ascendiendo -como lo era en aquella época- grado tras grado, rigurosamente.

Así, José Joaquín obtendría a temprana edad el muy respetado rango de capitán de las milicias, a inicios del decenio de 1840, en la administración de don Braulio Carrillo. En dicha coyuntura, el país comenzó a definir un rumbo de desarrollo y bonanza en función del comercio del café en el exterior, lo que llevó en su momento a dar cierto auge a la profesionalización del ejército. Esto posiblemente causó gran motivación en aquel joven oficial. Para 1849 se le señalaba de ser uno de los responsables de la caída del presidente José María Castro Madriz, para favorecer a su hermano Juan Rafael, presuntamente desde su puesto de diputado suplente.

Ya como presidente, en 1850 su hermano delega en el entonces coronel José Joaquín la responsabilidad de reorganizar las milicias nacionales bajo el cargo de Comandante en Jefe del Ejército, dadas su reconocida experiencia militar y continua actualización en el campo de la llamada ‘ciencia militar’; él había prestado servicios al ejército de manera alternativa, durante los 15 años previos. Pronto se dio a la tarea de reformar el antiguo reglamento de milicias, actualizando la técnica militar, la instrucción y la disciplina, con lo cual el gobierno emitiría el nuevo “Reglamento de milicias de la República” a fines de 1850.

Como reconocimiento a sus logros dentro de la institución militar, para 1852 se le nombra Comandante de Plaza de San José, cuando poco tiempo antes ya se le había otorgado el grado de General de Brigada.

En junio de ese año, con motivo de la visita al país de una misión diplomática de los EE.UU. e Inglaterra, correspondía a la Comandancia tributar los debidos honores a dichos dignatarios, como parte de lo cual la Banda Militar debía interpretar los himnos de las tres naciones. Ante la consulta a su subalterno, el teniente Manuel María Gutiérrez, Director de la Banda, éste indicó que no había un himno nuestro y que él no estaba en capacidad de componerlo. Ante la premura, él insistió, disponiendo que guardara arresto hasta no tener lista la partitura, para lo que mandó a acondicionarle una sala en el Cuartel Principal. Fue así como, gracias a la presión y sagacidad de don José Joaquín, del espíritu del noble músico pronto brotarían bellas notas musicales, heredándonos para siempre la venerada música de nuestro Himno Nacional.

Posteriormente, en su esfuerzo por hacer del nuestro un ejército eficiente, combativo y disciplinado, condujo al gobierno a contratar al coronel Ferdinand von Salisch, reconocido oficial instructor de origen europeo. Es decir, se concretaban así algunas de las metas que se había trazado, desde la jefatura del ejército.

En julio de 1853, en reconocimiento a sus méritos y a las mejoras a lo interno del aparato militar, a don José Joaquín se le otorgó el grado de General de División. Asimismo, en 1854 el gobierno restableció la Comandancia General de Armas, puesto estratégico y máxima posición de mando, que planteaba la subordinación de toda la plana mayor del ejército, ¡sin lugar a discusión!. Este estamento era superado en autoridad solamente en lo político por el propio presidente de la República.

Pero la evolución del ejército no hubiera sido completa de no haberse contado con los medios materiales para que efectivamente fuera soporte y garante de la integridad y seguridad del Estado, sus instituciones y la sociedad en general. Por ello, desde el inicio de sus funciones don José Joaquín priorizó la satisfacción de las necesidades materiales del ejército. En consecuencia, entre 1851 y 1854 se adquirió una importante cantidad de armamento de la mejor calidad, incluyendo armas tan modernas como los fusiles ingleses de tipo Minié y el parque para la Brigada de Artillería.

Además, para fines de 1854 se propuso hacer una demostración material de los adelantos logrados por el ejército. Por tanto, se programó un amplio despliegue de maniobras y formaciones militares, con una estricta organización y un uso intenso de salvas de fusilería y artillería. Efectuada el 1º de enero de 1855, aquella revista militar se ejecutó con gran precisión, ante el regocijo de los ciudadanos reunidos en el llano de Mata Redonda; cabe indicar que este tipo de actos poco a poco se convirtieron en tradición, como parte de las fiestas cívicas de fin de año ahí en La Sabana.

La presencia y actuación de las tropas en aquella ocasión fue una gran novedad, al ser la primera vez que se presentaban completamente uniformadas. De hecho, dos días después, el Boletín Oficial -único periódico de la época- publicaba interesantes testimonios de lo vivido aquella mañana, informaba sobre el buen aspecto marcial de los soldados y aseguraba que ya empezaba a regularizarse el servicio militar.

Don José Joaquín aseguró que con aquella revista quiso hacer patente al señor presidente y a los ciudadanos que, al igual que el Estado, el ejército estaba haciendo lo suyo por mejorar, con el objetivo de constituirse en su apoyo eficaz. Y don Juan Rafael, con muy patriótico regocijo por la espectacular e inusitada demostración de nuestros humildes soldados, todos calzados con caites. Con su corazón henchido de satisfacción expresó una de sus más bellas y patrióticas proclamas y, admirado por sus avances, hizo también un reconocimiento explícito a la obra realizada por su Comandante General. Pero es que además del adiestramiento, la disciplina y la logística, el alto espíritu de justicia y unión que promovía don José Joaquín en los cuarteles, motivaba y mantenía en los soldados una elevada moral y gran disposición en sus deberes.

Su proceso de reforma del ejército fue bastante meticuloso, y prácticamente se prolonga durante los cinco años previos a la guerra, tiempo más que suficiente para que llegara a ser verdaderamente una realidad, no algo dudoso o improvisado, como algunos escépticos podrían argumentar, en apego al mito que por mucho tiempo se ha sostenido en contrario.

**La Guerra Nacional de Costa Rica y de Centro América**

Hacia finales de 1855, las advertencias que el diplomático don Luis Molina hacía desde los EE.UU. adquirían forma, junto con lo que ya acaecía en Nicaragua, presagiando la tormenta del filibusterismo sobre Centroamérica. Ya en noviembre don Juan Rafael lanzaba su primera proclama, previniendo sobre aquella amenaza, y tan solo dos semanas después don José Joaquín exhortaba así al Ejército, para que se preparase, pues en cualquier momento podrían ser llamados al combate:.

“Mantened el orden y la subordinación de vuestros soldados, no olvidando la convicción y la firmeza, a la dulzura para con el soldado, él es vuestro apoyo lo mismo que vosotros lo sois de él. [...] Os recomiendo la unión, si aunque pequeños ella nos hará grandes el día que se dé la señal del combate…”

Con su mensaje, don José Joaquín evidenciaba el reconocimiento al esfuerzo común realizado a lo largo de aquel proceso de cinco años, así como el logro de las metas propuestas, no con soberbia triunfalista, sino más bien con solidaria y modesta actitud. Y ciertamente, aquel logro común a todos ellos era su primera victoria. La misma conformación de aquel cuerpo militar era el primer triunfo obtenido con el esfuerzo de todos y cada uno de ellos. Era la primera campaña victoriosa de nuestros soldados y su Comandante… ¡obtenida en tiempos de paz!

Poco después se vería actuando al Comandante General de nuestro ejército en la Guerra Nacional. Al respecto, cabe señalar que, con la decisión de don Juan Rafael de emprender la guerra contra las huestes del líder filibustero William Walker, al dirigir su política al campo de batalla convertía a su hermano en figura medular en el conflicto. Así, a la cabeza del mando castrense y con un planteamiento estratégico e ideológico coherente, es él quien sustenta la estructura fundamental del ejército, manteniendo su confianza y disciplina.

En tal orden, le corresponde organizar los cuerpos de Estado Mayor y demás batallones, con sus respectivos mandos, así como su armamento, alimentación, vestido, transporte, más el pago de salarios de la tropa y la compra de víveres durante la marcha hacia Nicaragua. ¡Y todo esto se logró ejecutar con bastante éxito en las dos campañas de la Guerra Nacional!

**Algunos ejemplos de sus acciones son los siguientes**

En Liberia selecciona una sección del Ejército Expedicionario sobre la base del veterano Batallón de Vanguardia, asume personalmente su mando, y con esta columna el 20 de marzo de 1856 en la hacienda Santa Rosa libra una exitosa batalla, con la que se sienta el precedente de lo que será la Guerra Nacional contra el filibusterismo.

En Rivas, después del sorpresivo ataque de los filibusteros, el ejército se atrinchera y se defiende en las casas de la ciudad. Pero pronto reacciona con pequeñas cargas que a costa de muchas vidas logran el desgaste del atacante, hasta que con un cambio en la estrategia más la llegada de refuerzos, al final de la tarde se logra tornar la acción en un fuerte contraataque que prácticamente define el combate, y tras esporádicos tiroteos el enemigo desaparece con la noche.

Después de la retirada de Nicaragua por causa del cólera y la tragedia que esta ocasionó, en el período de tregua, ya propiamente en San José, el general Mora se encarga de atender tanto las necesidades de los soldados y sus familias con pagos y pensiones de guerra, como también de la prioridad de reorganizar la fuerza militar con todos sus requerimientos, para finalmente definir en los planos político y militar la futura estrategia de guerra junto con el Presidente y el Estado Mayor.

Para la segunda campaña de la Guerra Nacional su estrategia es clara: se debe cortar el ingreso y comunicaciones de los filibusteros. El país define entonces un solo Mando de Campaña, el suyo, del cual habrán de salir y al cual habrán de consultarse todas las estrategias y acciones a lo largo de la vía del Transito (río San Juan, lago de Nicaragua e Istmo de Rivas), para lo cual define un eficiente sistema de comunicación de mensajerías en toda la ruta, el que se usará también para coordinar con las fuerzas centroamericanas, para entonces ya aliadas a las nuestras.

Su estrategia es simple, mas no fácil. No faltarán los conflictos, tanto internos como con algunos de los mandos aliados. Además, la lucha será cruenta en muchos frentes, con algunas acciones dignas de novelas épicas.

Pero todo tendrá un final satisfactorio, y con la toma del estratégico río San Juan, “ahí solo ondea la bandera tricolor”. Resta expulsar a Walker del Istmo de Rivas, lo cual no será tan fácil. Aunque la situación de éste es precaria, mantiene cierta fuerza. Conocedor de esto y para evitar un mayor baño de sangre, el general Mora opta por la mediación del capitán Charles Davis, cuyo barco el Saint Mary’s fondeaba en la bahía de San Juan del Sur.

Así con la rendición de Walker y su salida hacia los EE UU en dicho buque, aunque la forma en que finaliza la guerra no será del agrado de algunos que pretendían el escarnio de unos y el regodeo de los otros, se logra acabar con el derramamiento de la sangre centroamericana. Y como reza la antigua máxima militar, “los que verdaderamente triunfan son los que saben cuándo se debe luchar y cuándo no” (Sun Zu).

**Haciendo justicia a sus méritos**

Costa Rica ha hecho muy poco en justicia a los grandes méritos del general Mora y es nuestro deber reconocer y hacer patente que la lectura que se ha hecho de la historia de la Campaña Nacional ha sido sumamente desafortunada para con tan importante héroe de Costa Rica y Centro América.

Por ejemplo, al término de la guerra, el gobierno despachó una serie de ascensos militares para muchos de los combatientes que tuvieron una participación sobresaliente en ambas campañas de la Guerra Nacional, pero él no fue tomado en cuenta, al punto de que no hubo para él ni siquiera una mención especial. Esto resulta paradójico si se considera que en la postrimería de la guerra el general Mora fue promovido como Comandante en Jefe de los ejércitos aliados, pero dicho grado no se podía asimilar a nivel nacional.

Por fortuna, el coronel Rafael [García] Escalante, Ministro de Guerra, leal conocedor de todos sus empeños y desvelos, al rendir el informe anual de su despacho incluye una recomendación en la que hace notar la falta de justicia cometida por el gobierno, a pesar de los elevados méritos de Mora. Pero, cuando poco después el coronel Escalante es nombrado vicepresidente de la República, personalmente presenta al Congreso una nueva recomendación, la cual obligaba a elevar el máximo rango del estamento militar para ascender así con justicia al general Mora.

Sería entonces una mañana de octubre de 1857, luego del toque de diana, cuando la tropa del Cuartel Principal posiblemente estalló en regocijo y algarabía en celebración por su Comandante, al procederse a la lectura de la siguiente orden el 30 de octubre:

“Habiendo sido electo Vicepresidente de la República el Honorable Señor Coronel Don Rafael García Escalante [...] por decreto del Excelentísimo Congreso Nacional, sancionado en 27 del corriente, se ha concedido el título de Teniente General al General de División Don José Joaquín Mora”.

Como se aprecia, fue necesaria una pequeña lucha, pero al final se empezaban a reconocer los esfuerzos, desvelos y dedicación, tanto en los cuarteles como en los teatros de la guerra, de quien en adelante se reconocerá como Teniente General Don José Joaquín Mora Porras, Comandante General del Ejército de Costa Rica.

Ahora bien, en retrospectiva, conviene conocer también en qué consistió el nombramiento del general Mora como Jefe de los Ejércitos Aliados de Centroamérica.

Pocos meses antes de la rendición de Walker, las tendencias políticas internas de Nicaragua -donde se libraba la guerra-, así como los bandos militares tan disímiles entre los diferentes ejércitos aliados, que casi habían llevado a la confrontación y desintegración de éstos, llegó a poner en serio riesgo todos los esfuerzos comunes para vencer a los filibusteros.

Entonces, reconociendo que el general Mora era el único que había demostrado tener la independencia y la decisión necesarias para desarrollar una estrategia particular y efectiva, y dadas su capacidad, energía y logros, se decidió que correspondía a él coronar los triunfos ya adquiridos sobre el enemigo común. En virtud de ello, mediante un decreto emitido en León el 15 de febrero de 1857 y suscrito por el presidente Patricio Rivas, se dispuso lo siguiente:

“El Presidente provisorio de la República de Nicaragua a sus habitantes. Considerando: Que a consecuencia de la comisión de este Gobierno cerca de los de Guatemala y El Salvador, dichos gobiernos han designado la persona del Sr. General Don José Joaquín Mora para General en Jefe de los Ejércitos Aliados que sostienen la Independencia de Centro América en Nicaragua”.

Con esta decisión se reconocía en él su carácter de persona justa, imparcial y de recto proceder, y se le confiaba el mando general de los ejércitos, así como la potestad para conciliar las diferencias tanto al interior de Nicaragua como entre los jefes de los ejércitos aliados. Esta resolución sería avalada posteriormente por los gobiernos de las cinco naciones centroamericanas, de manera que, por decisión unánime, el general Mora había sido promovido a la posición de mando del Estado Militar más alta jamás concedida a ningún otro militar de la región. Por lo tanto, mediante la vía del Derecho Militar, su autoridad sería total sobre los demás generales de los ejércitos centroamericanos, lo que elevaba oficialmente al sencillo jefe de nuestro ejército al rango superlativo de Comandante Generalísimo de los Ejércitos Aliados.

Sin embargo, a pesar de sus tan elevados servicios a la patria y sus altos méritos como militar, en nuestra historiografía se le sigue manteniendo bajo las sombras, como uno más entre los personajes de segunda línea de nuestra historia.

**El infausto final**

Dadas las intrigas que se venían urdiendo contra su régimen, en junio de 1859 se corta una conspiración instigada por Pío Alvarado para asesinar a los hermanos Mora. Y dos meses después, don Juan Rafael era víctima de un golpe de Estado, promovido por un sector de la oligarquía y ejecutado por dos de sus más cercanos oficiales, el coronel Lorenzo Salazar y el mayor Máximo Blanco.

Expulsados ambos del país, junto con su cuñado el general José María Cañas, se exiliaron en El Salvador. Un año después, en setiembre de 1860, al intentar recuperar el poder, ocurre el más oprobioso crimen político de nuestra historia, cuando don Juan Rafael y el general Cañas fueron fusilados públicamente en Puntarenas, tras un improvisado e infame juzgamiento.

Al general Mora se le respetó la vida. Aunque se dice que se libró del fusilamiento gracias a una carta de amnistía para él, esto no ha sido claramente demostrado. En mi criterio, dada la relación de respeto y estima mutua que se llegó a desarrollar entre él y sus soldados -sobre todo durante la Campaña Nacional-, posiblemente éstos se habrían inhibido de proceder a tan execrable acto contra su antiguo y muy noble jefe.

Condenado de nuevo al exilio y a sufrir su amarga pesadumbre, tres meses después, el 17 de diciembre, en medio de una profunda tristeza y soledad, lejos de su familia y su terruño amado, moría en El Salvador.

Sus restos serian repatriados después de 10 años de ignominiosa distancia y olvido desde la ciudad de Santa Tecla, para ser reinhumados en el más oprobioso silencio oficial. Descansarían en un olvidado mausoleo familiar en el Cementerio General durante 84 años, hasta que en 1954, debieron ser de nuevo exhumados, sin que se asignara un lugar digno para su reposo final. En efecto, de nuestro caudillo olvidado, ¡legitimo hijo de Costa Rica!, “se olvidó su nombre, y se olvidaron sus servicios”, en palabras del extinto periodista y patriota don Francisco María Núñez. Se olvidó su memoria…, y hasta olvidamos de manera infame su sepulcro, agrego yo.

Fue gracias a un gran ciudadano, el ex presidente Don Cleto González Víquez, quien con el más elevado y verdadero espíritu costarricense rescató sus restos de la desaparición total, ofreciendo con humana y patriótica actitud un sitio en su mausoleo familiar para su reposo temporal. Sin embargo, aún yacen ahí, sin reconocimiento alguno. Por fortuna, en meses recientes ha surgido una iniciativa encaminada a que sus restos mortales sean colocados en el sitial que merecen.

Cabe señalar que, en años más recientes, una antigua escuela rural que portaba su nombre desapareció, o fue renombrada, a saber por qué razones. No ha sido sino hasta el año 2003 cuando se ha vuelto a nombrar una nueva escuela en su honor, en Puntarenas. Asimismo, del pequeño y bastante desapercibido parque capitalino dedicado a él, hace pocos años fue robada la placa de su pedestal -ante la indolencia oficial, de nuevo-, en un acto de vandalismo que representa una afrenta a este indiscutible prócer costarricense y centroamericano.

Pero, en verdad, no obstante la desmemoria, el verdadero sitial de honor y gloria que se le ha negado hasta ahora al general Mora se encuentra en el reconocimiento que en adelante hagamos sobre la real trascendencia de sus hechos, hasta hoy también olvidados.

“Más no todo de mí morirá” (“Non omnis moriar”), sentenció Horacio. Por tanto, es nuestro deber mantener vivo su espíritu y su legado, enaltecidos en los frentes de batalla de Santa Rosa, el río San Juan y Rivas, cuando con destreza y buen juicio él supo guiar a las valerosas tropas costarricenses y centroamericanas hacia la preservación de nuestra soberanía y libertad.

(Revista *Comunicación* – ITCR)


1 comentario

  1. Manuel Mora Salas

    Reconozco que mi comentario debió haber quedado en esta tribuna democrática hace ya algún tiempo, cuando leí el artículo. Hoy, que lo he releído, quiero expresar mi más profunda admiración por el General don José Joaquín Mora Porras. La historia patria tiene una deuda, no con el General, sino con todo el pueblo costarricense, que debió conocer a fondo la labor de tan esclarecido y humanista General. Cito una parte del artículo para ilustrar mi afirmación anterior sobre don José Joaquín: “mantened el orden y la subordinación de vuestros soldados, no olvidando la convicción y la firmeza, a la dulzura para con el soldado, él es vuestro apoyo lo mismo que vosotros lo sois de él”. Esta visión sobre el soldado sencillo en las palabras del General ilustran bien su naturaleza humanista y su visión sobre el papel del combatiente de filas y la relación con el soldado raso. No es común en militares de esos tiempos. Más bien eran otras actitudes, de inspiración aristocrática, represiva, las que privaban y los soldados eran vistos y tratados como simples fichas de guerra. No extiendo más mis palabras. Cuando el destino me llevó a las aguas del San Juan en una misión internacionalista para ayudar al pueblo de Nicaragua, agredido por el imperialismo norteamericano y con el traidor Edén Pastora al frente de la canalla, mi corazón palpitó al ritmo de combate de los hombres del General José Joaquín Mora. Uno de ellos fue mi tío bisabuelo Coronel Salvador Mora Castro. Gracias a don Fernando Leitón por su importante artículo.
    Manuel Mora Salas
    Comandante de las brigadas internacionalistas Carlos Luis Fallas (1979) Mora y Cañas (1983)