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¡A escribir libros!

Luko Hilje | 2 de Abril 2009

Ahora que, por fin, aprobado, suscrito, ratificado y entrado en vigencia el TLC con los EE.UU., de súbito comienzan a emerger sonoras quejas de actores y sectores que, habiéndolo apoyado de manera irrestricta, empiezan a sentir en bolsa propia sus consecuencias negativas.

Y eso que estamos aludiendo a los derechos de propiedad intelectual en lo relativo a música y libros, apenas. Es decir, algo así como peccata minuta en comparación con aspectos tan serios para nuestro país -sin hablar de la más que anunciada privatización de servicios de salud, recursos naturales, telecomunicaciones y seguros- como el contenido en el capítulo 10 de dicho tratado, según el cual los inversionistas extranjeros pueden demandar al Estado costarricense si alguna decisión nuestra afectara sus inversiones y ganancias… pero no al revés. ¡La vieja metáfora del tigre suelto frente al burro amarrado!

El revuelo y alarma que -con la reciente entrada a clases en las universidades- ha causado la prohibición para fotocopiar libros, ha provocado una importante polémica e inducido a las universidades estatales a pronunciarse, así como al gobierno a buscar una solución que parece que enfrentará serias dificultades.

Creo totalmente legítimos los derechos de propiedad intelectual, tanto de las casas editoriales como de los autores. En mi caso, hasta hoy he publicado nueve libros, y me alegra enterarme de su venta, por dos razones: para que cumplan el propósito que justificó su escritura, que es compartir el conocimiento, y para que las casas editoriales recuperen la inversión -que es siempre cuantiosa y riesgosa-, y que ganen lo pertinente; porque lo que en términos pecuniarios deriva uno es casi risible, pues el 10 o 15% de las ventas de sus libros no da ni para la masa del perico.

Pero lo cierto es que algunas casas editoriales extranjeras son bastante abusivas y actúan con un voraz ánimo de lucro, concibiendo el conocimiento como una simple mercancía más: como un televisor, una prenda fina, una botella de licor, una alhaja o un pote de maquillaje. Valiéndose del altruista espíritu de un autor que a todo cuanto aspira es a compartir sus visiones, enfoques y hallazgos científicos, ellas le hacen sentir que más bien le hacen un favor al acogerlo como autor.

Por ejemplo, he tenido la oportunidad de escribir capítulos en libros -por invitación del editor científico de las respectivas obras-, así como numerosos artículos en revistas, todos publicados por editoriales europeas y estadounidenses. Aparte de que como autor uno no recibe regalías -y ni siquiera piensa en ello-, las editoriales cobran precios realmente exorbitantes por sus libros. Asimismo, por separatas en PDF (documento de formato portable) de los artículos cobran más de 2500 colones por página. Y, aunque por cortesía -como es usual-, en ambos casos la editorial envía al autor una copia en PDF, le remarcan con suma claridad las restricciones impuestas -prohibición cuando se trata de capítulos de libros, en algunos casos- para circularla por internet.

Esta situación conduce a una seria disyuntiva, porque cuando los estudiantes -sobre todo de países subdesarrollados- le solicitan estas publicaciones para su tesis (no para lucrar), pues les resulta prohibitivo el acceso a ellos, uno enfrenta un dilema ético. Como científico y educador que soy, y dado que el conocimiento es patrimonio de la humanidad, así como financiado con los recursos de la institución en la que fue generado, creo que aquéllos tienen derecho a utilizarlo y aprovecharlo para su desarrollo profesional. Ante esto…, ¿cómo actuaría usted, amigo lector?

En todo caso, retornando a la cuestión de la prohibición estipulada en el TLC para fotocopiar libros total o parcialmente, deseo culminar estos comentarios haciendo una propuesta a los rectores de nuestras universidades estatales, de modo que lo que hoy es una amenaza pueda ser convertida en una interesante oportunidad.

Me refiero a la posibilidad de desarrollar un vigorosa iniciativa para producir libros de texto originales -superando los actuales esfuerzos, que son loables pero no sistemáticos y, más bien, esporádicos-, quizás mediante una especie de consorcio editorial entre las cuatro universidades públicas, bajo la tutela del Consejo Nacional de Rectores (CONARE). Está más que demostrado que todas ellas tienen la capacidad instalada -en cuanto a infraestructura y personal muy calificado- para producir libros de calidad en sus aspectos formales; de ellos da fe la riquísima producción actual, de dos o más libros por semana, si uno suma los esfuerzos actuales de las cuatro universidades.

De lo que se trataría, entonces, es de identificar cuáles de los actuales libros de texto podrían ser sustituidos por libros análogos generados localmente, así como de estructurar un plan para lograr que autores individuales o equipos de ellos acometan la labor de escribir libros de alta calidad, con la inmensa ventaja de poder enriquecerlos con ejemplos más pertinentes a nuestra realidad. Es decir, que sin perder la dimensión y horizonte universales que el conocimiento debe tener, dichos libros se nutran fuertemente de nuestras particularidades económicas, sociales, naturales, históricas y políticas, para que así contribuyan a formar profesionales que sean mejor conocedores de nuestra realidad.

Aún más, con la colaboración del Consejo Superior Universitario Centroamericano (CSUCA) y del Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (CATIE) se podrían identificar las necesidades de las universidades de otros países de la región centroamericana, para que esos libros reflejen una visión regional, como desde hace años lo ha hecho la encomiable iniciativa del Libro Universitario Regional (LUR) en un ámbito más amplio, gracias a la Asociación de Editoriales Universitarias de América Latina y el Caribe (EULAC). Sobra decir que, al contar con un mercado cautivo -nacional, regional o hasta continental-, por cuestiones de economía de escala los altos tirajes podrían propiciar una sensible reducción en el precio de los libros, mientras que los altos ingresos a obtener permitirían subsidiar otro tipo de obras, que toda universidad debería publicar por su misma razón de ser.

Por supuesto que, como sin cacao no hay chocolate, se necesita el insumo intelectual de los autores. Al respecto, percibo dos opciones concretas. En los casos de académicos de alto calibre y aún activos, pero muy ocupados en sus labores habituales, se les podría otorgar una licencia sabática -más los gastos operativos inherentes a esta labor- para que se dediquen por un año completo a escribir su obra. La otra es que se aproveche a profesores jubilados de alto nivel -que de seguro los hay en todas las disciplinas-, remunerándoles con un sobresueldo como estímulo, y para que puedan aún sentirse útiles, sabiendo que legan por escrito sus decantadas y ricas experiencias a las actuales y futuras generaciones de estudiantes y profesionales.

En fin, dejo planteada la idea, y ojalá que, de ser viable en términos económicos y operativos, pronto puedan darse los pasos adecuados para que algunos académicos selectos se dediquen a escribir tan importantes y necesarios libros.

Luko Hilje | 2 de Abril 2009

2 Comentarios

* #21770 el 4 de Abril 2009 a las 07:05 AM jose calvo dijo:

Muy interesante. Yo también he publicado cuatro libros, pero todos con “editorial independiente” que es como se llama a lo que uno paga de su bolsillo con el propósito de comunicar sus ideas,aunque la pérdida del dinero está garantizada. Las editoriales son argollas de negocios o de afinidad, y las librerías no tocan lo que viene de “editorial independiente”. En una donde llevé mi libro de Seguridad Alimentaria hasta lo guelieron antes de rechazarlo. Las editoriales que Luco llama “extranjeras” son negocios que publican lo que les parece vendible, y le hacen una promoción engañosa a cosas de muy mala calidad, de modo que el criterio para comprar un libro debe ser mas bien la recomendación de quienes lo han leido. Sabemos que rechazan cosas de muy buena calidad que los autores finalmente han conseguido publicar. No sabemos cuántas obras maestras se han quedado sin publicación por ese tipo de seleccion. Esas editoriales, que imprimen los libros de texto, siguen el patrón de rígida ortodoxia, que hizo tan difícil publicar los libros de Velikovsy. Me parece que el mercado no es un buen árbitro para seleccionar lo publicable. Tal vez el consejo de editoriales que propone Luco sea una solución, pero habría que desargollizarlo, y eso es muy difícil tambien. Se necesita otro tipo de arbitraje.

* #23977 el 26 de Mayo 2009 a las 11:26 PM Marìa del Carmen Marìn Quesada dijo:

Quiero hacer mi comentario como lectora. Ustedes tienen razòn, en cuanto a las editoriales extranjeras, la forma como abordan las librerias y el mercadeo que tienen, no pueden ser punto de referencia para considerar la calidad de textos. Los docentes nos encontramos con libros, que estàn tan bien estructurados y con tanta informaciòn, que no son adecuados pedagògicamente, ya sea por son escuetos o sobrepasan el objetivo, que lo hacen incomprensible para el estudiante, bàsicamente me refiero a los textos de primaria y secundaria. He tenido la oportunidad de acceder a textos de editoriales independientes “socios escritores criollos”, que son una maravilla, porque son elaborados por profesores pensionados, que tienen un dominio total de los programas de estudio, creo que el camino està en abrir un mercado local, establercer alianzas con docentes de alto nivel que tengan interès en escribir. Luego que tambièn quieran mostrando el producto a otros profesores e invitarlos para que ofrezcan sugerencias para mejor sus textos. Esto conquista a los docentes, por lo general las observaciones son muy acertadas. Especialmente los docentes reconocen la calidad de los textos y libros apropiados para los procesos de enseñanza-aprendizaje. Considero, que la estrategia no es como converser a la libreria que le de un chance para locar la obra, sino acercarse a los docentes darse a conocer y mostrar las virtudes de las obras independientes; esto de una manera directa y sin intermediarios, porque los mejores promotores son los propios docentes.

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