Por Oscar Raúl Cardoso
Algunas veces parece que las políticas que algunos estados usan para combatir el terrorismo tienen mucho de la tradición según la cual las ristras de ajo mantienen a los vampiros a distancia a los que para eliminarlos hay que clavarles una cruz de madera en el corazón. Estos métodos confieren más fetiche que seguridad y, en todo caso, hay que convenir que un vampiro no es algo fácil de encontrar.
Parte de este enfoque es lo que sucede hoy en la Franja de Gaza con la ofensiva -hasta ahora aérea- de Israel. Los misiles de sus F-16 no consiguen detener los cohetes Qassam que Hamas sigue disparando desde Gaza (unos 30 habían caído sobre territorio israelí durante el viernes). Por cierto todo parece empujar a Jerusalén hacia una incursión terrestre en los 360 kilómetros cuadrados, una opción que no parece ser la preferida por el gobierno de Ehud Olmert.
Quizá forzar a las tropas israelíes a avanzar en una zona de gran densidad poblacional y a cobrar vidas inocentes sea algo que Hamas no ve como una amenaza sino como una oportunidad. El precio político que Israel ya está pagando por esta semana de operaciones militares en la franja es grande y puede volverse enorme si aquellas víctimas se incrementan o la ocupación israelí de Gaza se repite.
Para Olmert es el regusto del fracaso político-militar en el Líbano del 2006 otra vez en los labios; pero esto no importa demasiado porque, sin importar como concluya, esta etapa del enfrentamiento deberá meditarla en su casa junto con su desprestigio personal entre los israelíes. Es diferente para su ministro de Defensa, Ehud Barak, quien está en plena campaña para reemplazar a Olmert en las elecciones de mediados de febrero.
Barak fue ya primer ministro entre 1999 y 2001 cuando debió dejar el puesto en medio de críticas de ser demasiado blando con los palestinos. Es curioso porque Barak es también un militar condecorado que llegó a ser jefe del estado mayor de la Fuerza de Defensa Israelí, pero en 2000 participó en una cumbre en Camp David convocada por Bill Clinton, en la que la negativa de Yasser Arafat a aceptar las propuestas de Barak le ganaron a este cierto desprestigio doméstico.
Barak regresó del frío del retiro y está convencido de que tomará otra vez la colina del gobierno todo en el marco de una reelaboración de su imagen pública como “halcón”. Por eso es que algunos analistas israelíes sugieren que esta ofensiva militar en Gaza es, entre otras cosas, parte de una campaña electoral.
Si las bombas israelíes comienzan a sugerir la misma eficiencia del ajo en el caso de los vampiros, una acción terrestre puede convertirse en el equivalente de la estaca en el corazón, mucha sangre para nada.
No es sencillo argumentar esto. Los israelíes equiparan cualquier crítica a una visión “anti-israelí” o, en los casos más extremos, al antisemitismo, apelando así a la deuda, innegable, que la humanidad mantiene con los judíos por el Holocausto del siglo pasado. Este es un error.
Se puede respaldar la idea de un estado israelí prosperando en su región con seguridad y al mismo tiempo criticar las políticas de ese mismo Estado. Y no hace falta, como reza cierto lamento israelí, formar parte de la “izquierda occidental” para encontrar que la desproporción militar israelí se derrama sobre sus políticas en el caso palestino.
Veamos lo que dijo esta semana sobre la operación en Gaza el semanario conservador inglés The Economist: “En general una guerra debe pasar tres exámenes para ser justificada. Un país debe, antes de emprenderla, haber agotado todo otro medio de auto defensa. El ataque debe ser proporcional al objetivo. Y debe tener una oportunidad razonable de alcanzar su objetivo. En todo estas pruebas Israel está en un territorio más débil de lo que quiere admitir”.
Si uno sugiere que Hamas es algo más que la mera banda terrorista que describen Israel y Estados Unidos se convierte en un hereje. Y, sin embargo todos saben que cualquier organización que practique el terror necesita el consentimiento de, al menos, una parte de la sociedad en la que opera.
Un ejemplo de esta misma semana es la bomba que ETA hizo estallar en la sede de la televisión pública vasca. Los españoles, incluyendo la mayoría de los vascos, están agotados por la contumacia de ETA y su estructura está debilitada, pero sigue causando daño y un retazo de simpatizantes conserva en el País Vasco. De otro modo ya habría desaparecido. La lucha contra el terrorismo precisa de nuevas definiciones que abran espacio a la política porque de otro modo nos quedamos solo con el olor a ajo, con las estacas y la sangre, como la que hoy corre en Gaza.
(Clarín - Buenos Aires)
Periscopio: allende nuestras fronteras | 2 de Enero 2009


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