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La economía, los economistas y los políticos

Columnista huésped | 6 de Enero 2009

Por Franz Ulrich, empresario

La economía no nació como invento ni necesita de especialistas para darse a entender. Es sencillamente una forma de cuidar y administrar correctamente el dinero y es tan viejo como el mismo comercio. Ajustar gastos de acuerdo a los ingresos es una economía sana y cuando los gastos sobrepasan los ingresos el fracaso es inminente. Por lo tanto, comprender la economía es tan simple como sumar dos más dos. Sin embargo, existen economistas que intentan hacernos creer - a través de escritos de más de 25 páginas - que la suma de dos más dos da cinco y medio, olvidándose del concepto básico de que: a) los números son claros, no se estiren ni se encojen, b) si una suma necesita de explicaciones, hay algo raro y c) cuando los números no cierran, no hay justificación ni explicación válida.

El mejor economista

Para mí, el mejor economista sigue siendo el ama de casa porque con unos modestos ingresos debe alimentar a su familia, mantenerla bien vestida, comprar uniformes para sus hijos escolares, pagar luz, agua y teléfono y hasta logra guardar algo para una emergencia o para darse algún gustillo de vez en cuando. Desgraciadamente no esta en sus manos manejar la economía del país ya que no goza de títulos universitarios donde recostarse, ni cuenta con la habilidad de manipular dineros ajenos para vivir en lujos sin sustento y los economistas del sentido común pasaron a la historia.

Por lo tanto no es de sorprenderse que el mundo haya entrado en una crisis sin precedentes que algunos titulan más bien como el casino de Wall Street, inversiones basura, y el circo monetario. Antes de salir a la luz pública esta crisis era frecuente escuchar y leer que tal y tal empresa generó durante el año miles de millones en ganancia neta, o que aquella compró a aquel por cientos de miles de millones, que la bolsa registró cifras históricas, que los productos básicos y el petróleo registraron alzas jamás alcanzadas etc. etc. No había ni un solo economista suficientemente prudente como para lanzar una advertencia ante tan desmedido auge económico o poner en duda los dados que aparecían a diario en la prensa que se asemejaban más a meras especulaciones y manipulaciones que a verdades. Los políticos muy complacidos por ese “desarrollo” y aun a sabiendas que se estaba incrementando el desempleo, la pobreza y la inestabilidad social, “se echaron flores” con el único fin de hacerse una mejor imagen y para mandar a callar a sus oponentes.

La crisis es el resultado de progresivas equivocaciones económicas

En realidad, la crisis no estalló por los errores cometidos (aun por graves que son) en los años recientes, sino más bien por una acumulación de equivocaciones económicas cometidas desde los años setenta del siglo pasado cuando el precio del petróleo subió por primera vez a niveles catastróficos, alcanzando los cuarenta dólares. Provocó una mini-depresión que empujó los intereses interbancarios hasta casi un 20 % p.a. Los árabes - únicos beneficiados de aquella depresión financiera - saturaron a los bancos con sus depósitos y por primera vez exigían el pago de intereses positivos sobre (porque hasta en aquel entonces se les cobraban intereses negativos). Esto obligó a los bancos a colocar los dineros a terceros y a buenos intereses. Ya cuando a mediados de los años ochenta el precio del petróleo volvió a estabilizarse entre 12 y 14 dólares el barril y los intereses volvieron a un nivel aceptable los árabes necesitaban retirar dineros para no paralizar a sus mega-construcciones, su infraestructura y sus lujos.

Como los bancos tenían prestado la mayor parte de ese dinero a los países latinos, y estos no podían hacer frente a sus obligaciones (desde México hasta el sur de la Argentina no existía dinero disponible), los bancos tuvieron que unirse para encontrar un mecanismo que les permitiera hacer frente a sus obligaciones. En parte podían cubrir su aparente faltante de liquidez con dineros que habían reingresado por la puerta trasera (a nombre de algún político) y gracias a que los altos intereses cobrados durante los últimos años equivalían casi a una amortización de deudas. Sin embargo y como primera medida, cerraron los créditos a los países latinos y para “ayudarles” a ordenar sus finanzas se creó el Club de Paris, que intentaba “fabricar” soluciones a esa crisis que afectó la venta de productos fabricados en las naciones del mundo desarrollado. Como el Club de París no dejó sino mayores gastos (sólo una reunión con Costa Rica -en el Waldorf Astoria de Nueva York- nos costó 5 millones de dólares), tuvieron que involucrarse directamente los gobiernos de cada país desarrollado para mantener a sus industrias en plena producción y a su PIB en crecimiento. Acordaron firmar créditos de estado a estado (avales) con la condición de que el dinero que se prestara sea usado únicamente para adquirir maquinaria fabricada en el país que ofrecía un tal crédito. Esta iniciativa - aunque salvó momentáneamente a su industria - provocó a que los latinos se endeudaran nuevamente más allá de sus posibilidades.

Producir ¿para quién?

Ya se temía un nuevo estancamiento de la industria europea pero - sorpresivamente - cayó el muro de Berlín y con ello el dominio Ruso sobre los países del este. Esto fue aprovechado por el occidente para enviar el exceso de sus productos a esos “nuevos mercados”. Pero, como estos países a penas habían salido de sus opresiones, no disponían de suficiente dinero como para abastecerse de todo lo que se les ofrecía. Había que bajar los costos de producción para ser más competitivo. Algunos fabricantes decidieron trasladar a sus industrias a países como Eslovaquia, Rumania, Hungría, Polonia etc. que contaban con mano de obra calificada y barata Sin embargo tropezaron con la realidad de que los que producían ahora ganaban poco para convertirse en consumidores masivos y los que solían comprar antes quedaban ahora sin empleo. Una vez más amenazaba una contracción de la “economía en crecimiento” que obligó volver a dirigir sus ojos hacia los países latinos. Los economistas y políticos mundiales sugirieron entonces entrar en una Globalización, que permitiría un libre transito de productos pero no de condiciones iguales. Como la mayoría de los países en desarrollo no contaban con industrias de alta tecnología tenían que limitarse a ofrecer productos naturales como frutas, café y azúcar, pero abrieron a su vez las puertas para que los industrializados tengan acceso libre al petróleo, cobre, acero y otros minerales de nuestras tierras.

Endeudar al pobre para mantener la ganancia del industrial

Ganó una vez más la industria y para protegerse ante cualquier inconveniencia se formó el llamado grupo G-7 (ahora G-8 y a veces 9), que se reunía con cierta frecuencia para entablar las reglas del juego a - su manera - para seguir empujando la bola de nieve. Nosotros, que ahora nos llaman los emergentes, no nos quedaba más que conformarnos con escuchar sus nuevas disposiciones y someternos a sus imposiciones so pena de algún castigo comercial. Para asegurarse aun más su desesperada necesidad de colocar sus productos y para apropiarse de nuestros recursos naturales libre de contratiempos, propusieron a golpe de tambor la firma de Tratados de Libre Comercio. A nadie le importaba a que los latinos se seguían endeudando y empobreciéndo, siempre y cuando los países industrializados podían seguir acumulando gigantescas ganancias. Tanto la globalización como los tratados de libre comercio engendraron un sistema comercializador con un mismo defecto: Globalizaron a sus productos y su libre transito por el mundo, pero nunca globalizaron el poder adquisitivo de los consumidores quienes al fin y al cabo debían gastar para adquirirlos.

Lejos de reconocer sus fallas y para mantener a su política de venta y a sus PIB’s en crecimiento, los economistas y banqueros - estos últimos para asegurarse la devolución de créditos otorgados a las industrias - lanzaron la genial idea de: “Compre hoy y pague mañana”. Lanzaron la tarjeta de crédito y la promovieron en forma tal que todo el mundo corría para obtener una. Recurrieron a las más increíbles artimañas para “obligar” al público a endeudarse para adquirir cuanto producto apareciera en el mercado.

Lo que no previeron fue que los consumidores se aprovecharan desmedidamente de esas “gangas” y lejos de favorecer a la industria de su país, se inclinaron por la compra de productos de origen foráneo. Surgió entonces el mercado Chino, la India, Singapur y hasta Brasil que con su bajo costo inundaron los mercados del mundo y se quedaron, ni lerdos ni perezosos, con los dineros que los bancos habían prestado a “los suyos para los suyos”.

El colapso financiero

Ese descontrolado y desproporcionado financiamiento causó a que los bancos quedaran sin liquidez porque no podían recuperar los créditos otorgados a los empresarios ni los dineros prestados a los consumidores (tarjetas de crédito) máxime que estos últimos se había endeudado en un 20 al 25 % por encima de sus posibilidades financieras (sin tomar en cuenta el incremento del costo de la vida). Hacer efectivo prendas e hipotecas dadas en garantía y a su vez cerrar nuevos créditos no solamente aceleró el desplome inmobiliario sino que arrastró como un remolino a todo lo que estaba a su alrededor.

Su movida de recurrir a los gobiernos para que estos les inyecten dinero no tiene ni sentido ni moral. Que se han hecho los miles y millones de millones que se habían ganado antes de declararse la crisis y donde quedaron las predicciones de un futuro brillante hecho por el G-7 y 9 y sus economistas? Los políticos (de por sí cómplices del desastre) atendieron en tiempo record esas solicitudes e “imprimieron” miles de millones en efectivo -no precisamente para salvar el mundo de su pobreza ni para aportar ayuda a países damnificados por desastres naturales - , sino para “salvar” a la bolsa (donde los que no tienen venden y los que no necesitan compran), y a bancos e industriales que nunca se habían preocupado por el bienestar comunal.

La crisis es grave y las soluciones están a muy largo plazo, pero bajo ningún concepto se debe comparar este descalabro financiero con la crisis de 1929, no solamente porque su origen es totalmente distinto sino porque las soluciones que se dieron en aquella época provocaron el holocausto y desembocaron en una guerra mundial. Tampoco se debe ni se puede hablar de una crisis mundial ya que ella afecta casi exclusivamente a los países industrializados, quienes, con su única meta de mantener a su industria produciendo, descuidaron la realidad del mercado, el sistema monetario y su balance de pagos. Además pareciera que la declaratoria de la crisis (o la quiebra) fuera premeditadamente atrasada en protección de algunas empresas y políticos mundiales ya que es incomprensible que tanto USA, los países Europeos y sus afiliados, Rusia y Japón (todos del G-7 o 9) hayan declarado una crisis idéntica y en un mismo momento y que todos acordaren recurrir a la ayuda estatal para salvar a sus bancos, ciertas empresas y bolsas de valores.

Hacer responsables a todos por igual es absurdo y fuera de toda consideración

Ya que la crisis parece haber sido provocada por manipulaciones políticas apoyadas por una bien calculada desinformación económica para ocultar la situación real ante sus conciudadanos, es altamente censurable y vergonzoso que los gobiernos echen mano a la caja tributaria. Pretender, además, a que todos los contribuyentes deben cargar con esas deudas sin recibir absolutamente nada a cambio, es tratarlos como completos ignorantes y ofender su orgullo de buen ciudadano. Es lamentable e imperdonable que a ninguno de esos asesores y políticos se les haya siquiera ocurrido a que las empresas que se beneficien de la inyección masiva de dinero deberían transformarse en cooperativas para que cada ciudadano se convierte en socio propietario con derecho a voto y recibir dividendos y otras facilidades hasta tanto esas empresas no decidan (o estén en condiciones) reembolsarles el dinero que el estado les había prestado.

Volver a sus raíces

Esta crisis derrumbó la mal encaminada y artificialmente sostenida economía y esta poniendo en evidencia a los líderes políticos que han fomentado - a través de ofrecimientos de globalización, de tratados de libre comercio, de derechos humanos, guerras y sanciones - un tal desastre mundial. Venir ahora a proclamar soluciones, como inyectar dineros a la industria, bancos y bolsas no viene a resolver absolutamente nada, mientras no se busca una estabilidad económica del consumidor. Dejar al consumidor sin empleo, sin crédito y sin alternativas no solo es obligarlo a cavar su propia tumba, sino que enterrar consigo a la propia industria. Es tiempo a que cada país retome la iniciativa de retornar a su democracia, a su integridad social y a su plena independencia, raíces básicas y naturales que aseguran un nivel de vida acorde a las esperanzas de cada uno. Costa Rica es uno de los países que puede mantenerse al margen de la crisis, no solamente por su tamaño y cultura sino porque no existe ni un solo motivo sustancial que nos pudiera involucrar en una depresión dizque mundial. Los errores económicos cometidos durante décadas deben corregirse de acuerdo a nuestras capacidades y a base de esfuerzos propios. Intentar ligarnos con la crisis foránea es como querer contagiarnos con una enfermedad grave para ver si algún organismo “nos venga a salvar”.

Existe una crisis interna que fue provocada por el exceso de crédito otorgado por nuestros bancos, y al igual a lo que sucedió con los consumidores de los países industrializados, los nuestros también “gastaron” esos dineros descontroladamente en productos importados y en lujos que no tienen nada que ver con la producción. Sencillamente, ese dinero se fue; dejando tras sí una enorme deuda por financiamientos particulares y su recuperación va a ser más ilusión que efectiva. Es el momento propicio para reflexionar sobre nuestro futuro y darle soluciones certeras y duraderas a los problemas que nos agobian. La única solución definitiva sólo nos la puede dar el consumidor quién - mientras no se le limitan sus ingresos - puede adquirir artículos y productos “ojala” elaborados por industriales y agricultores nacionales lo que garantiza a que estos sigan ocupando mano de obra y pueden mantener un volumen de venta adecuado. No podemos seguir importando productos de primera necesidad a cambio de exportaciones de manjares ni debemos permitir a que nuestras tierras sean vendidas a “vacacionístas” sin escrúpulos. Tenemos que dedicarnos a lo nuestro, volver al campo para producir nuestro alimento básico, mejorar y ampliar la infraestructura, el sistema educativo, los centros de salud y crear industrias de primera utilidad y mucho más para generar empleo e ingresos estables. En vez de prestar dineros a un grupito de gentes para que salgan de ¿sus necesidades?, es repetir errores ya conocidos, valdría la pena estudiar la posibilidad de subvencionar al consumidor sus deudas que en gran mayoría fueron acumulados inocentemente por tanta propaganda provocativa y atrayente. Como no hay político dispuesto a sacrificarse sin beneficiarse, y para que las decisiones a tomar tengan un carácter puramente democrático es menester a que tales propuestas provengan del propio ciudadano y su comunidad para ser acogidas por los cantones, las provincias y finalmente por sus representantes ante el congreso. Dado que somos de origen campesino, descendientes de forjadores y de quienes se esforzaron para llevar el nombre de Costa Rica muy en alto, estamos comprometidos a que el país vuelva a su autenticidad con la cual soñaron nuestros antepasados.

Hay que ser honesto

Los errores acumulados no pueden ser achacados en forma exclusiva a los políticos, sino también a los ciudadanos que con su abstencionismo, su desinterés nacional y su despreocupada actitud han permitido a que políticos tradicionales hayan vuelto a ocupar sus prebendas. Aun estamos a tiempo para buscar una reforma total de nuestro sistema democrático. Para lograrlo no es necesario enmendar la constitución ni modificar nuestro código electoral sino que conseguir a que cada ciudadano entienda que en sus manos esta la fuerza de decisión que puede darle un nuevo giro a nuestra Nación. Una escogencia clara, sin fanatismo ni favoritismo, puede garantizarnos a que una persona idónea, sin compromisos y sin intereses creados puede llevarnos a que el destino de nuestro país sea de progreso y de bienestar para todos. Solo una concurrencia masiva a las urnas puede darnos los frutos que anhelamos y terminar definitivamente con la corrupción, la inseguridad y la pobreza. Para lograrlo se necesita la voluntad popular y la participación masiva en las decisiones a tomar, ya que sin ella la imposición política sigue dominándonos. De que una concurrencia masiva a las urnas puede provocar un vuelco político de una Nación ya lo han demostrado países como la Argentina con Néstor Kirchner, Brasil con Inazio Lula da Silva, Chile de Michelle Bachelet, Venezuela, Ecuador y Bolivia y la reciente elección de Barack Obama como nuevo presidente de los EE.UU. Cada uno de estos “políticos fuera de serie” ha llegado al poder gracias a una gran participación de decididos votantes, enemigo número uno de los políticos tradicionales, de los cuales ni uno alcanza siquiera el 23 % del apoyo popular. El pasivismo y el abstencionismo electoral son tan dóciles como el elefante, solo que: Si el elefante estuviera conciente de su fuerza, no habría como domesticarlo.

Columnista huésped | 6 de Enero 2009

2 Comentarios

* #16913 el 7 de Enero 2009 a las 07:15 AM jose calvo dijo:

Está muy interesante porque hace ver como la mentira gobierna all sistema, y cómo el estudio solo permite que los hombres colaboren con la mentira. Yo no creo que las medidas de alivio a la crisis del 29 condujeran a la guerra mundial y el holocausto. La crisis si porque favoreció a Hitler, y también la Conferencia de Versalles, porque las “reparaciones” solo podían causar resentimiento. La crisis en los países industriales nos tiene que afectar porque nosotros no tenemos mercado interno; casi solo se produce para mandar allá, y por eso importamos hasta la comida.

* #16925 el 7 de Enero 2009 a las 09:37 AM Luis Paulino Vargas Solís dijo:

En relación con la actual crisis y las posibles respuestas que frente a ésta se ensayen, hay algunas tentaciones en las que fácilmente podría caerse y que, me parece, resultan peligrosas.

Una es la de buscar, a la ligera, chivos expiatorios que permitan distraer la atención de los problemas sistémicos de fondo. Echarle la culpa al exceso de avaricia de los banqueros de Wall Street es tan insuficiente e inapropiado como echársela a los economistas o a los políticos. Y no es que unos y otros no tengan su buena dosis de responsabilidad. Es que individualizar de esa forma el asunto tan solo contribuye a los fines más siniestros del sistema, justo porque deja en la penumbra los problemas sistémicos de fondo.

Y, en general, esto también es válido cuando se trata de analizar la llamada globalización y el cúmulo de tendencias problemáticas que le son características. Atribuir el proceso a voluntades individuales da lugar a una quizá intrigante teoría conspirativa pero, de nuevo, ello tan solo oculta, en vez de sacar a la luz, los asuntos que son realmente fundamentales. Simplificar la realidad tiene sus atractivos, entre otros que nos hace sentir más seguros, con la falsa sensación de que podremos sin mayor esfuerzo controlar la situación. Pero ello no impide que la realidad sea muy, pero muy compleja, y por lo tanto reacia a cualquier solución simplista y facilona.

Otra tentación es la de negar los alcances y significado de la crisis. La evidencia se apuña en montañas demostrando que sí es una crisis mundial que ya ha trascendido los centros desarrollados del sistema. Incluso China -como también la India o Brasil y, de hecho, América Latina en pleno- está recibiendo sus bandazos. Y en los tres centros desarrollados el asunto ha adquirido en los últimos meses dimensiones excepcionalmente graves.

Por otra parte, son también muy contundentes las razones que permiten afirmar que Costa Rica si está siendo afectada -y lo será mucho más en los meses venideros- por la crisis. Ello está inscrito a profundidad en las formas como nos hemos vinculado a la economía mundial -y en particular a la estadounidense- en los últimos 25 años. Y tal cosa no se modifica por el solo conjuro de nuestro buenos deseos.

Ello me lleva a la última peligrosa tentación que quiero mencionar: la de imaginar esta Costa Rica nuestra desde categoría nostálgicas, quizá románticas pero poco realistas. Costa Rica -para bien y para mal, según de lo que se trate y como se le mire- ha dejado de ser lo que en otros tiempos era. Deberíamos luchar por mantener vivo y, más importante aún, por reavivar y darles nuevo vigor y contenido a un principio fundamental: la aspiración democrática, de justicia, igualdad y soberanía. Pero, en todo caso, ello exige ser conciente de lo nuevo que hay en nuestras realidades actuales y el mucho más alto grado de complejidad de la sociedad costarricense del siglo XXI.

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