Era la mañana. Atrás quedaron San José y Heredia. El carro - un inglés de recién pasada la segunda guerra mundial - subía con poca velocidad; el tiempo era frío, inclemente, niebla muy baja obstruía el paso. Hacia el norte estaba la confluencia de Vara Blanca. El destino del abogado que apenas iniciaba su labor profesional, era concurrir por unos dos o tres días a Puerto Viejo de Sarapiquí y de allí desplazarse a la Alcaldía de La Virgen para recabar pruebas en un litigio ordinario muy sonado en la región. La ilusión del novato: tendría que vérselas con un abogado de renombre; tal circunstancia era natural le produjera encontrados sentimientos: respeto al colega pero al mismo tiempo, deseos de triunfar en esa que era clave del proceso.
Agreguemos: en ese momento, 1959, el camino hasta Vara Banca si bien angosto estaba en correcto estado, pues había sido bien construido entre 1936 y 1940 por el presidente don León Cortés; se hacían los trabajos en esa época con sentido de permanencia; y todavía hoy al pasar ese tramo se encuentra ese testimonio de perennidad.
Al cruzar en Vara Blanca, en sentido norte la carretera ¿era carretera? se convirtió en un martirio. Una prolongada y muy empinada cuesta con curvas y huecos, y el piso de piedras muchas sueltas por la inclemencia de los inviernos, se hundía hasta el fondo del valle. La Cinchona - todavía recuerdo de un esfuerzo bélico de extraer hule para los combatientes aliados - y al embocar de una curva, se admira la cabellera blanca que se desprende de lo alto de un cerro y se lanza con gran fuerza hacia el abismo; ese chocar de las aguas que levantan miles de gotas, se encabritan para luego serenarse y continuar la ruta que le ha trazado la conformación del inclinado suelo. Ya para entonces, el cielo se admiraba: se disipaba la niebla, y solo a la distancia, con azul pálido, se miraba el contorno de las vegas que los ríos de la región dejaban a su paso. El bosque era muy tupido y conforme el camino desciende, se dejan de lado, fincas y casas que surgen de la feraz naturaleza. El calor comenzó a herir a los ocupantes del carro, el letrado, un testigo y el chofer, lo cual, adosado con el polvo del camino y la falta de aire acondicionado en el coche, hizo sofocante el viaje. A pesar de ello, el espíritu del novel abogado se sentía lleno de grandes deseos: aquella parte del país era un prodigio de riqueza potencial. Con pena recordó que un brillante profesor de la Escuela de Derecho, saliéndose del tema jurídico, abordó la falta de planificación costarricense: ese era el camino viejo, viejísimo por el cual se efectuaba la relación comercial y de toda índole de Costa Rica con el resto del mundo europeo y de la costa este de América: por ese sector nos comunicábamos a través del río San Juan con el puerto de San Juan del Norte, cuando en nuestra costa atlántica no existía un puerto que lograra cumplir con esas tareas. Para la fecha de este relato, todavía ese camino no se había terminado para transitarlo en forma decente; era casi como viajar en el siglo XIX. Entre las cosas que en ese momento no sabía el viajante era que, siendo el tránsito obligado de comerciantes; y también de contrabandistas que internando ilegalmente las mercaderías, estos últimos, aventajados por las sombras de la noche, aparecían en lo alto de la montaña para traerlas a lomo de mulas hasta el centro de la República. Muchos capitales de nuestro país, tuvieron ese discutible origen.
Puerto Viejo entonces era un villorrio; ni siquiera existía un hotel o pensión que pudiera albergan con decencia al “turista”. Una fonda pequeña era el lugar para comer. Por lo tanto, el alojamiento se tenía que hacer en un viejo galerón propiedad de quien iría a representar, que servía de bodega para los productos sembrados y cosechados; arroz, frijoles, maíz. ¿Cama para dormir? No, desde luego, no había. Se reunieron varios sacos y formar lo que sería el lugar de descanso. Ese lecho no era, ni mucho menos, de rosas como lo proclamó el emperador azteca; los granos se incrustaban con pegajoso dolor en el cuerpo. Martirio suportado por las ansias del abogado que superaba esos escollos en su anhelo de figurar, por primera vez, en una lid bien dispuesta ante una autoridad judicial. Hasta entonces, su labor profesional radicaba en hacer algunas escrituras y cobrar en juicios ejecutivos de pequeña monta: clientes que apostaban a las todavía inexpertas manos en el conocimiento de la problemática judicial; era el comienzo, como todo comienzo lleno de incertidumbre y de grandes limitaciones.
La cita para iniciar la prueba estaba señalada para la media mañana. Los nudillos de las frijoles o maíz no le permitían el dormir tranquilo; y a ello se sumaba la emoción que lo condicionaba. En esas circunstancias, a eso de las cuatro y media de la mañana, sin otra cosa que hacer sino moverse de un lado a otro sobre aquellos sacos vengadores, dispuso levantarse: caminó unos cien metros y se encontró de frente con el río que circula a la vera de Puerto Viejo que en ese lugar hace un requiebro; un pequeño muellecito era el lugar de atraque de botes que lo comunicaban con las fincas aledañas. La niebla matutina como gasa muy tenue cernía la vista sobre las aguas que corrían con lentitud. Conforme pasaban los minutos comenzó a levantar la bruma, y los primeros rayos del sol espejearon en el caudal de las aguas y con su color lechoso se apreció el fulgor del nuevo día. Aquella experiencia del río, la ribera, el pequeño muelle y algún bote atracado, fueron consagración de ese don que tenemos los seres humanos de admirar la belleza pero, además, guardarlas como recuerdo de un momento especial de nuestra vida.
La fonda era el lugar de reunión de finqueros. En sus conversaciones se tenía por cierto la apertura de un camino que entroncaría Puerto Viejo con Guápiles era una obra ineludible; como en estos casos, cada cual de los comilitones exponía su punto de vista tanto de costo como de la ruta a seguir; afortunada democracia la nuestra que nos permite incursionar en las cosas de importancia locales o nacionales, aplicando nuestras propias convicciones, aunque al final resulten no del todo válidas; esa aspiración tenía un fondo imprescindible para los lugareños: el sacar sus productos por el tren desde Guápiles y que era la conexión directa de nuestro atlántico con el valle central. La carretera por el Zurquí no estaba planteada como algo posible en esos días.
Regresar al galerón para bañarse y cambiar de ropa fue el siguiente episodio: protegido por unas viejas latas de zinc, el baño era un lugar infame y resbaladizo. Unas pantuflas de hule evitaban el contagio de cualquier hongo en los pies. Acicalado como mejor su podía en esas condiciones, otra vez, en el carricoche, hubo de reemprender la subida hasta la Virgen. Puntuales, antes de las nueve de la mañana, el joven abogado y sus testigos, llegaron a la Alcaldía; comenzaron a correr los quince minutos que la ley permitía, y como la otra parte no se presentó, vencidos aquéllos, se inició la diligencia. Inexperto como era para todas las alternativas de la actuación probatoria, le fue, sin embargo, fácil expresarse fluidamente durante el acto de recepción; estaba solo: tanto es así que esa misma mañana, y en otra que se realizó en la tarde, se dio por concluida la diligencia pues no existiendo de la parte contraria ni la presencia del abogado ni de sus testigos, se consignó solo la de la demandada y así quedó listo el asunto para la sentencia.
Esa experiencia de triunfar como abogado por la no presentación de los actores fue, en ese momento, una victoria que luego se tradujo en el proceso: desde entonces, el novel abogado, tomó nota que nunca se debe dejar de lado la obligación en participar hasta en los menores detalles, de todo lo que significa atender los intereses de personas que le confían su destino y sus haberes. Y que, por mas que sea la inexperiencia de un joven profesional que inicia el duro tránsito de litigio, su presencia es importante en la decisión del juez, si atiende con prontitud y esmero su obligación.
Preguntémonos:¿ logró en efecto el novel abogado su propósito? el haber ganado esa batalla no le reportó beneficio si por beneficio se entiende el haber cruzado sus armas con un colega destacado; hubo de esperar otros tiempos para hacerlo; pero sí la satisfacción de romper el temor propio del aprendizaje.
Terminado aquel acto judicial, se inició el regreso. Exultante sí, eso era, la sensación del novel abogado; cuando pasó por la catarata, aquella larga cabellera blanca, y vio como las aguas caían verticalmente y desfogaban hacia la vertiente atlántica pensó: “esas aguas seguirán su camino sin los tropiezos propios de una falla que provenga de la naturaleza o del hombre. Yo he ganado una batalla por la falla humana y eso sucede por nuestros errores e imperfecciones; debemos tratar de evitarlos en nuestra vida personal y como profesionales”. Con ese pensamiento no le pareció que el pequeño carro era incómodo, ni le hizo falta el aire acondicionando, ni que la cuesta fuera tan empinada y polvoriento el camino.
El descenso hacia la capital lo fue en una tarde ya casi olvidada en el tiempo, simbólicamente y con todo esplendor. La ciudad, al fondo del valle, se nutría con los aciertos de la luminosidad que dejaba el sol de la tarde ya ocultándose. La niebla que le atormentó durante el viaje de ida, también había desaparecido.
San José, 14 de noviembre del 2004.
Rogelio Ramos Valverde | 12 de Enero 2009


1 Comentarios
Brillante narrativa poética y pinceladas de historia de un sitio que hoy desaparecio y nos deja una secuela de destrucción y dolor; sin ánimo de vulnerar el sentimiento subyaciente de vanagloria, no es mesurado con la anónima acción humanitaria de muchos cost…en el lugar!