La actual crisis económica mundial constituye un punto de quiebra: es altamente improbable que el capitalismo logre restituir condiciones aceptables de estabilidad y legitimidad si antes no logra introducir cambios sustantivos en las modalidades de su funcionamiento de los últimos decenios, el cual ha estado centrado en lo financiero y dominado por la especulación. Al final de mi artículo anterior propuse una idea básica: la crisis, sin embargo, es cosa más amplia y fundamental que la actual recesión. Dicho de otra forma, ésta en realidad es tan solo una manifestación episódica y aguda de la crisis.
De ser correcta esta diferenciación, ello tendría una consecuencia importante: salir de la recesión no es lo mismo que superar la crisis.
Obama propone un paquete de estímulo fiscal, gigantesco y sin precedentes (US$ 825 mil millones) que esencialmente persigue un objetivo: conjurar el peligro de una depresión, frenar la recesión y, eventualmente, restablecer el crecimiento y disminuir el desempleo. Aun cuando algunos componentes de esta propuesta tienen implicaciones en el mediano y largo plazo -por ejemplo, la inversión en infraestructura y en tecnologías más eficientes desde el punto de vista energético- en todo caso, no hay indicios convincentes en el sentido de que haya un propósito claro de enfrentar los problemas fundamentales subyacentes a la crisis. Por esa vía, y si las cosas van suficientemente bien, quizá en un plazo de dos o tres años la recesión habrá pasado. Pero los factores que precipitaron el actual desastre seguirán incólumes, con el agravante de que en el esfuerzo por salir de la recesión se habrán profundizado los grandes desequilibrios de la economía estadounidense y mundial.
Si persisten los problemas de fondo, igualmente persistirá el riesgo de nuevas situaciones traumáticas. O sea, la crisis seguirá viva y el sistema continuará oscilando al borde del abismo sin lograr restituir mínimas condiciones de estabilidad. Y como decía Krugman en un artículo de meses atrás: la próxima vez la cosa podría resultar completamente inmanejable, aunque, a decir verdad, la agudización de la recesión y la persistencia -no obstante el inmenso paquete de rescate de los US$ 700 mil millones- de gravísimos problemas financieros, sugieren claramente que aún se está muy lejos de hacer manejable la situación actual.
Entonces ¿cuáles son las reformas mínimas que el capitalismo mundial debería acometer para aspirar seriamente a dar por superada la crisis?
Como analizábamos en el primer artículo de esta serie, el sistema enfrenta, en lo esencial, dos problemas morrocotudos: a) la sobreproducción a nivel mundial, que se manifiesta en todas las industrias importantes; b) el sesgo financiero-especulativo que lo domina integralmente y que agrava sensiblemente su inestabilidad y su carácter anárquico y despilfarrador. A su vez, cada uno de estos dos órdenes de asuntos remite a un amplio abanico de otros problemas que se despliegan en distintos niveles.
El problema de la sobreproducción, como es obvio, combina problemas de exceso de oferta con otros de insuficiencia de demanda. El excedente de oferta hace manifiesto la expansión de la capacidad productiva en todas las industrias relevantes a nivel mundial, incluyendo el surgimiento de nuevos y poderosos núcleos industriales (como China). La debilidad de la demanda está vinculada al ataque orquestado a nivel mundial, durante los últimos treinta años, contra los derechos laborales, los salarios, el Estado de Bienestar y, en general, el sector público.
Dentro de los parámetros propios del capitalismo y, por lo tanto, sin entrar a cuestionar sus formas de desarrollo y funcionamiento, resolver estos problemas conlleva, de todas formas, exigencias sumamente complejas. Veamos.
- En el caso del problema de la sobreproducción desde el punto de vista de la insuficiencia de demanda (en otro artículo comentaré lo relativo a la sobreoferta)
Primero, habría que restituir el poder adquisitivo de los salarios (revalorizar la fuerza de trabajo), cosa que, necesariamente, debería estar acompañada de un relanzamiento de las organizaciones sindicales y de las normativas laborales.
Segundo, habría que recomponer las condiciones de empleo y salarios de los grupos medios, y de rentabilidad y crecimiento de las pequeñas empresas.
Tercero, también debería recomponerse el Estado de Bienestar y, en general, una participación estatal más fuerte y significativa en la economía.
Pero en cada uno de estos casos se choca con obstáculos asociados al despliegue de la globalización durante los últimos decenios. Ésta no solo ha implicado exportar empleos hacia países de bajos salarios y reubicar inversiones e industrias. También ha propiciado el debilitamiento de las organizaciones sindicales, el desmantelamiento de los derechos laborales, la privatización de empresas estatales y la disminución de la fiscalidad de los Estados y del gasto público. Por lo tanto, tratar de resolver el problema de la demanda, implica poner en cuestionamiento todo este modelo de globalización (de expansión global de los capitales) y conlleva, en consecuencia, entrar en directa colisión con los intereses del capital transnacional que ha sido líder y principal beneficiario de esa globalización. Obviamente éste no querrá aceptar de buena gana nada que considere lesivo para sus intereses.
- En el caso de la hipertrofia financiera y especulativa
Como hemos discutido en artículos previos, el crédito y la deuda -que alimentan la espiral especulativa- ha sido una fuga al vacío, tratando de generar poder de compra para la sobreabundante producción que satura los mercados. El colosal desbarajuste financiero y económico actual frena en seco esta posibilidad ¿Podrá el capitalismo resolver de forma perdurable sus problemas de mercados sobreofertados sin recurrir a ese pervertido mecanismo financiero?
Una dosis mínima de sensatez aconseja que se introduzcan modificaciones sustantivas en las formas de funcionamiento de los sistemas financieros. Ello incluiría no solamente reformular y ampliar las regulaciones a escala nacional, sino introducir nuevos y amplios mecanismos regulatorios a nivel mundial. Sobre todo, significa sistemas financieros donde se restituya una dosis mínima de racionalidad, en vez de la actual demencia especulativa. Y aunque a la luz de las traumáticas experiencias que estamos viviendo, esto pareciera ser cosa evidente, no necesariamente estarán de acuerdo con ello los grandes intereses financieros globales.
Así pues, tanto en relación con las situaciones de insuficiencia de demanda y sobreproducción como respecto de los que plantea el sesgo financiero-especulativo del sistema, se reitera un mismo problema: el capitalismo necesita introducir cambios de considerable envergadura, pero éstos colisionan directamente con los intereses inmediatos del capital transnacional. El conflicto entre los intereses de largo plazo del sistema y los intereses más inmediatos de las fracciones hegemónicas del capital, plantea un predicamento de excepcional complejidad.
Este no es un problema técnico, sino político en sentido amplio, donde se ponen en tensión fuerzas sociales, intereses, visiones ideológicas y proyectos políticos disímiles. Incluso, aunque no haya de por medio ningún propósito revolucionario, esto desata un choque de grandes proporciones. Podrían darse reacomodos profundos del capitalismo mundial, los cuales impactarían todos los ámbitos -sociales, políticos y económicos- y todos los niveles, incluyendo estados, organizaciones regionales y multilaterales y mercados mundiales. Puede que prevalezcan las mismas fuerzas que han dominado durante los últimos decenios, lo cual implicaría que, en lo esencial, las condiciones actuales continuarían vigentes y la crisis sistémica seguiría en curso de agravamiento. O quizá podrían darse cambios de notables alcances. Pero aún si esto último aconteciera, ello no garantiza a priori que los resultados a que se llegue sean los que más convengan a la estabilidad y legitimación (a la regulación exitosa) del sistema capitalista mundial.
Seguiré con esto último.
Luis Paulino Vargas Solís | 20 de Enero 2009


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