Disminuir tamaño de letraAumentar tamaño de letraImprimir paginaEnviar esta pagina por e-mailAmpliar el ancho de la paginafluid-width

Capitalismo, recesión y crisis (segunda parte)

Luis Paulino Vargas Solís | 16 de Enero 2009

En el artículo anterior propuse una idea básica: la actual crisis económica mundial pone en evidencia la dependencia patológica que el capitalismo neoliberal ha desarrollado respecto la deuda y la especulación. Al mismo tiempo, marca un punto de no retorno, más allá del cual se hace insostenible ese modelo alimentado por el crédito y la apuesta especulativa. Quedan aquí girando varias ideas que ameritan más reflexión. En lo inmediato retomo una en particular: ¿qué fuerzas han conducido a este capitalismo especulativo y despilfarrador? Tratar de contestar esto demanda hacer un poco de historia.

Los acuerdos de Bretton Woods (1944) crearon el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, y establecieron el llamado patrón oro-dólar, en virtud del cual esta moneda -la moneda nacional de Estados Unidos- pasó a ser, al mismo tiempo, moneda mundial. Así, todas las demás monedas expresaban su valor en dólares y éste en oro. Regían, en todos los casos, tasas fijas de cambio. Aquí el detalle esencial es el siguiente: esa función dual del dólar dejaba sentada la posibilidad de que Estados Unidos pudiera tener los déficits que le diera la gana en su balanza de pagos. Muy cómodo: serían “pagados” en dólares.

Y de cierto que los déficits hicieron aparición, ya desde los años cincuenta. Así, empezaron a hincharse las masas de dólares que circulaban fuera de las fronteras de los Estados Unidos, sin control por parte de ninguna autoridad monetaria nacional o internacional. Esto dio lugar al desarrollo de los que, en su momento, recibieron el nombre de euromercados.

A inicios de los setenta, estos desequilibrios externos que pesaban sobre el dólar, generaron la quizá haya sido la primera crisis financiera importante del capitalismo tardío o maduro: el derrumbe de aquel patrón oro-dólar. Se dieron entonces dos cambios sustantivos: se suspendió la convertibilidad dólar-oro de forma que, en adelante, aquél quedó liberado de cualquier amarre o referente objetivo; y, además, se liberalizaron los tipos de cambio entre las divisas principales, las cuales pasaron a fluctuar en los mercados de forma más o menos “libre”.

Pero los desequilibrios externos de la economía estadounidense continuaron, agravados por el financiamiento de las aventuras militares del imperialismo yanqui. Se agrandaban así las masas de capitales expresados en dólares que circulaban a escala planetaria. Luego vendrían las crisis petroleras (1973-1974 y 1979) que gestaron los llamados petrodólares, los cuales, “reciclados” por los países petroleros en bancos del mundo rico, vinieron a agregar más fuego a esa hoguera financiera. En ese contexto surgió la crisis de la deuda externa latinoamericana, la cual explota -Costa Rica incluida- en los primeros años ochenta y da lugar a la penosísima “década perdida”.

Por otra parte, esa liberalización de los tipos de cambio que se da a inicios de los setenta, inaugura un proceso que, de forma progresiva, a lo largo de varios decenios, conduce a la liberalización creciente de los movimientos de capitales y de la especulación financiera en todas sus formas.

Por otra parte, en 1974-75 y 1981-82 tienen lugar recesiones importantes de repercusiones mundiales. En ese contexto se da el ascenso del neoliberalismo, favorecido por las características que estas situaciones problemáticas asumen, ya que combinaban inflación con recesión y alto desempleo. El keynesianismo -dominante durante el período posterior a la Segunda Guerra Mundial- recibe así un ataque furioso. Es especialmente violenta la ofensiva contra el Estado de Bienestar y los derechos laborales. Esa contrarrevolución política e ideológica se consolida con la llegada al gobierno de Thatcher en Gran Bretaña (1979), Reagan en Estados Unidos (1981) y Kohl en R.F. Alemania (1982) (no olvidemos, sin embargo, el antecedente salvaje y genocida de Pinochet en Chile).

Se inicia así la larga noche del reinado mundial del neoliberalismo, que luego se consolida con la caída del socialismo real de la Europa Oriental a finales de los ochentas e inicios de los noventas. La socialdemocracia se volvió neoliberalismo y, a su vez, los neoliberales proclamaron el triunfo definitivo del libre mercado que, en realidad, era la proclamación de la dictadura del capital transnacional. Para las clases trabajadoras y los pueblos del mundo entero, ello implicaba una dolorosísima derrota.

Entretanto, la revolución tecnológica de la informática, la microelectrónica, la robótica y las telecomunicaciones, potencia el desarrollo -en especial hacia los noventa- de la así llamada globalización, la cual toma la forma de amplios procesos de transnacionalización de las inversiones y la producción y, con ello, la exportación de empleos desde los países ricos, y el surgimiento de nuevos centros industriales en países de bajos salarios.

Esa revolución tecnológica también aporta un poderosísimo acicate a favor de la hipertrofia financiera-especulativa. Los mercados de capitales quedan integrados en tiempo real a nivel mundial y funcionan las 24 horas del día; los capitales financieros se vuelven ubicuos y desarrollan un millón de artimañas para burlar y anular todo control público. También ganan en “creatividad” y, con ello, en sofisticación. Va creciendo un calidoscopio de nuevos instrumentos financieros, cada vez más opacos y complejos.

Y, con ello, las crisis financieras se multiplican. Desde la del sistema monetario europeo a inicios de los noventa; la de México hacia 1995; la asiática en 1997. Y luego la rusa, la brasileña, la argentina, la turca. También la burbuja de Internet en Estados Unidos (segunda mitad de los noventa), directamente vinculada a lo financiero vía la especulación con los valores accionarios en bolsa. Hasta desembocar en la crisis financiera reciente, incubada en los créditos inmobiliarios y devenida una tormenta gigantesca de alcances planetarios.

Observando en perspectiva estos 30 años de dominio mundial del neoliberalismo ¿qué encontramos?

Primero, hay una acumulación progresiva de desequilibrios financieros de alcances planetarios, que se manifiestan principalmente como un inflamiento enfermizo de las actividades financieras-especulativas, todo lo cual está directamente vinculado a la función dual del dólar (moneda nacional y moneda mundial) y, por lo tanto, al papel de los Estados Unidos como superpotencia hegemónica del capitalismo mundial.

Segundo, este es un capitalismo desalmado, según lo atestigua su ataque a mansalva -aunque no siempre exitoso- contra el Estado de Bienestar, los derechos de las clases trabajadoras y la estabilidad económica de los grupos sociales medios. La contrapartida ha sido el enriquecimiento brutal de ínfimas minorías y el ahondamiento de los abismos sociales. Es en este orden de cosas donde mejor se perciben las diferencias entre este capitalismo neoliberal y su antecesor, el relativamente amansado capitalismo fordista de posguerra.

Segundo, este se un capitalismo que se volvió, en un mismo proceso, mucho más despilfarrador y especulativo. Eso se manifiesta con crudeza en lo financiero, pero no solo ahí. Quizá podría sintetizarse en un dato muy básico: esta forma de capitalismo ha olvidado por completo las virtudes del ahorro y el conservador comedimiento del buen burgués. Es un capitalismo descontroladamente angurriento, terriblemente cínico y corrupto.

La mirada de conjunto nos muestra un proceso de decadencia en proceso de agravamiento, cosa que se visibiliza en lo ideológico y político, y en lo ético y moral. En lo económico ello toma la forma de una fuga hacia el enriquecimiento fácil en la actividad financiera-especulativa y, por lo tanto, como un hinchamiento enfermizo de lo ficticio. Por su parte, los desarrollos productivos y tecnológicos -que privilegian la destrucción de empleos, el debilitamiento de los Estados de Bienestar y la subversión de las normas democráticas más elementales- dan lugar a una espiral consumista, despilfarradora y ambientalmente devastadora.

El ciclo reciente, originado en la especulación inmobiliaria, marca un punto culminante de estas tendencias. El hecho de que se gestara en el corazón mismo del sistema -Estados Unidos- amplificó sus efectos a nivel mundial. Pero, además, fue al modo de una inmensa telaraña que atrapó los sistemas financieros en una escala desconocida. Una burbuja mucho más grande ha dado lugar a un estallido mucho más estruendoso. No extraña, entonces, que la recesión resultante sea mucho más aguda.

No hay vuelta atrás. Restablecer condiciones básicas de estabilidad será, para el capitalismo, asunto terriblemente laborioso y complejo. Ello marca la diferencia entre la recesión actual y la crisis de fondo, subyacente a esa recesión. Volveré sobre esto.

Luis Paulino Vargas Solís | 16 de Enero 2009

0 Comentarios

Publique su Comentario




Recordar mis datos?


Reglas para publicar comentarios: Antes de publicarse, cada comentario será revisado por el moderador. Su dirección de e-mail no aparecerá.