Discutíamos en el artículo previo una idea básica: el desastre financiero y la severa recesión actual son tan solo episodios agudos que hacen manifiesta una crisis más profunda. En ese marco, las políticas aplicadas o propuestas en Estados Unidos y los otros países ricos son al modo de medicinas que actúan sobre los síntomas. Así, la Reserva Federal estadounidense y los otros bancos centrales principales han emitido dinero de forma masiva y vienen asumiendo deuda por cuantías gigantescas en un esfuerzo extenuante por frenar el colapso financiero. Otras políticas trasladan los costos directamente al fisco, primero con el famoso rescate financiero de US$ 700 mil millones y pronto con el paquete de estímulo fiscal que Obama propone. Más o menos similar es el caso en Europa y Japón.
Se evidencian dos cosas. Primero, incluso si se logra frenar el colapso financiero total y revertir la recesión sin que ésta se degrade en depresión, todavía quedará para el futuro un costo muy alto: una deuda pública sustancialmente incrementada; enormes cargas tributarias; presiones inflacionarias renovadas. Segundo, todavía no se propone nada suficientemente claro ni comprensivo que responda a una voluntad seria por enfrentar las causas de fondo de la crisis.
Es decir, el capitalismo está atrapado en las urgencias del momento, en tanto su visión de largo plazo está oscurecida por los intereses inmediatos de las fracciones hegemónicas del capital, en particular los grandes bancos y demás actores implicados en el negocio financiero-especulativo, así como las gigantescas corporaciones transnacionales.
Hemos visto que dos de los factores clave que subyacen a la crisis -la insuficiencia relativa de demanda y el sesgo financiero y especulativo prevaleciente a escala sistémica- exigirían reformas que colisionan directamente con los intereses de esos grupos hegemónicos del capital. Un tercer aspecto de la cuestión es el relativo al excedente de capacidad industrial existente a nivel mundial. Ello lanza ríos interminables de mercancías a los mercados, cuando, al mismo tiempo, la capacidad de compra está relativamente constreñida.
La recesión actual está empujando violentamente hacia una corrección parcial de esos excesos de capacidad. Ejemplos claros lo aportan las industrias de la construcción, la automovilística, tecnologías de la información, comercio detallista, textiles, las finanzas. Probablemente otras industrias se irán uniendo a este recuento siniestro. En todos los casos están en movimiento procesos similares: a veces cierre de empresas; o violentos procesos de reestructuración organizacional; o fusiones corporativas. En cualquiera de los casos se recortan miles de puestos de trabajo y se producen cierres, totales o parciales, de plantas o instalaciones.
No es un fenómeno nuevo. La historia del capitalismo está plagada de momentos de destrucción como estos, donde masas gigantescas de capital -real o simplemente financiero- desaparecen, trayendo consigo incertidumbre y angustia a la vida de millones de personas que se quedan sin empleo. Después de un tiempo se reinicia la acumulación de capital y renace la fiebre del crecimiento sin límites. El proceso actual seguramente será el de mayores alcances desde los años treinta del siglo XX. Por su parte, las agresivas políticas anti-recesivas en el fondo intentan frenar esa espiral de destrucción. De otra manera sus alcances serían simplemente devastadores.
Supongamos que las políticas actuales -en ejecución o propuestas- tengan éxito suficiente como para, al cabo de un período que podría durar varios años, frenar la recesión y estabilizar los sistemas financieros. Sin embargo, las causas de fondo de la crisis -asociadas a la especulación financiera y la insuficiencia de demanda relativamente a las tendencias a la sobreproducción- seguirán incólumes. Con un par de agravantes. Por un lado, los costos enormes acumulados al cabo de una lucha tan encarnizada contra el actual desbarajuste. Pero además es posible que en de esta forma queden puestas las bases para la próxima gran burbuja y el próximo estruendoso estallido.
No es difícil entender la razón. Hemos nadado en liquidez, originada principalmente en la hegemonía global del dólar y los desequilibrios de la economía estadounidense, y la cual ha sido, asimismo, el combustible que movía la locomotora financiero-especulativa que condujo a este desastre. Ahora, intentando conjurar la catástrofe, vemos a los bancos centrales, encabezados por la Reserva Federal, emitiendo dinero de forma masiva. En el actual ambiente de pánico, esa liquidez se vuelve conservadora; se esconde o busca refugios seguros (como los bonos del tesoro estadounidense). Pero cuando se estabilice la situación, ahí podría estar el combustible para el próximo episodio de demencia especulativa. Éste podría ser peor y, entonces, de peores consecuencias.
Ese es, a grandes rasgos, el panorama en caso de que continúen prevaleciendo los actores e intereses que han dominado globalmente durante los tres decenios de predomino neoliberal. El capitalismo no habría resuelto su crisis y, con seguridad, la manifestaciones de inestabilidad tenderán a agudizarse.
Un cambio en las correlaciones de fuerza que conduzca al predominio de otros intereses y otras visiones ideológicas y políticas, es condición necesaria para superar esa crisis y restablecer una regulación del sistema que lo estabilice por un período relativamente extenso. Condición necesaria, sí, pero no suficiente, ya que, de todas formas, esa regulación debería resolver satisfactoriamente los gravísimos problemas actuales. Es indudable que esa no es una tarea fácil. Y ello por varias razones.
Primero, llevar adelante las reformas necesarias enfrentaría a los sectores más lúcidos del capital -que, en general, serían posiblemente aquellos vinculados a los mercados nacionales más que a la economía global- con esos otros, de vocación transnacional y financiera, que han prevalecido durante los últimos decenios. Los primeros -sin duda los más débiles- necesitarían establecer alianzas con grupos medios y clases trabajadoras a fin de poder tener algún chance de hacer prevalecer sus propuestas de política.
El conflicto que esto abriría sería de dimensiones cataclísmicas y, con seguridad, pondría en tensión los sistemas políticos del capitalismo. Aún bajo la hipótesis optimista de que tienda a prevalecer la visión ideológica y política de los sectores proclives a una reforma importante, en todo caso la magnitud del choque obligaría a fórmulas de transacción que, hasta en el mejor de los casos, implicaría reformas incompletas, que extirparían algunas semillas de crisis, pero dejarían otras vivas.
Una variante aún más compleja surgiría en el caso de una reactivación significativa del malestar y la protesta popular, cosa que, eventualmente, podría arrastrar a los grupos medios o sectores de éstos. Ello abriría un tercer frente relativamente autónomo respecto de las dos grandes fracciones del capital en pugna. Esto podría adquirir manifestaciones aún más complejas, si ese tercer polo de conflicto se bifurca a su vez en dos grandes ramales: uno constituido por movimientos sociales progresista y otro -posibilidad nada descabellada- que involucione hacia respuestas de derecha, de tintes neofacistas.
De tal forma, como ha sugerido Wallerstein, hay indicios fuertes en el sentido de que el sistema capitalista mundial está entrando en una fase crítica que, en el largo plazo, llevaría a su sustitución por un sistema distinto. Y aquí, como es innegable, entra en juego no solo las variables sociales, económicas y políticas -de por sí tan complejas- sino también la pavorosa crisis ambiental. Es, digámoslo así, un momento histórico de desorden caótico que abre distintas posibilidades de bifurcación. Cuál sea la vía que prevalezca y cuál, entonces, la naturaleza y forma de funcionamiento del sistema que vaya a emerger, es cosa imposible de saber a priori.
Pero, en cambio, la parte de la humanidad que tiene clara su convicción democrática y su deber ante las generaciones venideras, también ha de saber que le corresponde luchar para que esa sociedad futura sea radicalmente democrática, igualitaria, justa, libre y ecológica; un lugar donde el derecho a una vida digna para todos los seres humanos, sea realidad vívida y cotidiana, y no una frase hueca en el discurso de los demagogos y privilegiados.
Luis Paulino Vargas Solís | 24 de Enero 2009


2 Comentarios
El cierre a este artÃculo es lo único que nos da la esperanza y el estÃmulo de seguir luchando. Sin esa esperanza no podrÃamos formar parte de esa humanidad con convicción democrática. Asidos a esa esperanza cumpliremos a cabalidad con el ineludible deber de servir a las generaciones venideras que lo impone el simple hecho de estar vivos y formar parte de esta humanidad. La vida nos señala inequivocamente ese derrotero.
Mientras más se ahonda en esta crisis más se da uno cuenta que todo lo sucedido obedece a una clara manipulación polÃtica donde se brincaron todos los principios democráticos, donde se irrespetó descaradamente a la opinión pública y donde – ante todo – se impusieron reglas unilaterales favorables únicamente para cierto cÃrculo industrial sin medir siquiera una sola consecuencia. Son precisamente esa clase de polÃticos (que se esconden bajo una sola cúpula) que intentan ahora ofrecernos soluciones bajo el pretexto de que sin inyecciones de dinero (a los suyos) el mundo colapsará (ya colapsó) y que millones de personas quedaran sin empleo (ya lo están) y que entre todos (ahora si nos toman en cuenta) lograremos solventar esa crisis. Mientras siguen los polÃticos tradicionales (los de siempre) dominándonos a su antojo, no hay forma de arreglar ni esta ni otra crisis. Aunque a algunos les parece demasiado simple, les vuelvo a decir que hay que devolver la democracia al pueblo para que éste participe en la toma de decisiones y ante todo en la elección de individuos que deben llevar el destino de una nación. Volver a sus orÃgenes esta muy lejos de ser un simple sentimiento nostálgico, porque es la cuna de una democracia firme donde cada cual debe cumplir con ciertas responsabilidades que lleguen a garantizar una igualdad social, una hermandad comunitaria y una libertad absoluta. Ningún polÃtico ni industrial -que nuevamente viene a enriquecerse bajo falsas promesas- es capaz de ofrecer una solución, no solamente porque no hay nada que ofrecer, sino porque para salvar a los pasajeros de un barco hundiéndose se necesitan de muchos salvavidas. Queda claramente demostrado que “los del mando†empujaron a los “comunes y corrientes†a endeudarse, los invitaron a vivir dentro de un despilfarro jamás visto y los indujeron a un consumismo sin freno. Es precisamente allà donde debe empezar el arreglo de la crisis y para eso es absolutamente necesario devolverle al pueblo –lejos de meterle miedo por falta de trabajo y créditos- la confianza en un sistema que promete bienestar para todos. Hay que salvar al consumidor, y para eso hay que darle ayuda, confianza en si mismo y participación ciudadana. Solo readecuándole sus deudas a muy largo plazo (para no decir hasta el olvido) puede garantizarse una solución a lo que viene (desempleo, faltante de dinero y quiebra de industrias) porque se evita una contracción del consumo de ciertos productos, se fomenta una (nueva) circulación de dinero que finalmente promete la adquisición de artÃculos de cierta necesidad y por lo tanto garantiza trabajo para la elaboración de esos productos y vida para esas industrias.