Por Jorge Arturo Chaves, sacerdote Dominico, economista - jachaves@cedi-op.org
Cuando G.W. Bush recortó los impuestos a los beneficios del capital y a los dividendos, la acción se justificó diciendo que esto beneficiaría a los norteamericanos de clase media. Que el impulso recibido “se derramaría” hacia abajo favoreciendo a las capas más bajas de la sociedad.
Durante décadas anteriores, en América Latina, se practicaron reformas y políticas económicas que apuntaban a buenos resultados macroeconómicos, afirmando que estos dejarían sentir sus efectos en primer lugar en los estratos más acomodados de las sociedades para, posteriormente, ir “derramándose” al resto de la sociedad.
Ahora, ante la seria crisis financiera, se inyectan centenares de miles de millones de dólares para salvar los bancos y el sistema internacional de finanzas, afirmando que, de no hacerlo, la economía se derrumbaría y, con ella, los fondos de pensiones, los ahorros de millones de ciudadanos comunes y corrientes.
En los primeros dos casos era explícita la llamada “teoría del derrame” (“trickle down theory”, según se la conoció en inglés); en el actual, la misma lógica se encuentra solapada. No importa que el razonamiento haya desaparecido de manera explícita casi por completo de los círculos académicos -algún distinguido colega nacional aún lo defiende-, y de los organismos financieros internacionales, al menos a nivel del discurso.
Lo esencial del contenido parece prevalecer en la práctica de los Gobiernos y, mientras no se demuestre lo contrario, pareciera orientar las medidas de “salvataje” de la crisis actual. Y esto plantea un problema muy serio, económica y éticamente hablando. Porque no se pone en duda que en economía todo y todos estemos estrechamente conectados. No se discute que un impulso en la cumbre de la pirámide social de alguna manera y en alguna medida se transmita a lo largo y lo ancho del sistema, y también hacia abajo.
Lo que preocupa y no está claro es el volumen de lo que se “derrama” y la velocidad a la que lo hace. De hecho “trickle down” no se traduce tan correctamente por “derrame”, sino por “goteo lento”, “flujo inestable de pequeñas cantidades de líquido”. Como cuando tenemos una molesta gotera encima en el techo sobre la cama; o como cuando no hemos logrado arreglar el empaque de esa llave del fregadero. El término “goteo” es elocuente.
Según instituciones y analistas independientes, más de la mitad de los recortes fiscales realizados conforme a los criterios de la era Bush fueron a parar a los bolsillos de norteamericanos con ingresos superiores al millón de dólares anuales. Con la economía norteamericana creciendo a un ritmo razonable en los pasados cuatro años, el premio Nobel Paul Krugman se pregunta: ¿adónde fue a parar el crecimiento económico? Y responde: fue a parar a la misma élite económica que recibió la parte del león de aquellos recortes fiscales. El rechazo a esas políticas, entre otras fuertes razones, ayudan a explicar el triunfo del presidente electo Obama.
En Latinoamérica se han realizado enormes esfuerzos durante dos décadas y media por sanear la macroeconomía e impulsar el crecimiento productivo. El último Estado de la nación, y el Estado de la región (centroamericana) constatan la persistencia de una desigualdad creciente, similar en otras zonas del continente. ¿A dónde fueron a parar los beneficios de ese dinamismo económico? Habría que tomar nota de la respuesta antes de pensar en prioridades para futuros programas de gobierno para nuestro país, por ejemplo. Con la subida de la marea -se escucha con frecuencia- todos los botes suben. Sin embargo, en la marea del crecimiento económico, no todos suben de igual forma, y el tamaño de los pequeños no varía.
Un principio de ética económica fundamental apunta a la necesidad de que ninguna medida económica se tome sin considerar por anticipado el impacto que tendrá sobre todos los afectados potenciales. Eso quiere decir que los criterios orientadores en el diseño y aplicación de las políticas económicas no pueden ser exclusivamente los de eficiencia y competitividad, sino también, al menos, los de equidad y solidaridad. Por eso resultan éticamente insuficientes las llamadas “políticas sociales” de ayuda focalizada, cuando se trata de compensar los impactos negativos de la economía en los sectores más desfavorecidos.
Un exministro argentino de Economía denomina “teoría del complemento” a la que impulsa una política económica que se acompañe de políticas sociales… pero solo se acompañe. Como lo hemos venido insistiendo también otros, desde hace unos cuantos años, no se pueden perder de vista los efectos distributivos de las propias políticas económicas.
Coincide esta visión con la de ese mismo ex ministro citado cuando él afirma que “lo que hace falta son políticas económicas que lleven incorporadas las sociales”. No hay recursos de ayuda social, por inmensos que los pensemos y lo bien que los administremos, que resistan una política económica que no se guíe por criterios de equidad. “La visión del derrame crea unos poco ganadores y muchos perdedores, y nuestras economías no disponen de fondos para recoger a los perdedores de ese sistema” (French-Davis).
Las medidas de “salvataje” a nivel de los EE.UU, de la Unión Europea y de nuestro propio país deberían ir antecedidas por ciertas preguntas claves. ¿Cuánto de estos montos va a terminar en beneficio de los más responsables de la crisis? ¿Cuánto llegará a estratos medios y bajos? ¿Cuánto evitará el aumento del costo de vida, del pago disparado de intereses por hipotecas, de los despidos de trabajadores, de la cobertura de desempleados? ¿Cuánto irá orientado a mantener el nivel de inversiones sociales -educación, salud, vivienda-, de nuestros países, para el desarrollo de capacidades de los ciudadanos medios?
No es falso ni de poca importancia pensar que lo que afecta al sistema financiero acaba afectando los bolsillos de todos y que, por eso, no se puede permitir el derrumbe general. Sin embargo, sigue siendo verdadero que el mero “salvataje” del sistema no se derramará para cubrir proporcionalmente las necesidades de los más desfavorecidos ante la crisis. De no existir medidas específicas a favor de estos, los platos rotos de la crisis acabarán pagándolos los de siempre.
(La Nación)
Columnista huésped | 17 de Noviembre 2008


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