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Regresa la economía de la depresión

Periscopio: allende nuestras fronteras | 20 de Noviembre 2008

Por Paul Krugman, de The New York Times

Por si acaso aún no lo ha notado, las noticias económicas siguen empeorando. Pero aun con lo negativas que son, no espero otra Gran Depresión

De hecho, la tasa de desempleo probablemente no llegará al nivel máximo post-Depresión de 10.7%, alcanzado en 1982 (aunque me gustaría estar totalmente seguro de esto).

Sin embargo, sí estamos ya totalmente inmersos en lo que yo llamo “economía de la depresión”. Con eso me refiero a un estado de cosas como el de la década de los 30, en el que las herramientas habituales de la política económica —sobre todo la capacidad de la Reserva Federal de impulsar la economía recortando las tasas de interés— han perdido toda su fuerza. Cuando la economía de la depresión prevalece, las reglas usuales de política económica ya no son aplicables: la virtud se convierte en vicio, la cautela en riesgo y la prudencia en insensatez.

Para saber de qué estoy hablando, considere las implicaciones de las últimas y terribles noticias económicas: el reporte sobre las nuevas solicitudes de seguro de desempleo, que ahora han superado el medio millón. Aun con lo negativo que es este reporte, visto de manera aislada podría no parecer tan catastrófico. Después de todo, es una cifra similar a la alcanzada durante las recesiones de 2001 y de 1990, las cuales terminaron siendo relativamente suaves en comparación con los estándares históricos (aunque en ambos casos tuvo que transcurrir un buen tiempo antes de que el mercado laboral se recuperara).

Sin embargo, en esas dos ocasiones previas la respuesta estándar de política pública ante una economía débil —un recorte a la tasa sobre fondos federales, la tasa de interés que es afectada de forma más directa por la política de la Fed— todavía era una opción. Actualmente, no es así: la tasa sobre fondos federales efectiva (no la establecida como objetivo oficial, que por razones técnicas ha perdido importancia) ha promediado menos de 0.3% en los últimos días. Básicamente, no hay nada más que recortar.

Y sin la posibilidad de futuros recortes a las tasas de interés, no hay nada que pueda detener la tendencia a la baja de la economía. Un aumento en el desempleo generará futuros recortes en el gasto de consumo, el cual, advirtió esta semana la cadena de tiendas Best Buy, ya ha sufrido un declive “sísmico”. Un gasto débil por parte de los consumidores provocará recortes en los planes de inversión de las empresas. Y la debilidad de la economía provocará más recortes laborales, generando un ciclo adicional de contracción.

Para sacarnos de esta espiral a la baja, el gobierno federal tendrá que ofrecer un estímulo económico en la forma de un mayor gasto y mayor ayuda para los más necesitados, y este plan de estímulo económico no se presentará lo suficientemente rápido ni será lo suficientemente sólido a menos que políticos y funcionarios de economía sean capaces de trascender varios prejuicios comunes.

Uno de estos prejuicios es el temor a los números rojos. En tiempos normales, es bueno preocuparse por el déficit presupuestal, y la responsabilidad fiscal es una virtud que tendremos que volver a aprender tan pronto como pase esta crisis. No obstante, cuando prevalece una economía de la depresión, esta virtud se convierte en vicio. El prematuro intento por parte de FDR de equilibrar el presupuesto en 1937 casi terminó con el New Deal.

Otro prejuicio es la creencia de que las políticas públicas deben ser implementadas con cautela. En tiempos normales, esto tiene sentido: no se deben hacer grandes cambios en política hasta que esté claro que son necesarios. Sin embargo, bajo las condiciones actuales, la cautela es un riesgo porque ya se están dando grandes cambios hacia un empeoramiento de la situación y cualquier retraso de las acciones incrementa la posibilidad de un desastre económico más profundo. La respuesta debe estar lo mejor diseñada posible, pero el tiempo es vital.

Finalmente, en tiempos normales la modestia y la prudencia en los objetivos de política pública son positivas. Pero en las condiciones actuales, es mucho mejor equivocarse por hacer demasiado que por hacer demasiado poco. El riesgo, si el plan de estímulos resulta ser más de lo necesario, es que la economía podría sobrecalentarse, provocando inflación. Pero la Reserva Federal siempre puede atajar esa amenaza incrementando las tasas de interés. Por otro lado, si el plan de estímulo es muy pequeño, no hay nada que pueda hacer la Fed para compensar la deficiencia. De modo que cuando prevalece la economía de la depresión, la prudencia es un disparate.

¿Qué nos dice todo esto acerca de la política económica en el futuro cercano? Es casi seguro que cuando la administración Obama asuma el cargo la economía lucirá incluso peor que ahora. De hecho, Goldman Sachs pronostica que la tasa de desempleo actual, ubicada en 6.5%, alcanzará 8.5% para finales del próximo año.

Todo apunta a que la nueva administración ofrecerá un importante paquete de estímulos. Mis propios cálculos informales indican que el paquete debe ser enorme, del orden de los 600 mil millones de dólares.

Así que la pregunta es, ¿se atreverá la gente de Obama a proponer algo de ese tamaño?

Esperemos que la respuesta a esa pregunta sea afirmativa, que la nueva administración sea de hecho así de audaz. Porque hoy vivimos una situación en la que sería demasiado peligroso ceder ante las ideas convencionales de prudencia.

Periscopio: allende nuestras fronteras | 20 de Noviembre 2008

1 Comentarios

* #15229 el 21 de Noviembre 2008 a las 05:31 AM Jos Calvo dijo:

Se pueden hacer los intereses negativos; es decir, pagarle a la gente para que saque los préstamos y reactive la economía, y nada pasará, mientras estén dominados por el miedo. Roosevelt tenía razón, era el miedo el único enemigo. Ahora habría que sumar el límite ambiental, y la posibilidad inevitable de que el gobierno caiga en las mnos de un loco; lo que también puede pasar en Costa Rica. Por suerte el nuestro está cansado. Lo que las políticas neoliberales exacerbadas por unos pocos locos han hecho de malo es destruir la confianza de la gente, que cuesta tanto restablecer.

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