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Mis gotas de seda, de sombra y de luz

Anacristina Rossi | 19 de Noviembre 2008

Mi gota de seda es Rusco. Llegó a Punta Uva y se enroscó en una silla después de maullar con desesperación. Sus ojos tan oblicuos, brillantes y apacibles, su barbilla blanca y su piel atigrada me hicieron pensar en un gato perfecto a pesar de su hambre. Pero entonces vi su herida. Una llaga inmensa que nacía en las orejas y le llegaba al pecho. Desde ese día lo quise. Empecé a hablarle con voz dulce. Rusco tenía terror de todo menos de mí. Me lo traje a San José.

Un excelente veterinario le abrió la llaga y cosió los músculos y nervios que alguien le había cortado como con un machete. Despegó la piel, la jaló y le cubrió la herida. La reconstrucción funcionó.

Rusco y yo nos volvimos inseparables. Duerme a mis pies, desayuna conmigo, y cuando escribo, río o lloro siempre está a la par ofreciéndome su amor, su ronroneo, su pancita de seda o su lomo de seda.

Mi otra gota es Max. Se lo regaló a mi hija un funcionario de la policía holandesa. Un ovillo diminuto en un gran canasto se convirtió en un tigrillo que mide más de un metro y pesa más de diez kilos. Es blanco con amarillo, negro y café y es de la familia el que más ama el trópico. Cazador implacable, tiene a raya a los roedores; sus ojos verdes son tan claros que parecen hechos de purísima luz.

Mi gota de sombra es un gato secreto, negro, misterioso como una esfinge. Uno de esos gatos por los que a una mujer solían quemarla viva en tiempos de la inquisición.

Ayer salí de la casa, tenía una reunión y manejaba tranquila cuando me fui en un hueco. Era un hueco tan hondo que se estalló la llanta. Unos señores de un camioncito me ayudaron a cambiarla, pero tuve que regresar porque me había ensuciado mucho. Cerca de mi casa estaban el vendedor de escobas, el vendedor de flores y el de banquitos. Siempre que los veo me duele el corazón porque nadie les compra. Los imagino de vuelta con su mercadería sin vender y los güilas y la esposa con hambre. Y pensé, seguro que en las estadísticas figuran como clase media y con empleo, cuando en realidad son pobres y no tienen trabajo.

Entré a mi cuarto pensando en toda esa gente que apenas logra sobrevivir: las vendedoras informales que la policía persigue, los niños desnutridos que serán hombres y mujeres discapacitados mañana. Se me estrujó el alma: tantas personas lanzadas a la ruina y al sufrimiento, porque la clase económica que ahora nos gobierna es ciega, sorda, despiadada y voraz.

Entonces llegaron mis gotas felinas. Primero la de seda, luego la de sombra, luego la de luz. Se restregaron contra mí. Me miraron. Aceptá la realidad, me decían sus pupilas, no la podés cambiar vos. La tendrán que cambiar ellos, los que ahora tienen hambre.

Fui al jardín. Vi dos manchas amarillo limón. Eran los pájaros de octubre, los bellísimos primeros pájaros migratorios.

Me sequé las lágrimas, les di la bienvenida.

Anacristina Rossi | 19 de Noviembre 2008

1 Comentarios

* #15190 el 20 de Noviembre 2008 a las 09:52 AM Eugenio dijo:

Qué hermoso texto, pero si es tan bello es en parte porque contiene grandes verdades.

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