• Arranca el evento con un discurso del presidente del encuenrto literario, quien entregó el Premio de Literatura en Lenguas romances a Antonio Lobo Antunes
Por Yanet Aguilar Sosa
Guadalajara, México - Al recibir el premio FIL de Literatura en letras romances, el escritor portugués Antonio Lobo Antunes, dijo que durante sus años dedicados a la medicina encontró a sus grandes maestros, los que le enseñaron que los escritores deben hablar por aquellos que no tienen voz, por esos seres que mueren de cáncer o de cualquier otra enfermedad y que saben que no tener dinero es como no tener alma.
Durante la ceremonia de inauguración de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que se realizará desde hoy y hasta el 7 de diciembre, el narrador nacido en Lisboa en 1942, médico de profesión y escritor por vocación, recibió el premio, de manos de Marco Antonio Cortés, rector de la Universidad de Guadalajara, y aseguró que “el problema esencial de la escritura, es el problema del tiempo en las palabras”.
Recordó que cuando era médico internista encontró a otro de sus maestros, una anciana que estaba con un cáncer muy avanzado, cuando él le preguntó por qué no había acudido antes, le dijo que porque no tenía dinero y que alguien que no tenía dinero, no tenía alma. Esa fue una de las grandes lecciones que le dio la vida.
En la ceremonia inaugural, la secretaría de Educación Pública, Josefina Vázquez Mota, aseguró que en 2009, el gobierno federal continuará con su proyecto de fomento al libro y la lectura, por eso, preparan una gran celebración por los 70 años de José Emilio Pacheco y harán una edición especial de su libro Las batallas en el desierto, que será repartido entre todos los estudiantes de escuelas públicas del país.
El proyecto cultural se fortalecerá con la construcción del Centro Cultura y Librería Arnaldo Orfila, en Buenos Aires, Argentina, a cargo del Fondo de Cultura Económica, que en 2009 celebrará 75 años de vida, por lo que prepararán un programa de formación para editores y libreros, entre otras actividades.
La Feria Internacional del Libro de Guadalajara, reconoció a Antonio Lobo Antunes por una obra que se caracteriza por “una exploración de las potencialidades expresivas de la palabra y una profunda reflexión sobre la complejidad de la experiencia interna de los seres humanos, en el marco de la violencia, la lucha colonial y la transición política de Portugal”.
El galardón, que hasta hace dos ediciones llevó el nombre de Juan Rulfo, ha sido entregado a figuras de las letras iberoamericanas de la talla de Rubem Fonseca, Carlos Monsiváis y Juan José Arreola, entre otros.
(El Universal - México, con información de Notimex)
INTRODUCCIÓN SOBRE ANTONIO LOBO ANTUNES
Por Robert Weil
Es un gran honor ofrecer esta introducción sobre Antonio Lobo Antunes, de quien soy editor en los Estados Unidos. Reconocido como uno de nuestros grandes escritores contemporáneos, Antonio Lobo Antunes es considerado por un creciente número de efusivos críticos, como el más brillante novelista de su generación en Europa hoy en día. Nos ha brindado el asombroso corpus que conforma su obra: alrededor de 20 novelas y crónicas. Los galardones y elogios literarios son impresionantes en sí, pero Lobo Antunes ha sido premiado con algo más que eso: posee un raro don, un genio que nos hace entender lo que significa ser humano e interpretar tanto el amor como el dolor en la página escrita. Es un hombre cuyas historias, de alguna forma, nos hacen trascender nuestra existencia diaria, un hombre cuya propia búsqueda de la compasión despierta la que duerme dentro de todos nosotros.
¿Cómo describir la escritura de Lobo Antunes? Aquellos que han tenido la experiencia de estremecerse con su lectura, sabrán que su lenguaje no sólo cautiva el sistema sensorial con un poder casi alucinante, acaso abrumador. Si la literatura fuera música, Antonio sería un compositor de sinfonías vertiginosas, o de óperas de profunda intensidad, con temas tomados de las tragedias de Verdi y remontando cadencias parecidas a El ocaso de los dioses de Wagner. Para quienes no han tenido aún el privilegio de leerlo, sus libros, teñidos con la cruda realidad de la vida cotidiana, y con frecuencia impregnados de un sentimiento de tristeza o de pérdida inevitable, sonarán con una voz y con una música muy particular de Lobo Antunes. En sus páginas descubrirán un bullicio de ritmos seductores. Sus deslumbrantes tropos literarios y leit motifs definen la verdadera esencia de este maestro portugués. Créanme, cuando se sumerjan en su obra, su lenguaje quedará grabado para siempre en su memoria.
No es de extrañar que Lobo Antunes, nacido en Lisboa bajo la dictadura de Salazar, en setiembre de 1942, anhelara desde niño ser poeta. Sus novelas así como sus relatos, son un tejido de palabras poéticas, indescriptiblemente hermosas, que trascienden las formas convencionales de la ficción moderna. Cada una es, de hecho, una rara joya que vale la pena atesorar. Con la lectura de sus novelas, ya sean las primeras, como Memoria de elefante u Os Cus de Judas, o una más reciente como Que farei quando tudo arde?, descubrimos frases que quitan el aliento y vemos elaborados párrafos que prueban que Lobo Antunes tiene la habilidad de un hechicero para doblar y retorcer las reglas del tiempo: él puede recuperar las memorias universales de una niñez perdida; comprimir el tiempo o detenerlo; exhumar el turbio pasado e insertarlo en el presente como si nunca se hubiera marchado. Él duplica los patrones salvajes e impredecibles de la conciencia humana justo ahí en la página, no de la manera, digamos, en que un novelista victoriano como Henry James quisiera ajustar la arbitrariedad de la existencia en el corsé de una dama. No, Lobo Antunes presenta la vida justo como la mente percibe las cosas en realidad: memoria e imaginación, conocimiento y literatura que de pronto colisionan y terminan fusionándose.
Lobo Antunes recibe este apreciado galardón en México. Qué apropiado, dadas las numerosas similitudes entre él y el más grande de los escritores mexicanos, Juan Rulfo. Hace catorce años, en un ensayo sobre el gran clásico de Rulfo, Pedro Páramo, la crítica norteamericana Susan Sontag, escribió que esa narrativa surrealista “intercala constantemente la primera y la tercera personas, el presente y pasado”, en la que Rulfo yuxtapone sin esfuerzo el mundo encantado de los vivos con el de los muertos, de modo que ambos pueblos de Comala, presente y pasado, chocan en el mismo tiempo surreal. Sontag pudo haberse referido de esa misma manera a la obra de Lobo Antunes, un habilidoso malabarista de voces dispares -pobres y ricas, jóvenes y viejas, benevolentes o déspotas- quien habría hecho sonreír a Rulfo. Me queda claro que la narrativa lírica de Lobo Antunes, historias llenas de amor hacia campesinos, jubilados, viudas y gigolós, toda gente sencilla, con frecuencia rinden homenaje a las formas pirotécnicas y al propio estilo literario de Rulfo. Hace poco, unas tres semanas, me sorprendió una reseña de una novela de Lobo Antunes donde se le comparaba con Rulfo. En la reseña de Que farei quando tudo arde?, publicada en el Washington Post, Jaime Manrique observó que esta novela, recientemente traducida por Gregory Rabassa, “recuerda al Pedro Páramo del fallecido novelista Juan Rulfo, que también se centra en la búsqueda de un padre muerto por su hijo”. Aquí también”, anotó Manrique, “la muerte se dirige a nosotros desde el averno”. Las similitudes con Rulfo no terminan solamente con la forma: así como Rulfo, quien estudió leyes pero terminó vendiendo llantas durante muchos años para mantener a su familia, Lobo Antunes no comenzó a escribir con entusiasmo desde joven. Obligado por su preocupado padre a ir a la escuela de medicina, Lobo Antunes eligió la especialidad en psiquiatría, pero fue reclutado y, en 1970 siendo aún muy joven, enviado a la última guerra colonial de Portugal en Angola. Ahí convivió con jóvenes africanas, a quienes ayudó a dar a luz a sus llorosos bebés, se hizo adicto a la letanía incansable del sufrimiento humano que todo hombre posee, y atento a las obscenidades de la guerra cuyas imágenes atroces se marcaron permanentemente en su memoria e invadieron lo que se convertiría en la ficción de su vida.
Como a Juan Rulfo, el reconocimiento literario le llegaría tarde, ya que después de regresar conmocionado de Angola, Lobo Atunes trabajó en los saturados hospitales públicos de Lisboa, donde las “enfermeras se deslizaban como cisnes” y donde “el silencio del caucho, el destello del metal (la) gente hablando en murmullos como en la iglesia, la triste solidaridad de las salas de espera, los corredores interminables (y) los terribles ritual(es) solemne(s)” de la vida y la muerte lo fascinaban [tomado de las crónicas Before Darkness Falls].
Luchando inútilmente durante la década de 1970 con múltiples borradores de una novela que nunca terminaba, de pronto “una especie de feto dio una voltereta dentro de (su) vientre”, y en 1979, Lobo Antunes finalmente publicó sus primeras dos novelas. Ya contaba con 37 años.
Sin embargo, el destino de convertirse en escritor estuvo siempre acechando. Al mayor de los dos primeros hijos de la familia le fue arrebatada su inocencia por la sucesión de no menos de cinco hermanos menores, Antonio recuerda que “tan pronto como uno de mis hermanos era transferido a la recámara, otro tomaba su lugar en la cuna” [Crónicas, “Today I feel like talking about my parents”]. Con el anhelo, por sobre todas las cosas, de ser un poeta, inevitablemente el joven Antonio fue seducido por las peculiaridades de la existencia, fascinado por impulsos que difícilmente habrían interesado a otros niños. “A los siete años”, recuerda, “moría de amor por las jóvenes gitanas de los mercados sabatinos que ayudaban a sus familias vendiendo mulas, cuyas llagas disfrazaban con pintura negra. Recuerdo ojos oscuros y algunas veces, hermosas cabelleras, pies descalzos, mercaderes en bicicletas de joyería de oro… (quienes) por la noche … vendrían en sueños a inquietarme, graznando como cuervos y diciendo nada”. Mientras su padre jugaba tenis y su abuelo disfrutaba de la lectura de un periódico en la plácida villa veraniega de la familia, enclavada entre las colinas, el pequeño Antonio vio “pasar el ataúd abierto de un niño, un pequeño ataúd blanco”, y escuchó a la distancia doblar las campanas de la iglesia por el muerto [Crónicas, “Descrption of childhood”].
Una tras otra, esas observaciones infantiles se acumularon - primero como una suave brisa que toma fuerza… hasta volverse vendaval, luego como una tormenta tropical, y finalmente como un huracán con tal poder y velocidad que no puede ser alterado en su camino. Como Antonio ha escrito en retrospectiva, “nunca olvidaré el comienzo de mi carrera literaria. Fue súbito, instantáneo, fulminante. Viajaba en tranvía hacia Benfica…cuando…me cegó una certeza sorprendente: voy a ser escritor. Tenía doce años”, recuerda, “me preparaba para una carrera brillante como jugador de jockey sobre hielo, dudaba entre convertirme en Spiderman o en Flash Gordon, me inclinaba ligeramente más por Spiderman porque saltaba edificios, y en medio de esto, vino el llamado, la vocación, la certidumbre de un destino desconectado de mis planes, mis sueños, mis fantasías de músculos y peleas… Al día siguiente, solté unos sonetos. Debían de ser malos porque, al mostrárselos a mi madre, recibí la mirada de pena que se concede a los lisiados y a los tontos irremediables”. [citas de “Portrait of the Artist as a Young Man - II”].
Así, ni las reservas de su madre lograron disuadirlo. Él recuerda que un año después, a los trece, luego a los catorce y quince, “solía leer cualquier libro que cayeran en mis manos, los libros de mis padres, los libros que robaba y aquellos que podía comprar (y) por alguna razón, siempre volvía, igual que la lengua busca sin descanso al diente que le falta, a estos versos de un poema francés cuyas notas tenía en un cuaderno: Más allá del dolor, una ventana abierta, una ventana iluminada. Más allá del dolor, una abierta e iluminada ventana. [citas de “Más allá del dolor, una ventana abierta”, Crónicas].
Cincuenta y cuatro años después de que recibiera este primer llamado, aquel misterioso presentimiento de que debía ser escritor, ya sea aquí esta mañana en Guadalajara, o en uno de las dos docenas de países donde ha sido traducido, todos estamos invitados a atravesar la “ventana abierta” de Lobo Antunes. Y cincuenta y cuatro años después de que hurtara los libros de sus padres y abuelos, él sigue siendo un cleptómano literario. Hace sólo dos meses, en mi oficina de Nueva York, miró con esos ojos abiertos y soñadores los libros en mi repisa, y después llenó una maleta enorme que él y su esposa María, habían arrastrado a Nueva York con docenas de pesados volúmenes Americanos. Se encargaron - y no quiero saber cómo - de llevarlos a Boston, a Washington y luego de regreso a Nueva York antes de regresar (¡sólo puedo imaginar los cargos por exceso de equipaje!) en su vuelo nocturno a Lisboa. Después de la breve visita de Antonio a Norteamérica, me he sentido desolado. Verán, en poco tiempo, Antonio se ha vuelto no sólo mi muy querido amigo, sino un alma gemela. Anhelo, como su editor norteamericano, recibir más novelas suyas, ya que quiero escuchar las melodías, las delirantes canciones, las profundas reflexiones sobre los caprichos y variaciones de la condición humana.
Admito abiertamente que quiero leer más de sus historias, historias de locura y extenuación, de avejentarse, y, sí, de amar sin importar qué. Quiero agradecer a los organizadores de la Feria del Libro de Guadalajara por invitarme a decir estas palabras. Es en verdad un gran honor presentar a Antonio Lobo Antunes, mi amigo y, un escritor de primerísimo nivel.
DE DÓNDE SON LOS LECTORES
Por Juan Cruz
Guadalajara, México - Ahora mismo, cuando se abre la Feria del Libro de Guadalajara, en México, el mayor acontecimiento de su clase en lengua española, está cerrando su puerta una editorial en Nueva York. Y no sólo eso, se habrá incrementado un número de horror, definitivo: sólo en el sector editorial que se concentra en esa ciudad capital del mundo la crisis se ha llevado por delante más de mil empleos.
Y no sólo eso. Esta última semana, también en Nueva York, una importante cadena de librerías anunció que cancelaba los libros que ya estaban en sus escaparates y que a partir del mes de enero iba a comprar a crédito. Ha temblado el sector editorial en medio mundo, y el epicentro del terremoto es Nueva York. Ahí, a mediados de la pasada semana, escuché conversando de la crisis a dos jóvenes, una editora de veinticinco años, y una periodista española de poco más de treinta. Se fueron los lectores, no hay, decían. Y la crisis se ha llevado por delante hasta la voluntad de editar.
¿La voluntad de editar? Por si hicieran falta aún más detalles, el New York Times del último miércoles gélido de Nueva York contaba que un grupo editorial de primera magnitud había anunciado que ya no recibiría manuscritos, hasta nueva orden. Como si cancelara la posibilidad misma de crear, ese grupo editorial cerraba el grifo a quienes tuvieran ahora la pulsión antigua, y siempre renovada, de publicar.
Es un estornudo muy fuerte, y si uno es avispado en la interpretación de los refranes, resulta obvio que podríamos morir de gripe si Estados Unidos sigue estornudando. Al menos en el sector de los libros. Ahora bien, cruzadas las seis horas y pico que dura el trayecto entre Nueva York y Guadalajara parece que el catarro, o al menos el estornudo, se corta, se hace añicos, no prospera. Qué alivio.
La Feria del Libro de Guadalajara, que se inauguró hoy en esta ciudad tapatía, con la presencia de Antonio Lobo Antunes, su premiado de este año (ya no con el Rulfo, sino con el FIL: la familia del autor de Pedro Páramo no quiere al padre en la nomenclatura de ese galardón), parece una transición saludable en este periodo de terrible enfermedad, que según todas las estimaciones ha de afectar gravemente al mundo del que estamos hablando, el mundo del libro.
Ayer tarde estuve con Nubia Macías, la directora de la Feria, que le contaba a mi compañero Pablo Ordaz todo lo que viene, y nos puso en las manos un libraco inmenso (un libro, cómo no, de eso se trata) con todas las actividades que esta feria concita ya; parecía, en su voz, en sus gestos y en la abundancia misma de la feria, que Nueva York es ahora otro mundo y que no cabe en este. Con particular entusiasmo, Macías nos enseñó los cuatro mil metros cuadrados donde este año por vez primera los niños van a tener su universo, sus libros, sus canciones, sus actuaciones, sus encuentros. La FILniños.
Un espacio especial, pensé, y también el espacio en el que acaso está la clave del cordero. Mientras el estornudo editorial se hace cada vez más pesado por ahí, y ya nos tocará sufrirlo, y de qué manera, la FIL de Guadalajara trata de acercarse a quienes van a resolver (un poco) el problema, los nuevos lectores. ¿Será que sí? Uf, qué alivio.
Porque los lectores que van a resolver (ahora y después, en Estados Unidos y acá, en cualquier parte) esta gripe inconmensurable y de momento intratable que afecta al mundo del libro están ahora en la escuela o delante de una computadora, leyendo un videojuego. La FIL quiere revertir esa tendencia con la fe de un curandero; pero al menos se lo propone. Ese grito suena ahora como la excitación en el recreo después de una clase demasiado preocupante o pesada. Qué alivio, ojalá.
(El País - Madrid)
Periscopio: allende nuestras fronteras | 29 de Noviembre 2008


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