Hace varios meses, el amigo domingueño Juan Ernesto Cruz, siempre interesado en asuntos históricos y culturales, me hizo ver que este año se conmemoraba, tristemente, el cincuentenario de la demolición del antiguo Palacio Nacional, y que no había visto nada escrito al respecto. Contacté a algunos historiadores que quizás podrían hacerlo, pero no tuve respuesta. Por tanto, transcurrido tanto tiempo y casi expirando el año, decidí hacerlo por mi cuenta, bajo el riesgo de incurrir en omisiones o errores, por no ser historiador.
Una cosa sí es cierta. Nadie se explica cómo el gobierno presidido por don Pepe Figueres -incluso su correligionario don Beto Cañas lo lamentó recientemente en “Chisporroteos”- cometió tal barbaridad con un genuino monumento, relevante no solo por su gran belleza arquitectónica -del cual hay unos pocos dibujos y fotografías-, sino sobre todo por su significado en la historia patria.
En setiembre del año pasado, cuando la Editorial de la UNED organizó la presentación de mi obra “De cuando la patria ardió” en una feria en la Avenida Central, en mi intervención destaqué que en esa misma esquina donde estábamos reunidos bajo una carpa -frente a la antigua Radio Monumental- había estado el hermoso edificio del Palacio Nacional, centro neurálgico de decisiones clave relativas a la Campaña Nacional contra las fuerzas filibusteras. Es decir, fue muy simbólico que, por casualidad, pudiera presentar mi libro en tan importante punto geográfico.
Lo poco que conozco sobre el Palacio obedece a mis investigaciones sobre el Dr. Karl Hoffmann y otros alemanes que arribaron a nuestra patria en el siglo XIX. Uno de ellos fue Francisco Kurtze, quien junto con Hermann von Lippe, Alexander von Bülow, Eduard Delius y Fernando Streber lideraron la Sociedad Berlinesa de Colonización para Centroamérica, cuyo gran proyecto -fallido, lamentablemente- fue la construcción de la carretera hacia Limón a partir de una colonia establecida en Angostura, en Turrialba. Casado en 1853 con María Francisca Bedoya, con quien procreó siete hijos, Kurtze -cuyo apellido desapareció en el país-, descolló entonces en nuestro medio. A sus intereses culturales y políticos, pues junto con Hoffmann y Streber fundó el Periódico Alemán de Costa Rica, sumó una muy meritoria labor como ingeniero, alcanzando incluso el puesto de Director de Obras Públicas.
Con su paisano Guillermo Witting -ensayador y después director de la Casa de Moneda, investigador en agronomía, así como edecán de don Juanito Mora en la Guerra Patria- preparó el primer proyecto para dotar de una moderna cañería a San José y diseñó numerosa infraestructura, como puentes y caminos. Ya en el gobierno de don Jesús Jiménez incluso elaboró una ambiciosa propuesta para construir una ruta ferroviaria interoceánica. Entre las edificaciones más notables, debemos a él la Fábrica Nacional de Licores, el Hospital San Juan de Dios, la iglesia de El Carmen, en Heredia, la fachada de la parroquia de dicha ciudad y, por si fuera poco, el Palacio Nacional.
Cabe mencionar que la cuadra donde éste se edificaría estuvo ocupada por muchos años por la Factoría de Tabacos, de construcción más bien sobria y modesta; su fachada y el plano interno aparecen en el libro de Marco A. Fallas alusivo a dicho ente. Era en un sector de dicho edificio donde funcionaban la Casa de Gobierno y el Congreso, según lo relata el amigo Emilio Obando Cairol en “El Banco Central de Costa Rica, su historia y su gente”, hasta que don Juanito tomó la atinada decisión de construir un edificio propio y digno de su función.
Inaugurado con gran pompa el 24 de junio de 1855, ocasión para la cual Manuel María Gutiérrez, autor de la música de nuestro Himno Nacional, compuso el vals “El Palacio”, pensaba yo que fue obra exclusiva de Kurtze. No obstante, recientemente mi hermana Brunilda -quien es historiadora-, me alertó acerca de un expediente que revela muy interesantes detalles acerca de su génesis, y del conflicto habido entre dos paisanos alemanes.
En efecto, fechado en marzo de 1853, ahí se indica que para entonces ya el edificio estaba avanzado, bajo la concepción y tutela del ingeniero alemán Luis von Chamier; por cierto, éste era cuñado de Francisco Rohrmoser, patriarca de dicha familia en Costa Rica. Se desconoce el motivo específico por el que Manuel José Carazo, Ministro de Hacienda, solicitó una revisión del proyecto, lo cual se encargó a Kurtze y Mariano Montealegre. Ellos hicieron una prolija revisión de los planos y de la obra en curso, y con abundantes argumentos técnicos cuestionaron las labores de von Chamier en cuanto a aspectos estéticos, sísmicos y económicos. Este respondió airado y, lamentablemente, ahí termina el expediente. Habría que investigar esto a profundidad -o quizás alguien ya lo ha hecho-, pero parece que poco después se rescindió el contrato con él y se firmó uno nuevo con Kurtze.
Otro elemento novedoso sobre el que hallé una referencia anecdótica es que, fracasado el proyecto en Turrialba, su líder von Bülow se incorporó a las labores de construcción del Palacio, aunque pienso que de manera transitoria, pues ya en agosto de 1854 don Juanito lo había nombrado Superintendente General de Caminos; de hecho, él realizó una muy destacada labor como tal, además de participar en el Estado Mayor de nuestro ejército, para morir contagiado de cólera pocos días después de la batalla de Rivas, cuando nuestras tropas pasaban por Liberia.
Retornando al Palacio Nacional, se erguiría en la esquina sureste de la cuadra antes citada; dentro de él había un hermoso salón, “equipado con lujo exquisito” -en palabras del viajero y botánico alemán Helmuth Polakowsky, quien lo conoció 20 años después- donde funcionaba el Congreso. Centro gravitacional político y cívico del país, hacia la esquina suroeste -por la Avenida Central de hoy- le seguía la antigua iglesia de La Merced, y colindaba hacia el norte con varios edificios gubernamentales, como los de Correos, la Tesorería, la Imprenta, la Corte de Justicia y los Almacenes de la República.
Y así permanecería incólume por 102 años, atestiguando sus paredes las voces, pasos y anhelos, así como los momentos de incertidumbre o decisivos, de los numerosos presidentes que nos gobernarían, y sirviendo hasta el 11 de enero de 1958 como sede del Congreso Constitucional, como lo relata Obando. De hecho, él dedica más de 20 páginas de su libro y varias fotos a describir con minucia lo acontecido en la célebre “manzana de la Artillería” hasta la erección del edificio del Banco Central; ahí también estuvo después la Plaza de la Artillería, que pude conocer, inmensa y descomunal para mi mirada infantil de niño rural.
Pues, sí. Sitio monumental y único, desde hace medio siglo de él no quedó más que el recuerdo, ante la extraña e insólita decisión del gobierno figuerista, pues he escuchado de varias personas que lo visitaron que el muy hermoso edificio del Palacio Nacional estaba en buenas condiciones o, al menos, se podría haber restaurado.
Salvo razones de peso -que no he visto, a pesar del pormenorizado relato de Obando-, la decisión acerca de su demolición pareciera haber sido entonces una muestra más de chatedad mental y menosprecio por nuestra historia. Una irreparable torpeza más, como lo fuera la demolición de la antigua y bellísima Biblioteca Nacional -confieso que siento gran malestar cada vez que paso por ahí y veo sus añosos muros delimitando un feo parqueo-, así como otras auténticas joyas de nuestro patrimonio arquitectónico y nacional. Es decir, un verdadero sacrilegio.
Luko Hilje | 20 de Noviembre 2008


2 Comentarios
Luko me ha transportado a mi infancia. Yo fuí una vez con mi papá a pagar algo, porque había allí algo que tenía que ver con la tributación. Recuerdo que era un edificio impresionante,muy hermoso y lleno de decorados. Lástima que lo destruyeron.
Interesante y amena pluma. Lastima si que se va perdiendo intereses por nuestra historia.