Las noticias son alarmantes. En Estados Unidos las bolsas suben y bajan enloquecidas. El sistema financiero vive momentos de enorme inestabilidad. Bancos prestigiosos quiebran y se desploman. Las corporaciones automotrices claman por ayuda del Gobierno y amenazan con cerrar sus plantas. Cientos de miles de propietarios no pueden pagar las hipotecas y están perdiendo sus casas. El número de desocupados se eleva y el consumo cae drásticamente. El Plan de Rescate por más $700 mil millones no está funcionando y van a experimentar con nuevas modalidades para ver si da resultado.
El contagio de la crisis al resto del mundo se extiende de manera veloz. Europa ya se ha declarado en recesión. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico ha reducido sus previsiones de crecimiento económico para la zona euro y constata el estancamiento de la Unión Europea. Por su parte, el Fondo Monetario Internacional hace vaticinios negativos a la baja y advierte sobre aumentos en las tasas inflacionarias. En América Latina las cosas no pintan mejor y muchos países se preparan para enfrentar una fuerte desaceleración.
Algunos piensan que ha llegado el momento de acudir a los economistas para tratar de encontrar una solución a esta dramática situación. ¿A los economistas? ¿Pero no son ellos también responsables de la crisis? ¿Podrían realmente ayudar en este macrodesajuste globalizado?
La pregunta no es fácil, sobre todo porque hay que reconocer que una de las mayores biodiversidades que existen en las ciencias sociales es la de los economistas. La fauna es abundante, diversa y polifacética. Hay de todo en ese mundo de los llamados economistas. Unos tienen laptops con modelos econométricos, otros fotocopias engrapadas con las más recientes hipótesis y ocurrencias, hay quienes conservan libros antiguos con dogmas a los que atribuyen valor universal, otros tienen series estadísticas cargadas de cifras que presentan como pruebas irrefutables y otros más plantean interpretaciones casuísticas que acomodan de acuerdo con las circunstancias y a sus intereses. También hay algunos, debemos decirlo, que son serios, reflexivos y estudiosos, pero no son fáciles de encontrar y en general se les concede poca importancia.
Muchos de los economistas han sido responsables de este desorden mundial. En contubernio con los grandes financistas han obtenido enormes beneficios y se han hecho de plata, prestigio y reputación. Otros han desregulado hasta el límite creyendo fielmente en las bondades de una mano invisible que llevaría a los mercados al equilibrio general. Otros han sido críticos y han denunciado injusticias e imperfecciones, promoviendo políticas más eficientes y equitativas y un nuevo orden económico internacional más justo.
Los economistas, como seres humanos no son inmunes al reconocimiento, el dinero y el poder. No obstante, hay muchos en los que la virtud se impone y las ideas, conocimientos y convicciones prevalecen. Aun en esos casos sus distintas formaciones: monetarista, neoclásica, keynesiana, marxista, institucionalista o su inclinación instrumental por los ciclos, la econometría, el enfoque historicista o la teoría de juegos, pueden conducir a análisis sesgados y a recomendaciones erróneas.
Así, si se llegara a convocar a los economistas para atender la salud del sistema económico, habría que tener mucho cuidado en la escogencia de los facultativos y leer con suma atención lo que escriban en la receta.
(La República)
Juan Manuel Villasuso | 17 de Noviembre 2008


1 Comentarios
Estimado profesor: Su comentario me parece acertado y expuesto de manera excelente. Por lo común, unos más otros menos, somos afectos a los clichés y se cumple la premisa de Marcuse en el concepto del Hombre Unidimensional. Los estereotipos emborronan el discurso social, y quines más los propician son los científicos sociales. Muchos de los problemas que se obvian o de los cuales oimos las más opuestas versiones, son acerca de la intervención del Estado en la economía. Llamar la intervención estatal socialismo conlleva a una gran confusión. Evidentemente es un sofisma. El socialismo, como visión utópica, se basa en el ser humano. Habla de la calidad y racionalidad del sistema económico, de la justicia y la solidaridad. Está basado en el amor.
La intervención del Estado no tiene nada que ver son eso, existirá en cualquier régimen o sistema. Como siempre habrán personas insensibles a estos valores y dispuestos a lograr sus fines dentro o fuera de la legalidad.
Hoy estamos en la superficialidad noticiosa, en el snobismo teórico, en el juego malicioso de los conceptos y las palabras.
Y en manos de seres humanos, por que Jehova, como cuenta Samuel, se retiró de la política hace muchos años… y probablemnte también de las iglesias.