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Costa Rica está en la vanguardia de la civilización

Armando Vargas Araya | 17 de Noviembre 2008

• Palabras en el aniversario 25 de la Proclama Presidencial de la Neutralidad

La Proclama de la Neutralidad Perpetua, Activa y No Armada de Costa Rica, emitida por el Presidente Constitucional de la República hoy hace un cuarto de siglo, robusteció nuestra democracia como potencia moral y política en el concierto de las naciones. Esta definición de estrategia de Estado es complemento directo de la abolición del ejército como institución permanente, hito propuesto como ideal hace 117 años y llevado a la práctica seis décadas después. En la histórica alocución, de humanismo puro, hay resonancias de la Proclama de Neutralidad del presidente George Washington y de las proclamas patrióticas del Gran Presidente que fue don Juan Rafael Mora. Igualmente, se perciben ecos de los profetas veterotestamentarios, con sus anhelos de paz para el pueblo escogido de Dios.

Sobre todo, la Proclama de la Neutralidad reverdece una de las virtudes de La Vía Costarricense, a saber, abstenerse ante conflictos armados extranjeros y acogerse al sistema de obligaciones y derechos inherentes al Derecho de la Neutralidad. El sujeto de la neutralidad es el Estado, no los ciudadanos ni la sociedad civil; su alcance es militar, no ideológico ni político.

Para justipreciar la prudencia de la Proclama Presidencial que ahora celebramos, hay que volver la mirada hacia el contexto de la época.

La década de 1977 a 1987 fue trágica para Centroamérica. El fracaso del sistema político-militar mantenido en el istmo sobre la base de la dictadura somocista, permitió que en estos territorios empobrecidos se escenificara el último episodio caliente de la Guerra Fría. Ciertos factores de poder de la Unión Soviética y de los Estados Unidos, capitalizaron conflictos sociales y políticos autóctonos, para librar lo que en inglés se denomina una “proxy war”, un proceso armado a la distancia y con soldados de alquiler.

San José era entonces - como en el emblemático film de 1943 - una Casablanca. El KGB soviético había ayudado a financiar una campaña presidencial triunfadora e invirtió muchos rublos en un diario josefino. Antes de la caída del somocismo, aquí tuvo su cuartel de mando la guerrilla sandinista, desde Bello Horizonte transmitía su radio clandestina, en residencias capitalinas moraban generales veteranos de las guerras africanas, el G2 cubano operaba a placer, hubo un puente aéreo para el transporte de armas, un partido político levantó un ejército de 1.500 hombres bien entrenados y armados. Fue en esta ciudad donde se constituyó la Junta de Gobierno Sandinista. La opinión pública estaba dividida: la mayoría contra el somocismo, la mitad a favor del sandinismo, la otra mitad contra la presencia cubano-soviética.

Tras el cambio de régimen en Managua, el péndulo se devolvió y fueron los antisandinistas quienes se aprovechaban del territorio vecino para continuar el enfrentamiento bélico. En la segunda parte de 1981, los Estados Unidos decidieron apoyar a los llamados Contras, inicialmente con veinte millones de dólares anuales y la contratación de asesores de la dictadura argentina que entrenaron un ejército numeroso. Así como antes los sandinistas contaron con el apoyo de muchos costarricenses, ahora la Contra conseguía respaldo en el país.

Conforme avanzaba la campaña electoral, el entonces candidato presidencial oposicionista, don Luis Alberto Monge, se afirmaba en la convicción de que, para sacar la economía a flote, revertir la pobreza y reemprender la ruta del desarrollo con equidad, era indispensable blindar a Costa Rica por el flanco militar y, al mismo tiempo, asegurar una corriente de asistencia económica suficiente. Fue así como anunció el propósito de proclamar la neutralidad desmilitarizada, tan pronto llegara al Gobierno: ni siervos de Moscú, ni satélites de Washington, ¡costarricenses auténticos! A título de Coordinador de Comunicación de la campaña mongista, me correspondió redactar aquel anuncio.

Ninguna de las superpotencias, ninguno de sus aliados militares, tenía genuino interés en el bienestar de los centroamericanos. Estos territorios eran vistos entonces como un tablero sobre el cual se disputaba una infernal partida hegemónica, en la cual ellos ponían las armas, los asesores y el dinero, pero nosotros poníamos la sangre y los muertos. El bloque soviético apostaba por agarrar de la cintura a las Américas; el bloque usamericano por desalojar a sus adversarios que comenzaban a írseles arriba; Cuba por levantar un cerco de peones y alfiles en la periferia caribeña; la dictadura argentina por ultimar montoneros donde quiera se encontraran, incluso en Managua. Así estaban acostumbrados a hacerlo, los unos y los otros, los de allá y los de acá, en África, en Asia y en otras latitudes.

Cuando el Presidente Monge ascendió a la titularidad del Gobierno de la República, había guerras irregulares en varios territorios vecinos. Moscú y Washington - con La Habana y Buenos Aires como “proxies” o intermediarios - pretendían disponer sobre el porvenir del istmo. En cancillerías de países que hoy padecen guerrilla y violencia, se quería definir nuestra defensa nacional y nuestra seguridad pública. Un cabecilla insurreccional profetizaba, en una revista mexicana, que a Costa Rica también “le llegaría su hora estelar”.

Una candidatura presidencial, aquí y en todas partes, se estructura sobre una red de compromisos. Hay que negociar apoyos de otros precandidatos y sectores diversos, a cambio de políticas y de posiciones. El equipo humano de un gobierno democrático es un mosaico, taraceado de personalidades, de influencias y de matices. Así como la opinión pública estaba dividida, el gabinete ministerial lo estaba también: la mayoría se inclinaba por abstenerse de tomar partido en el conflicto bélico centroamericano; una minoría significativa procuraba colaborar con ciertos factores usamericanos empeñados en “extirpar el cáncer sandinista” - expresión favorita de un embajador sobrenombrado “el oncólogo” - ; abajo del gabinete, determinados individuos actuaron en contubernio para facilitarle las cosas a la Contra - hasta que, al tener pruebas a la mano, fueron sacados del Gobierno -.

El propósito presidencial de proclamar la neutralidad se entrabó en berenjenales burocráticos, prácticas gaveteras y funcionarios cachazudos. Cuando el asunto se demoraba demasiado en un ministerio, pasó a un despacho de mayor rango. En el rezago se traslucían influencias exógenas, determinismos ideológicos y alineamientos de prensa. No faltó quien quisiera dar al traste con la iniciativa, mezclándola con un discurso en el aniversario de la independencia. Al año de tantos avatares y vaivenes, don Luis Alberto trasladó el tema al Despacho Presidencial y me instruyó para añadir la neutralidad al portafolio que me había confiado.

La neutralidad se proclamó, con toda solemnidad, el 17 de noviembre de 1983, en el Teatro Nacional. Fue debidamente notificada a la Organización de las Naciones Unidas y a todos los gobiernos de los países con los que Costa Rica mantenía relaciones diplomáticas. Es una declaración del Jefe de Estado dirigida al mundo en general, la cual no requiere aceptación, respuesta o reacción de los otros estados; declaración que impone a Costa Rica una obligación internacional, de la misma naturaleza que la contenida en la máxima pacta sunt servanda.

Cerca del 90% de los ciudadanos apoyaron de manera permanente la neutralidad, aunque un grupo vociferante la atacó por la prensa. Por cierto, uno de esos críticos escribió que la neutralidad colocaba al país en la misma butaca con Cuba, la Organización de Liberación Palestina y “otros forajidos”, pero guardó espeso silencio cuando otro presidente sentó a Costa Rica en torno a una mesa con los jefes de Cuba y de la OLP (La Nación, 19 de octubre de 1995).

En Europa, el conflicto centroamericano se percibía como una reedición de la batalla del pequeño David contra el gigante Goliat. Los países nórdicos, sin embargo, tomaron nota de nuestra singularidad. El texto de la candidatura del Pueblo Costarricense al Premio Nobel de la Paz, en la institución del parlamento o en la persona del Presidente de la República, repitió cada año este concepto fundamental: “Desde 1983 el país ha declarado oficialmente su condición de Estado neutral y existe una propuesta para incluir en la Constitución y en una ley la neutralidad permanente”. En 1987, el Pueblo Costarricense obtuvo esa distinción.

La Proclama de la Neutralidad hizo posible la convocatoria a las democracias de la Unión Europea para solidarizarse con la pacificación, la democratización y el desarrollo socioeconómico de Centroamérica. Por primera vez desde el retiro de España en el siglo XIX, los europeos pusieron atención, en serio, a nuestro istmo. Los Estados Unidos protestaron ante las cancillerías del Viejo Mundo porque la invitación de Costa Rica era contraria a la doctrina Monroe de 1823. Así comenzó el llamado Proceso de San José, que ha evolucionado hasta la negociación presente de un tratado euro-centroamericano de asociación. Recuérdese la afirmación de François Mitterrand: “En esta parte del mundo, donde el fuego de la tierra armoniza con las pasiones de los hombres que moldea, Costa Rica aparece como una ensenada de paz. Una Suiza latina… Lógica consigo misma, … ha declarado la paz al mundo y se ahorra un ejército”.

El Rey don Juan Carlos dijo al Presidente Monge en Madrid: “La afirmación de Costa Rica como nación, de sus valores patrios, de su identidad cultural y de su independencia nacional ha ido tejiéndose a lo largo de los dos últimos siglos con las armas del derecho, de la educación, de la libertad y del bienestar del pueblo. Por eso es tan fuerte y tan indiscutible”.

Es que, quienes conocen la historia saben que la identidad costarricense se forja, desde el alba de la emancipación, en contraste con los Estados Unidos. El dilema de la nación era, en los años ochentas, profundizar la amistad y ampliar la asistencia financiera, sin caer víctima de los esquemas militares hegemónicos. Cualquiera puede visitar hoy la base aérea de Palmerola - aún hay ahí 500 soldados usamericanos de la Joint Task Force Bravo - y comprobar qué dio y qué recibió Honduras en esa década amarga. Se puede saber cómo llegan las tropas extranjeras, pero no cuándo se van. Para remarcar la diferencia, una anécdota.

El Presidente Monge recibe en su residencia particular una delegación encabezada por el General en Jefe del Comando Sur de los Estados Unidos. No han pasado tres meses desde la invasión militar a la isla de Granada, que consterna a los aliados de Cuba. La opción de extender el conflicto nicaragüense hacia Costa Rica se documenta, de manera fehaciente, con fotos de satélite, informes de inteligencia y mapas detallados. Para la defensa del país, le proponen ubicar una base de tanques en Canalete de Upala, con centenares de hombres armados. Don Luis Alberto se escuda en la Proclama de la Neutralidad. Ante la insistencia a nombre del Presidente de los Estados Unidos de América, plantea la hipótesis de que los tanques y todo el equipo multimillonario pase a ser propiedad absoluta de Costa Rica. ―¿Para qué?, pregunta el General en Jefe. ―”Porque si logramos vender uno solo de esos tanques, el Gobierno podrá financiar un programa de desarrollo a lo largo de la frontera con carreteras, electricidad, telecomunicaciones, escuelas, colegios y cooperativas, hospitales, fábricas y fincas, un modelo democrático de justicia social capaz de vencer cualquier desafío”. El general entiende que no hay caso, recoge sus mapas y se retira. Don Luis Alberto manda sus vicepresidentes en misión a México y a Venezuela para alertar a dos gobiernos amigos sobre los riesgos inmediatos.

Las pujas por el alineamiento de Costa Rica en la guerra contra el sandinismo fueron recias y constantes. Avanzado el año de 1984, el funcionamiento del gabinete ministerial carecía de la armonía requerida. El Presidente Monge decidió reorganizar el equipo de sus colaboradores inmediatos. Hubo muchos rumores y temores. Una de las versiones giraba en torno de una posible acción artera para lograr que, con ayuda exógena, la facción favorecedora de la confrontación, se quedara, al menos, con la tajada del león. Se registraron ciertos movimientos en los cuarteles de la fuerza pública, pero se impuso la cordura y el asunto no pasó a más.

Gracias a The Tower Commission Report y los documentos de las comisiones del Congreso de los Estados Unidos que investigaron el escándalo Irán-Contras, se confirmó que audaces factores belicistas del Gobierno de Washington actuaron clandestinamente en Costa Rica. El dinero de la CIA corría por millones en arriendo de voluntades; un embajador “dobleteaba” como patrón de la Contra. Encubiertos como empresa privada, adquirieron una hacienda en la cual ampliaron, con engaño, una pista de aterrizaje de macadán. En 1987, don Luis Alberto declaró, en carta al Senado norteamericano, que a él nunca le fue presentada ninguna idea o plan de ayuda, abierta o encubierta, a la lucha armada contra el sandinismo, la cual habría rechazado por la desmilitarización y la neutralidad del país. El aparato del Estado no estuvo comprometido contra Nicaragua.

Dentro de pocos años se abrirán la mayoría de los archivos de los Estados Unidos que cubren el periodo 1977-1987. No se sabe cuándo estarán asequibles los archivos de Cuba, que tanto participó en Centroamérica. Será necesario consultar los informes preparados entonces por los agregados militares en las embajadas de México y de Venezuela, entre otros. Hay varias obras publicadas en los Estados Unidos sobre los acontecimientos centroamericanos de la época, no traducidas aún al español. Se acerca la hora de contar con estudios históricos que pongan en perspectiva aquellos hechos y el significado mayor de la neutralidad costarricense. La historia juzgará a cada quien según sus decisiones, sus acciones y sus omisiones en aquella aciaga encrucijada.

Alcanzó tal magnitud el respaldo popular a la Proclama de la Neutralidad, que la siguiente campaña del partido con el cual llegó don Luis Alberto al Gobierno, se vio forzada a abrazarla e incorporarla en su estrategia política. En la hipótesis de una invasión sandinista a Honduras, otro candidato prometió enviar una compañía de policías… y perdió. El rescate económico, el salvamento de empresas, el desarrollo social y la Proclama de la Neutralidad, entre otros, fueron componentes primordiales del triunfo electoral de 1986.

El proyecto de Ley de Neutralidad, suscrito por el gabinete ministerial en pleno, y el proyecto de reforma al artículo 12 constitucional sobre la neutralidad, naufragaron en la Asamblea Legislativa. Hubo una dosis de pequeñez y otra de mezquindad. Mas a la postre, la neutralidad ha sido constitucionalizada por la Sala IV de la Corte Suprema de Justicia, en el memorable fallo que reconoce el Derecho a la Paz. De la proscripción del ejército como institución permanente y de la Proclama Presidencial de la Neutralidad, nació el Derecho a la Paz, que coloca a Costa Rica en la vanguardia de la civilización.

Al concluir, quiero plantear dos sugerencias. La primera es que el Instituto de la Neutralidad y la Paz sea incorporado como unidad académica a una universidad estatal o particular, para dar continuidad y fortaleza institucional a sus trabajos. Hay numerosas escuelas militares donde ofrecen preparación para la guerra, pocas hay en las que se pueda investigar, estudiar y prepararse para la paz. La segunda sugerencia es que los actores de la década 1977-1987, que no lo han hecho aún, dicten sus memorias para tener a disposición el testimonio de quienes encontraron un camino autónomo en aquel maelström de dimensión planetaria. Las nuevas generaciones lo merecen.

Don Luis Alberto:

Usted está en el corazón del pueblo porque ha hecho mucho en múltiples dimensiones de la acción pública. Se ha ganado el cariño de sus compatriotas provenientes de las más diversas adscripciones partidistas y políticas. Entre todas sus realizaciones, la que más se celebra es su valiente acierto de mantener al país separado del torbellino centroamericano.

Desde la amenaza filibustera del siglo XIX, nunca había afrontado Costa Rica mayores peligros para su viabilidad de nación independiente, libre y soberana. Una duda o un paso en falso y nuestro territorio hubiera sido mancillado por tropas extranjeras en aras de una guerra ajena. Con su serenidad y su sabiduría, usted supo mantener firme el timón en medio de la tempestad. Nunca se confundió sobre el destino superior del interés nacional.

Usted juró a Dios y prometió a la Patria, observar y defender la Constitución y las leyes de la República. Así lo hizo. Dios se lo reconoce y la Patria se lo agradece.

Armando Vargas Araya | 17 de Noviembre 2008

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