Detrás de la lucha ecológica hay una dimensión política, ideológica y generacional muy particular, a la que hay dar respuesta real y no simples desplantes. Este nuevo actor, nos guste o no, es hoy uno de los más activos y conscientes. La imposición y la altanería en su contra es casi seguro que no quedarán impunes, como sí han quedado, por ejemplo, con los sectores marginados. Ese doble discurso, de paz con la naturaleza de un lado, y brutal agresión antiecológica de otra, atiza carbones encendidos.
La foto de portada de La Nación del domingo pasado, con una península de Osa devastada por la codicia particular y la lenidad e irresponsabilidad de las autoridades, indigna y estruja el corazón. Es inadmisible que el Minae solamente se apareciera por allí -para las cámaras- cuando la prensa -siempre la maldita prensa- ya había puesto a contraluz la ignominia ecológica cometida por mucho tiempo. Entonces una de dos: o el Gobierno supo lo que ocurría, no hizo nada y es cómplice silente de estos nuevos filibusteros; o no lo sabía, estuvo en Babia todo ese tiempo y, otra vez, se ha mostrado incapaz de cumplir con sus obligaciones.
Por mucho menos de esto el ministro Dobles debería renunciar. Es él -no solo la municipalidad y sus subalternos- el gran responsable político de este desastre nacional. La incapacidad ministerial para vigilar y controlar el uso ecológico del territorio nacional es manifiesta e injustificable. Ha sido un testigo pasivo e inútil del crimen. Quienes proclaman como estilo de gobierno la rendición de cuentas y la accountability -término inglés de mucho uso por don Óscar y su grupo, para referirse a las responsabilidades personales y políticas que conllevan los cargos públicos- no pueden hacerse los desentendidos fingiendo interés a destiempo.
A ello se ha sumado la nefasta decisión de arrasar con los bosques de Las Crucitas y justificarlo por unos empleos y por el “¿Oro? ¿Oro amarillo, brillante, precioso? Con él se torna el negro, blanco; hermoso, el feo; el cobarde, valiente; el viejo, mozo; noble, el villano, y el malvado, justo” (Shakespeare). Ojalá no se halle petróleo u oro negro, porque el subastado sería el país. ¿Quién da más?
La debacle ecológica nacional -Sardinal, toda la costa pacífica, Osa, Puerto Viejo, Las Crucitas, etc.- corta la rama donde se asientan un turismo sano y las esperanzas de un desarrollo que preserve lo mejor de una Costa Rica que se va. La ruta actual es equivocada y peligrosa. Lanza a toda una generación a la desesperación y a la ira. Es más peligroso de lo que parece. Y puede marcar -parodiando a alguien que lo dijo del Perú- cuándo fue que “se terminó de joder” Costa Rica.
(La Nación)
Rodolfo Cerdas Cruz | 25 de Octubre 2008


2 Comentarios
En resumidas cuentas el ambiente es un límite impasable para todos. Lo que que hay que reconciliar es su conservación y el estándar de vida, donde sería muy útil un coeficiente de impacto ambiental de exhibiciiión obligatoria para acabar con el fariseísmo. Yo dudaba del daño de la mina de oro con ácido cianhídrico que parece degradable, hasta que leí “Impacto”, donde Jared Diamond cuenta la experiencia trágica de Montana: es muy dañino. Claro que el peor fariseísmo es promover esa minería cuando se anda hablando de paz con la naturaleza, y todavía refugiarse de las consecuaencias echándole las culpas a otros.
Solo falta que, ante la Fiscalía General de la República, uno de los dos culpables del criminal decreto contra la naturaleza, pretenda lavarse las manos (como Pilatos) y quiera echarle toda la culpa al ministro Dobles, aunque sean primos igualmente responsables (o irresponsables).
Ojalá que el alajuelense Dall’Anesse no se deje rodar por estos heredianos que… encarnan el auténtico significado de la “lengua viperina” o serpentina, lengua de dos puntas: con una dicen una cosa y con la otra punta, lo contrario.
Dice el artículo 146 de la Constitución Política: “Los decretos… del Poder Ejecutivo, requieren para su validez las firmas del Presidente de la República y del Ministro del ramo”. Presidente y ministro son igualmente responsables: que no se valga de subterfugios o evasivas ninguno de los dos para salir del apuro.