Disminuir tamaño de letraAumentar tamaño de letraImprimir paginaEnviar esta pagina por e-mailAmpliar el ancho de la paginafluid-width

La reforma universitaria de Córdoba, 1918

Alfonso Chase | 26 de Agosto 2008

Celebramos este año, junio a setiembre, el noventa aniversario de la Reforma Universitaria de Córdoba (Argentina) que marcó nuevos caminos, metas y derroteros a la enseñanza superior en Nuestra América, transformando la idea de universidad antigua, sujeta a intereses religiosos, militares y de clase académica, compuesta por venerables papagayos, la mayoría enquistados en el siglo XIX, temerosos de las grandes transformaciones sociales y la idea de universidad como baluarte de la lucha de las ideas, en sus diferentes vertientes de la docencia, la investigación y en sus primeros y novedosos diálogos, en la naciente extensión como relación entre la educación superior y las comunidades. Los primeros avances en la discusión nacieron de los grupos estudiantiles, cansados de recibir una enseñanza marcada por el uso de tarjetitas y discursos, repetidos por años, en donde la “innovación” estuvo centrada en la entrega de los docentes, administrativos y estudiantes a los gobiernos de turno, la mayoría militares, junto con su otra institución casi gemela: la iglesia romana.

En 1965 tuvimos entre nosotros a Carlos Pellicer, notable poeta y estudioso de las culturas activas, para hablarnos del asunto, presentado por don León Pacheco, su amigo de los tiempos parisinos, cuando el poeta compartía ideas y estaba bajo el signo de José Vasconcelos, muchos años atrás. Pellicer había participado en muchas de las ideas de la Reforma de Córdoba, los vaivenes continentales de las ideas políticas del tribuno mexicano, en su mejor época, y fueron excelentes los detalles y la explicación del Decálogo de Córdoba, desde el cogobierno estudiantil hasta la elevación del nivel de calificación de los profesores, por parte de los estudiantes, y a la mejor continua de las condiciones de enseñanza, centradas en la formación humanista de los estudiantes y en el estudio de todo aquello que constituye periferia, ahora, y no esencia de la misma calidad de lo que se enseña y aprende. La Reforma de Córdoba, en un país que no tenía aún universidad, constituida hasta 1941 realmente, tuvo una gran importancia en la formación continua de nuestros educadores clásicos, como Brenes Mesén, García Monge, Omar Dengo, Arturo Torres, Juan del Camino y en vibrantes estudiantes de la época como Carlos Luis Sáenz, Lilia Ramos o Emma Gamboa, para citar algunos, que dieron a la antigua Escuela Normal el valor de ser una universidad pedagógica, según puede hacerse constar en la circulación del Manifiesto de Córdoba, del 21 de junio de 1918, entre ciertas capas intelectuales, la prensa y posteriormente en Repertorio Americano, a partir de 1919, al estar viviendo, casi todos, los que en el manifiesto se llamaba “la hora americana”.

Algunos miembros de mi generación, pocos, nos formamos en la discusión de lo don Vicente Sáenz llamó El decálogo de Córdoba, que fue la bandera de su labor de educador, por supuesto en México, cercano a las visitas de don Moisés Vincenzi, don Samuel Arguedas o don Raúl Cordero Amador, que levantaron cátedra notable allí, y que dejaron una estela de alumnos, algunos de ellos notables, según pudimos comprobar en los años sesenta, pues ser costarricense tenía algo de relación con todos ellos. La Reforma de Córdoba no fue un suceso inmediato o una espiral de recuerdos. A partir de 1920 sus ideas circularon por diversos países y Carlos Pellicer afirmó que había permeado toda la vida pedagógica de muchos campus entre ellos: Argentina, Uruguay, Bolivia, Chile y Perú, más acontecimientos realmente históricos en México, Venezuela y Colombia, formando lo que luego fue la generación de los años treinta, y que hizo eclosión en sus labores en la década de 1940-1950.

La Reforma de Córdoba, su decálogo incluido, siempre fue algo más que una reforma administrativa o de programas docentes. Fue una actitud de comprobar que ser universitario no era ser solo un buen profesional, sino una persona transformada por la cultura, para tener una apertura hacia intereses superiores, que no se limitaban a formar parte del nepotismo académico, los aparatos ideológicos de la iglesia o la milicia, sino tener la plena libertad del régimen de opinión democrático. Nunca se trató de destruir la universidad pontificia o la militar, que funcionaban casi en sigilo, sino la lucha por una autonomía real, la libertad de cátedra y la discusión de teorías que, para aquellas fechas, eran combatidas por la milicia eclesial, tan nefasta como los sucesivos golpes de estado por parte de la oligarquías.

De Córdoba, Argentina, a la América Hispana y más allá, los firmantes del manifiesto se dispersaron por todos los países, llevando sus ideas, las cuales siempre caían en fértil surco, según puede comprobarse por la circulación de los académicos como Sergio Bagú, Héctor P. Agosti, Dardo Cúneo, Alejandro Korn, Aníbal Ponce, Ricardo Rojas, entre otros, y que produjeron obra intelectual en figuras como Julio Antonio Mella, Alfredo L. Palacios o José Carlos Mariátegui, que luego influyeron en los trabajos de Darcy Ribeiro y Alberto Ciria, a quienes tenemos como adalides de la auténtica reforma universitaria, centrada en la Universidad Humanista y no en la universidad corporativa, al servicio de las nuevas oligarquías plutocráticas.

Como siempre es, y quizás debe ser, este tipo de celebraciones se da entre grupos pequeños, minorías ilustradas, que saben que la permanencia de las ideas del pasado, puede ser, forman parte del porvenir de los países. La aparición de universidades libres, cátedras abiertas, los estudios paralelos, las universidades de la calle, aquí, suponen una alternativa real, de la cual se carece de información en nuestro país, olvidando los experimentos de la Universidad Popular, en los años treinta, verdaderos espacios de reflexión, diálogo y aprendizaje que supieron formar a aquellos que defendieron las garantías sociales en los años cuarenta del siglo pasado, desde obreros calificados hasta calificados educadores en servicio, verdaderos apóstoles de la educación.

La propuesta de don Luis Galdámez, que abrió espacio en 1935, debe leerse en estos tiempos, al menos en las cátedras de Pedagogía, si todavía existen. No queremos un sistema universitario formador solo de mediocres estudiosos del inglés o de tener habilidades para contestar un teléfono de apuestas, ilegales en todos los países decentes del mundo.

O conseguir trabajo como camareros de segunda, en algún hotel de lujo, servidores de turistas o guías de inversores, en la cadena de especulación inmobiliaria en que se han convertido las propuestas de un verdadero desarrollo turístico.

Recordar, o no hacerlo, la Reforma Universitaria de Córdoba, 1918, nos puede dar una idea de lo que debe ser la verdadera enseñanza superior. Pero todo indica que este tipo de celebraciones apenas se mencionan en Costa Rica.

(La Prensa Libre)

Alfonso Chase | 26 de Agosto 2008

0 Comentarios

Publique su Comentario




Recordar mis datos?


Reglas para publicar comentarios: Antes de publicarse, cada comentario será revisado por el moderador. Su dirección de e-mail no aparecerá.