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Ecos de una retórica insuficiente

Columnista huésped | 26 de Agosto 2008

Por Alma Rosa Aguilar, filóloga

El escándalo en torno al destino de los dineros del BCIE y Taiwán, utilizados para pagar asesorías, ocupó el centro de la atención mediática durante varias semanas, dejando al descubierto algo más que un caso de desviación de fondos. Los costarricenses conocimos las más diversas manifestaciones del discurso del poder; en su mayoría juegos de palabras escurridizas, poco esclarecedoras. Desde el inicio, ciertas declaraciones y actitudes de las autoridades gubernamentales -caracterizadas por la vaguedad y carencia de lógica- parecieron tan impactantes como inadecuadas.

Las livianas afirmaciones del Ministro de la Presidencia lucieron improcedentes: “en el momento actual no aprobaría algunas asesorías”; “yo no me puedo meter en todos los detalles”; “que le pregunten a” fulano… Sería más adecuado aclarar el asunto haciendo referencia a un programa de ayuda social estructurado con objetivos, metas, plazos y, sobre todo, que identifique a los responsables de manejar los fondos y rendir cuentas transparente y oportunamente.

Por otro lado, las entrevistas y declaraciones del Ministro de Vivienda no explicaron la pertinencia de tanta asesoría, en una estructura estatal que cuenta con los funcionarios y las instituciones para atender el problema de la vivienda. Las comparecencias, informaciones y datos incompletos no hicieron más que aumentar la incertidumbre. Las interrogantes siguen sin respuestas concretas: ¿Cuánto beneficiaron directamente esas asesorías a los más necesitados en Rincón Grande de Pavas? ¿Contribuyeron al logro de los objetivos del programa en cuestión, no solo la música, el lijado de un piso o la función protocolaria, sino, más importante incluso, ciertas asesorías algo cuantiosas? Y, principalmente, por encima de todo esto: ¿Qué espejismo -de alegres y ágiles vientos- empujaría al avisado capitán a navegar por tan retorcida ruta?

En ese confuso panorama, una faceta más de nuestro presidente quedó al desnudo. En primer lugar, llamó la atención el contraste entre la seriedad del cuestionamiento planteado por la prensa, con la ligereza de las respuestas y el tono de sus declaraciones. Referirse al tema como: “Toda esa novela” (…) “Todo este cuento de que no se quiere dar información”, evidencia la intención de ubicar el asunto en el ámbito de la ficción, cuestionar así su sentido de realidad, y por esa vía descalificarlo. Tal estrategia resulta poco congruente con la investidura presidencial y con el respeto que merece el pueblo.

Retórica en vez de explicaciones claras. La decepción de la ciudadanía se hizo mayor cuando, en vez de la argumentación lógica que corresponde, se encuentra frente a un desventurado discurso presidencial que trastabilla en la ineficaz y poco estratégica ruta del narcisismo y la victimización. El mandatario, subestimando al interlocutor, desconociendo la obligación de dar explicaciones claras y convincentes, se complació en una retórica vacía con el propósito de destacar las glorias pasadas y las bondades de su gestión.

Las divagaciones metafóricas no arrojaron luz sobre el tema, todo lo contrario. Culpar a los demás de maledicencia, evocar la bucólica imagen del gobernante caminando al lado del pueblo, son solo componentes de un evidente juego de falacias.

En conclusión, quedó claro que no hay “mala fe” en el derecho de la ciudadanía de exigir a los gobernantes responder transparente y oportunamente por el uso de los dineros, como tampoco en la obligación de la prensa de informar objetivamente. En fin, estamos frente a una realidad que supera la ficción; no, no se trata de ninguna novela.

(Página Abierta - Diario Extra)

Columnista huésped | 26 de Agosto 2008

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