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Don Alcides en el Sur Sur

Anacristina Rossi | 26 de Agosto 2008

Cuando Juan Figuerola me hizo conocer a don Alcides Parajeles hace ya cierto tiempo, este hombre menudo de unos sesenta años tenía el aspecto curtido de todo campesino acostumbrado a la vida más dura y a enfrentarse diariamente con la adversidad. Pero su espíritu fue lo que más me impresionó. El espíritu de don Alcides es como una ceiba.

Hace años no sé de él pues la vida me ha llevado por vías algo distintas, pero segura estoy que don Alcides Parajeles sigue recorriendo los caminos del Sur Sur, luchando por su amada Península de Osa, luchando por la Reserva Forestal Golfo Dulce, que como una madre le dio la vida. Puedo verlo enfrentándose a las autoridades corruptas con su malicia, su humor, su inteligencia.

Lo imagino como siempre, parándose en el bus y gritándole a la gente “no sean tontos, no vendan la tierra” o “no ven que si venden, se van a quedar como zopilotes, sin lugar donde posarse”. Lo imagino reparando su casa para que no se enferme su esposa Chabela, y espero que a su hija Socorro no la haya vuelto a picar una terciopelo.

Quisiera algún día escribir largo y tendido sobre don Alcides, pero aún no me ha llegado el momento. Sí, quisiera algún día escribir sobre la historia de este costarricense a la vez anónimo e insigne. Contar la verdad sobre este hombre cuyo padre sin tierra llegó a las fincas de la United Fruit como peón, bajando al gran Sur Sur desde el norte de Puntarenas, empleándose como jornalero y sin más techo que dar a su familia que las ramas de los árboles.

Don Alcides creció con su madre en los bosques de Sierpe. Me contaba que mientras construían su ranchito, para dormir se envolvían en mosquiteros, y los grandes felinos que rondaban las selvas respetaban los blancos capullos con su contenido humano.

Don Alcides creció en un mundo silvestre que ya no existe y que él lleva en su sangre como pasado y como futuro. Conoce como nadie los humedales y lagunas de Osa, los secretos de los viejos hechiceros antiguos y de las aves más nobles como el pájaro estaca.

A menudo lo recuerdo y me veo cabalgando con él y con Juan Figuerola o con Socorro su hija, bajando lentamente hacia su propiedad que como él dice, es suya nada más para cuidarla, para mantenerla viva.

Don Alcides me enseña las huellas de los zaínos y de los manigordos y de pronto topamos con un grupo de titís. Y también me señala la flor grande y muy roja de una enredadera. Sí, me veo montando en uno de sus caballos. Paso a paso voy porque ya empezó a llover y se resbala la bestia; voy despacito, bajando. A la derecha está la montaña que parece impenetrable. A la izquierda la ceiba majestuosa y su casa. Al fondo, confundidas con el horizonte verdeazul, las llanuras del Sierpe de donde surgen, como un milagro puro, como una cosa prístina, las canciones preciosas de las cocalecas.

Anacristina Rossi | 26 de Agosto 2008

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